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"Ya no es en los espíritus donde hay que hacer la revolución, no es ya aquí donde hay que buscar su
éxito: en ellos, está hecha y rehecha desde hace tiempo; toda Francia os lo testimonia; pero es en las
cosas donde es necesario que esta revolución, de la cual depende la felicidad del género humano, se
haga al fin también y plenamente. ¡Ah! ¿qué le importa al pueblo, que les importa a todos los
hombres un cambio de opinión que no les proporcione más que una felicidad ideal? Puede uno
extasiarse, sin duda, ante este cambio de opinión; pero estas beatitudes espirituales no convienen
más que a los espíritus refinados y a los hombres que gozan de todos los dones de la fortuna. A ellos
les es muy fácil embriagarse de libertad e igualdad; también el pueblo ha apurado la primera de
estas copas con delicia y delirio; también a él le han embriagado. Pero temed que esta embriaguez
no pase, y que, más calmados, y más desgraciados que antes, no atribuyan todo a la seducción de
algunos falaces; temed lleguen a pensar haber sido juguete de las pasiones o de los sistemas, y de la
ambición de algunos individuos. La situación moral del pueblo no es hoy más que un sueño
maravilloso que hay que realizar, y no lo podéis realizar más que haciendo en las cosas la misma
revolución que habéis hecho en los espíritus.”
¿Y por qué no dejaremos a nuestro hermano Antonelle soportar su parte en la reprobación y el odio
que no dejarán de ser derramados por los amigos y los defensores de la propiedad, sobre quienes
conciben y proclaman ideas de nivel y de compás? No habrá escrito en vano, en sus Observaciones
sobre el derecho de ciudadanía, los pasajes siguientes:
“La naturaleza no ha producido propietarios como no produjo nobles; no ha producido más que
seres desprovistos, iguales en necesidades como en derechos. La sociedad, formándose, ha debido
consagrar y reconocer esta igualdad de derecho, precisamente a causa de la evidente igualdad de
necesidades y de la identidad sensible de la especie. Los progresos del estado civil no han podido
atacar legítimamente esta igualdad de derechos; por el contrario, no podían más que demostrar su
justicia y necesidad.
“En toda sociedad bien ordenada, se ha debido pensar, jamás debía olvidarse que, lejos de dejar
debilitar o alterar esta santa doctrina, era necesario reforzarla con todos los apoyos, para que, a
despecho de la avidez devorante y del desdeñoso orgullo, al menos no faltara lo necesario jamás a
nadie...
“El territorio en masa es esencialmente comunal; es, de acuerdo con esta norma, la propiedad pro
indivis del pueblo soberano, de la masa total de los franceses que la ocupan y viven de sus
productos...
“El territorio nutre igualmente a aquellos que tienen y a aquellos que no tienen ningún arpens15 de
tierra. Todos en conjunto forman la Nación, propietaria real e indesposeíble de todo este territorio.”
Los principios .de este sistema de verdadera igualdad tienen que haber aparecido como los únicos
justos, los únicos indiscutibles para que hasta los hombres menos severos en moral parezca que, de
una forma u otra, se hayan visto obligados a rendirles homenaje. Raynal, que, sin duda, no era un
apóstol decidido del plebeyismo, ha dicho (tomo l, libro 2) hablando de los bátavos, de su opresión
bajo los Stathouders, de su decadencia y de los medios de retornar a su antiguo esplendor: La
ventaja de un indigente al que se oprime es que no tiene que perder más que la vida que lleva a
rastras; palabras llenas de reflexión y que contienen un plan completo de una nueva franquicia para
los pueblos que la necesitan.
Sería bastante curioso, quizá, ver que nos apoyemos también en Tallien para reforzar la justicia del
sistema de la igualdad más rigurosa. Sin embargo, es verdad, nosotros, que conservamos todo lo que
se ha escrito, hemos encontrado en el periódico que Tallien publicaba en marzo del 93, bajo el título
“El Amigo de los Sans-culottes” estos principios niveladores:
“Preparémonos a discutir, con la calma que conviene a los hombres libres, el nuevo proyecto de
constitución que de un momento a otro presentará a la república la Convención nacional...
Pensemos que un día debe ser el código del universo; que no debe apoyarse más que sobre las
15Medida agraria (N. del T.).