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Pero escuchemos a quien mejor habló para hacerla aceptar: “Es este reparto tan desigual entre
ciudadanos de una misma república -decía Sixtius- la causa de que el pueblo gima bajo el peso de
las usuras, y de que veamos todos los días a hombres libres encadenados y arrastrados a la cárcel
como esclavos. Y no hay que envanecerse de que los ricos moderen un poco su avaricia, ni de que
los patricios suelten algo de este imperio tiránico que ejercen sobre nuestros bienes y sobre nuestras
personas, a menos que el pueblo no tenga el suficiente coraje para establecer magistrados salidos
totalmente de su seno, que sean los intérpretes de sus necesidades, y los protectores de su libertad.”
No acabaría, si quisiera citar todos los discursos propios para estimular a los hombres que tienen la
desgracia de sentirse abrumados bajo la opresión. No hay sin duda necesidad, y la opresión misma
debe ser un estimulante suficiente. Sin embargo, no puedo dispensarme de ofrecer aún, para ejemplo
alentador, esta moción inmortal del tribuno por excelencia, del hombre que admiro y estimo más;
quiero hablar del nieto del gran Escipión, de Tiberio Graco; al que los desalmados abrumaron con la
vulgar calumnia de que escondía, bajo las apariencias de excesiva popularidad, la ambición secreta
de una corona; y quiero hablar de los curiosos medios por los cuales caminaba hacia ella. “Las
bestias salvajes -decía- tienen guaridas y cavernas para retirarse, mientras que los ciudadanos de
Roma no encuentran ni tejido ni cabaña, para ponerse a cubierto de las injurias del tiempo; y sin
estancia fija ni habitación, van errantes, como desgraciados proscritos; en el seno mismo de su
patria. Se os llama amos y señores del universo. ¡Qué señores! ¡Qué amos!... ¡vosotros, a los que no
se os ha dejado ni una pulgada de tierra, que pudiera, al menos, serviros de sepulcro!”
No seré yo quien busque desviar el profundo sentido de este hermoso discurso, y ¡plazca al cielo
que el pueblo se penetre de él y sepa sacarle partido de una buena vez! Plazca al cielo que abogados,
vasijas de elocuencia, no le salgan jamás al paso, para alterar la importante significación.
Aprecio tan poco al hablador Cicerón, que viene a contrariar a Rullus, el último émulo de los
Gracos, como al Orador Plebeyo, cuando desfigura la doctrina de aquellos a los que ha consagrado
en su propio epígrafe.
¿Es la ley agraria lo que queréis? exclamarán miles de voces de gente honesta. No: es más que esto.
Conocemos el argumento invencible que podrían oponernos. Se nos diría, y con razón, que la ley
agraria no puede durar más que un día; que desde el día siguiente de su establecimiento, la
desigualdad volvería a aparecer. Los Tribunos de Francia que nos han precedido, han concebido
mejor el verdadero sistema de la felicidad social. Han comprendido que no podía residir en otra
cosa más que en las instituciones capaces de asegurar y de mantener inalterablemente la igualdad de
hecho.
La igualdad de hecho no es una quimera. El ensayo práctico fue hecho con éxito por el gran tribuno
Licurgo. Es cosa conocida cómo llegó a instaurar este sistema admirable, en el que los cargos y las
ventajas de la sociedad estaban repartidos por igual, donde lo suficiente era la parte de todos sin
pérdida, y donde nadie podía llegar a lo superfluo.
Todos los moralistas de buena fe reconocieron este gran principio e intentaron hacerlo consagrar.
Los que lo enunciaron con más claridad fueron, a mi parecer, los hombres más estimables y los
tribunos que más se distinguieron. El judío Jesucristo no merece más que mediocramente este título,
por haber expresado demasiado oscuramente la máxima: Ama a tu hermano como a ti mismo. Lo
que sin duda insinúa, pero no dice bastante explícitamente, es que la priméra de todas las leyes es
que nadie puede legítimamente pretender que ninguno de sus semejantes sea menos feliz que él
mismo.
Juan Jacobo precisa mejor este mismo principio, cuando escribe: Para que el estado social sea
perfeccionado, es necesario que cada uno tenga lo suficiente y que nadie tenga en demasía. Este
corto pasaje es, en mi criterio, el elixir del contrato social. Su autor lo ha expresado de la forma más
inteligible que podía hacerla en los tiempos en que él escribía, y estas escasas palabras bastan para
el que quiere comprender.
Escuchad a Diderot, no os dejará tampoco ningún equívoco sobre el secreto del verdadero y único