Babeuf Manifiesto de los plebeyos.pdf

Vista previa de texto
Tribuno, que buenamente hicisteis en vuestro número 7 del 14 Brumario, decís que no tenéis miedo
a declarar que vuestra opinión sobre nuestro número ha sido la de todos los amigos de la
república, y que todos ellos desaprueban las imprudentes páginas que pueden hoy prender de
nuevo la tea de la discordia, servir la causa del rey y perder a la patria... Más aún, que acusáis
bien alto, que denunciáis en nombre de los patriotas esta hoja imprudente, que podía ser una tea de
guerra civil...
Voy a recibir las acusaciones de todos. Después se os responderá. Acercaros, Jacquin.
En el número 12 del Journal du Matin de la República francesa, que imprimís en la calle Nicaise,
decis: que nuestro número es la diatriba más imprudente y la más facciosa; que la necesidad
devoradora de la anarquía ha dictado todas sus líneas; que el monarquismo aguarda mucho de
esta nueva llamarada de discordia; que el fiscal público y el Courrier pretendido republicano
hicieron menos para la contrarrevolución que nosotros, a quienes obsequiáis con el ostentoso
epíteto de furioso populachero.
Un momento de paciencia. Alinearos a un lado. Es vuestro turno, grueso, pesado y obtuso Méhée.
He aquí lo que escribisteis en vuestro Patriote del 89, del 17 Brumario:
“Si yo fuera realista, conocería un buen medio para hacer subir mis acciones. Haría de tal modo que
los chuanes pudieran declarar en la tribuna: Los terroristas levantan cabeza; no podéis dudar de su
infame coalición. Helos aquí provocando la aniquilación de la constitución que habéis decretado;
helos aquí reclamando a gritos la del ; uno de sus periodistas acaba de hacer formalmente la
propuesta, etc. Si yo fuera realista haría yo mismo, o daría a hacer, el detestable número
que acaba de aparecer bajo el nombre de Graco Babeuf”.
En verdad, señores, os ponéis de acuerdo bastante bien. Las diferentes religiones se identifican, y a
la luz de la sorprendente similitud de vuestras frases se transparenta un tanto que, mientras nosotros
queremos prescindir de apuntadores, vosotros no hacéis lo mismo. En vosotros se nota el gran
efecto de la moral del día, cuyas admirables máximas son: paz, concordia, calma, reposo, a pesar de
que morimos casi todos de hambre; fijado está definitivamente, tras seis años de esfuerzos para
conquistar la libertad y la felicidad, que el pueblo será vencido; resuelto está que todo debe ser
sacrificado a la tranquilidad de un pequeño número; la mayoría no está aquí abajo más que para
satisfacer sus pequeños placeres. Debe sufrirlo todo y jamás quejarse; no debe contrariar en nada a
la clase predestinada, a la que no debe llegar ni el más leve murmullo, mientras se complace en
tomar las medidas precisas para borrar en poco tiempo del reino de los vivos a las tres cuartas partes
de la multitud. No es el momento de caldear los espíritus, decís vosotros. Tenemos un gobierno, hay
que darle el tiempo de actuar. Yo digo que el pueblo tiene me nos tiempo todavía para morir de
hambre, prescindir de leña y de ropa; yo digo que ha vendido sus últimos harapos para comer; que
no puede ya comer porque no tiene nada más para vender, y que, sin embargo, cada día los precios
de todos los objetos de absoluta necesidad son de más en más inabordables; yo digo que esto no
puede seguir, y que está ya permitido quejarse del gobierno; si no tiene inmediatamente los medios
para que cese este cruel estado de cosas, yo digo que debe, en su defecto, buscarlos e indicarlos.
Pero volvamos a vuestro ataque particular, Carlos Duval, y sujetémonos a vuestros propias palabras:
“Hay que reunirse, decís, hay que asentar la república; hay que ocuparse de la subsistencia y de la
felicidad del pueblo; hay que reprimir el acaparamiento y el agiotaje, terminar con el monarquismo
y el fanatismo que crean por todas partes nuevas Vandeas...”
Veo decís en un artículo que sigue al que me criticáis: No hay necesidad de golpe para derribar al
gobierno. Si es malo, si viola o reconoce los derechos del pueblo; si la igualdad, única finalidad de
una revolución sensata, no se encuentra; en fin, si la libertad pública y privada es nula, y por
consiguiente la felicidad del pueblo se reduce a nada, entonces, la opinión no estará de su lado y se
derrumbará él solo; la insurrecrión de los espíritus deviene general, y le asesta el golpe mortal. La
opinión fue y será siempre dueña del mundo.
