Babeuf Manifiesto de los plebeyos.pdf

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Escuchemos ahora a un soldado veterano. Su nombre es Siccius-Dentatus. Su discurso está hecho
para servir de modelo a aquellos que legítimamente podrían pronunciar nuestros guerreros, que se
han ilustrado en tantos peligros y victorias. Los motivos en los cuales se apoya este discurso, chocan
extraordinariamente por su similitud con los motivos que podrían presentar nuestros defensores.
Siccius habla:
“Hace cuarenta años que llevo las armas. He participado en ciento veinte combates. En los cuales
me han herido cuarenta y cinco veces, y siempre de frente. En una sola batalla me han herido en
doce lugares distintos. He obtenido catorce coronas cívicas, por haber salvado la vida durante un
combate a catorce ciudadanos. He recibido tres coronas murales, por haberme lanzado el primero en
la brecha, en las plazas que se han tomado por asalto. Mis generales me han gratificado con otras
ocho coronas, por haber retirado, de manos de los enemigos, los estandartes de las legiones.
Conservo en mi casa, ochenta collares de oro, más de sesenta brazaletes, jabalinas doradas,
magníficas armas y arneses de caballos, como testimonio y recompensas de las victorias que he
ganado en combates singulares, y que se han desarrollado en la primera línea de los ejércitos. Sin
embargo, no se ha tenido ningún miramiento a estos signos honorables de mis servicios. Ni yo, ni
tantos valientes soldados que gracias a su sangre han ganado para la república la mayor parte de su
territorio, no poseemos ni una mínima parte. Nuestras propias conquistas se han transformado en
botín de algunos patricios, que no tienen más mérito que la pretendida nobleza de su origen y la
recomendaéión de su nombre. No hay ninguno que pueda justificar, con títulos, la posesión legítima
de sus tierras; a menos que no consideren los bienes del Estado como su patrimonio, y los plebeyos
como viles esclavos, indignos de tener parte en la fortuna de la república. Pero ha llegado el
momento de que este pueblo generoso se haga justicia a sí mismo, y debe mostrar, en cada lugar,
autorizando, inmediatamente, la ley de la distribución de la tierra, que su firmeza para sostener las
propuestas de sus tribunos, no es menor que la valentía mostrada en el campo de batalla, contra los
enemigos del Estado.”
Cuando para eludir las justas reclamaciones del pueblo, se busca alejado del interior, suscitando
fuera una guerra que le ocupe, es también un tribuno, Canuleius, quien se levanta y dirigiéndose al
senado, le dice valientemente: “Hablad de guerra tanto como os plazca; con vuestros habituales
discursos podéis hacer aún más amenazante la coalición y la fuerza de nuestros enemigos; ordenad,
si queréis, que se lleve vuestro tribunal a la plaza para hacer las levas, yo declaro que este pueblo,
que vosotros despreciáis tanto, y al cual sin embargo debéis todas vuestras victorias, no se enrolará
más; que nadie se presentará para tomar las armas, y que no encontraréis ningún plebeyo que quiera
exponer su vida para amos orgullosos, a quienes no descontenta asociarnos a los peligros de la
guerra, pero que pretenden excluirnos de las recompensas debidas al valor, y de los mejores frutos
de la victoria.”
Es en circunstancias bien parecidas cuando Icilius, otro tribuno, sabe también decir al pueblo: “No
busquéis a vuestros verdaderos enemigos fuera de Roma. La más importante guerra que debéis
sostener, es la que el senado hace al pueblo romano desde hace tiempo.”
Y es Manilius, que no era tribuno, pero que quiso hacer tanto como ellos; Manilius Capitolin, que la
aristocracia calumnió, acusándole de aspirar a la realeza, y que no fue, creo, más que víctima de
unfervor muy puro; Manilius, ¿tampoco es digno, ¡franceses! de serviros de guía en las funestas
circunstancias en que os encontráis? Apreciad su arenga, cuando también establece la justicia
incontestable del reparto de las tierras públicas, y de la necesidad de instituir una igualdad justa
entre todos los ciudadanos de un mismo estado: “No alcanzaréis jamás el fin de una empresa tan
grande -dice-, mientras no opongáis al orgullo y a la avaricia de los patricios, más que quejas,
murmuraciones y vanos discursos. Ya es tiempo de liberaros de su tiranía.”
¿Tenéis necesidad, mis conciudadanos, de más ejemplos que dicten vuestra conducta? He aquí otra
salida de Sextius, que, ciertamente, podría pasar por imprudente. Esta importancia fue sin embargo
la que trajo la ley Licinia, del nombre de su primer autor, Licinio Stolon, colega de Sextius, esta ley,
la más bella que fue legislada en Roma, y que en fin, puso barreras a la monstruosa desigualdad.
