Babeuf Manifiesto de los plebeyos.pdf

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Por esta razón, disputamos y estamos de acuerdo. Vuestro "Si" establece, me parece, que podría
ocurrir que nuestro gobierno actual fuera malo; que los derechos del pueblo fueran violados o no
reconocidos; que la igualdad, única finalidad de una revolución sensata, no se encontrara; en fin,
que la libertad pública y privada con él fuera nula, y, por consiguiente, la felicidad del pueblo
reducida a nada.
Si admitís esta posibilidad, debéis convenir, por una necesaria consecuencia, en el derecho de
cambiar las presunciones por certitudes, en el derecho de examinar si tal gobierno, que se sospecha
sea malo, lo es sí o no. Por lo tanto, me parece que el examen debe inevitablemente extenderse a las
bases institucionales de este gobierno. He aquí cómo habéis llegado, conmigo, a deducir la
necesidad y la entera facultad de contemplar con absoluta libertad los fundamentos de la máquina
política; y sin embargo, en la anterior página me reprobabais por haberlo hecho. Afirmáis que todo
gobierno malo por la única razón de serlo, se derrumba solo, como consecuencia de que la opinión
le es desfavorable, porque entonces la insurrección de los espíritus deviene general, y asesta el golpe
mortal.
¡Carlos Duval!, me habéis hecho el favor de reconocer que soy un buen republicano, cuyas
intenciones son puras. Yo os devuelvo la misma justicia. Pero si no dudáis en calificarme de
imprudente, me parece que por mi parte puedo deciros que no sois un buen lógico. Si sólo se tratara,
para hacer caer a los malos gobiernos, de esperar a que sean malos, y a que la opinión sea
desfavorable sobre ellos, ante todo la cuestión resultaría excesivamente cómoda; no habría que
hacer nada para ayudar a su derrocamiento; bastaría la paciencia, y haría tiempo que no habría más
que gobiernos buenos en el universo; Francia no hubiera permanecido durante catorce siglos bajo el
azote de hierro de la monarquía, y no nos estrangularía el hambre desde hace quince meses, bajo la
atroz barbarie del patriciado.
La opinión fue y será siempre la dueña del mundo. Nada más verdadero que este axioma. Pero
cuando habéis ido a extraerlo de Maximiliano Robespierre, que, sea dicho de paso, sabía tanto como
vos y yo, me parece no hubierais debido olvidar lo que añade: “Que como todas las reinas, se ve
cortejada y a menudo es engañada... Que los déspotas visibles tienen necesidad de esta soberana
invisible, para reforzar su propio poderío, y que nada olvidan para poderla conquistar... Que la
suerte del pueblo es de compadecer cuando tan sólo le adoctrinan los que tienen interés en perderlo,
y que sus agentes, que son de hecho sus amos, se hacen pasar todavía como sus preceptores...”
Terminaré por deciros, Duval, que cuando no se sabe exponer mejor los razonamientos, no se debe
tomar jamás este tono doctoral y este aire capaz. Además, me parece no sois quien pueda hablar tan
alto; vos que nunca merecisteis la proscripción... vos, tan prudente que jamás llamasteis la atención
de los Nerón, Mario o Sila...; vos que nunca habéis mostrado más valentía que la que manda la
ley...; vos que habéis callado cuantas veces lo exigía vuestra seguridad personal...; vos que habéis
gritado siempre mucho contra el enemigo vencido, pero que jamás habéis atacado de frente al
crimen vivo y reinante. Tras todo eso ¿pretendéis proclamaros el Decano de los Hombres Libres?,
¿os atrevéis a pronunciar, en nombre de todos los patriotas, una condena, más aún, un anatema,
sobre un trabajo que no osaríais refutar en regla, y que es semejante a todo lo que nos ha valido el
odio y la persecución de la tiranía, y el amor de todos los hombres de bien, que han admirado
nuestra devoción? ¿Acaso porque sois débil y pequeño os avergüenza vernos fuertes y grandes?
¿Humillado por nuestra altura queréis rebajarnos a vuestro nivel? Nosotros, por el contrario,
pretendemos haceros ascender al nuestro, o bien, del grado de oficial-general al que parece
pretendéis, no os contaremos más que entre los pequeños tiradores y los soldados perdidos del
ejército, que van, vienen, avanzan y huyen, según ven que hay o no peligro. Y desde luego, pensad
que vuestro partido quizá no es el nuestro y que vuestra doctrina, por consiguiente no debe ser la
misma. No parecéis reunir alrededor vuestro más que republicanos, título común y muy equívoco:
así, no predicáis más que una república cualquiera. Nosotros reunimos todos los demócratas y los
plebeyos, denominación que, sin duda, adquiere un sentido más positivo: nuestros dogmas son la
democracia pura, la igualdad sin mancha y sin reserva.
