Babeuf Manifiesto de los plebeyos.pdf


Vista previa del archivo PDF babeuf-manifiesto-de-los-plebeyos.pdf


Página 1 2 34526

Vista previa de texto


En efecto, ¿cómo no sentirse humillado quien ha imaginado ser el guía de su país, al ver llegar a
alguien que le ofrece sus luces, y pretende casi garantizarle que aquéllas son más preferibles que las
propias? Hay gentes a las que encanta poner de relieve el espíritu de los otros, confieso que tal no es
mi caso. Yo no soy nada con ropa prestada. Yo no soy yo, más que con mi propio ropaje, y sería el
primero en no reconocerme, si quisiera adornarme con los más bellos plumajes que me fueran
ajenos.
No había nada que pudiera, pues, llevar al ciudadano Fouché a provocar, ayer noche, una
insurrección contra mí, en todos los cafés patrióticos. Me alegra haber dispuesto, tres horas antes, de
testigos tales como Antonelle y dos ciudadanos más, que pueden certificar las disposiciones
preparatorias que adoptó y los reproches que me hizo por no haber sometido, antes de la impresión,
mi número a su censura; añadiendo que, mediante ciertas supresiones, me hubiera hecho obtener
seis mil subscripciones del directorio ejecutivo; que debía seguir los pasos de Méhée y Réal,
quienes según él, son ahora hombres por excelencia; que bien se hubiera encargado él, Fouché, de
pagar las cuatro a cinco mil libras de gastos de impresión de mi número, a fin de que no apareciera
antes de haber sufrido, de su parte, la prueba de la censura.
Qué rico te has vuelto, Fouché. Cuando partí para ir relegado al Norte, pensé poder depositar en ti
bastante confianza para recomendarte a mis hijos. Fueron a verte. Les remitiste un día diez francos.
Fue todo el interés que te tomates por la familia de una honorable víctima del patriciado. Hoy,
sacrificarías de cuatro a cinco mil francos para ahogar algunas verdades. Este último objetivo
merece mucho más que el otro conmover tu corazón.
Hace un año, Fouché, se hallaba en funciones, junto al gobierno de entonces, otro director o síndico
de la librería: era Lanthenas. Me escribió. Conservo sus cartas, y puedo todavía mostrar propuestas
parecidas a las tuyas, si bien insinuadas con un poco más de rodeos. Te doy la misma respuesta que
a Lanthenas. No quiero ningún censor, ningún corrector, ningún apuntador: yo opto aún por la
persecución, si es necesario; no quiero de ninguna forma de ponerme al diapasón de los Méhées, y
persisto en sostener, contra ti, que ha llegado el momento de decir todas las verdades.
Puedes conspirar con el gobierno actual: ya se sabe que todo gobierno conspira. Yo declaro que
también entro en una conspiración.
Puedes poner tantos confidentes como quieras en campaña, jamás la destruirás.
Si esta epístola debiera ser leída por patriotas, yo les diría lo siguiente: acordaras que hace un año,
yo tenía más razón solo, que todos los jacobinos juntos. Reclamaba a gritos la constitución de
entonces. Si la hubieran reclamado al mismo tiempo que yo, habrían salvado al pueblo y se hubieran
salvado ellos mismos. Por el contrario se opusieron a mí durante mucho tiempo y procuraron
constantemente retrasar el momento de la aplicación de esa constitución. Finalmente, reconocieron
que yo veía más claro que ellos y vinieron a hacer coro conmigo. Pidieron, por bocas de Barrere y
Audouin, el pronto establecimiento del régimen constitucional; pero era demasiado tarde. Algunos
días después, su sociedad murió asesinada. Su reclamación por consiguiente, no tuvo ya fuerza.
El momento de la temporización ha pasado. Ya no se puede esperar. Se dice que hay que dejar que
se rehaga la opinión pública. Está suficiente hecha. El pueblo siente demasiado el exceso de sus
males; no puede soportarlos por más tiempo. Para socorrerlo, no hay más rápido remedio que el de
ponerlo en lucha contra sus enemigos, contra cuantos son la causa de todo lo que sufre.
Querer que espere, es pedir que cada día crezca la fuerza destructiva que despuebla nuestro país con
progresos terriblemente rápidos, que nos envía a cada uno de nosotros, uno tras otro, a la muerte,
con lentas y horribles angustias.
Maldito aquel que a la vista de este desastroso espectáculo, permanece frío y predica la paciencia.
Tu extrema actividad, Fouché, para obstaculizar mis esfuerzos cívicos, no permite que yo me
dispense de dar publicidad a esta carta. Se trata de algo demasiado serio tanto para la patria cuanto
para mi honor personal. Esta misma carta servirá para fortalecer, a los ojos de los patriotas, las