Babeuf Manifiesto de los plebeyos.pdf

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Hasta que no trate más de imprudentes a los hombres que se sacrifican para declarar una terrible
guerra a sus yuguladores.
¿Desde cuándo se ha osado predicar esta singular doctrina del silencio, en el momento en que la
tiranía se muestra más audaz y más abominable? ¿Desde cuándo se dice que hay que callarse,
cuando los males llegan al colmo, cuando los asesinos del pueblo les golpean sin piedad?... ¡Es un
imperativo de la política! Tal política es nueva. Ordinariamente es el exceso de impudicia bárbara
de los opresores de la tierra lo que ha sacado a los pueblos de su tranquilidad natural, y les ha hecho
aplastar a sus tiranos. Las verdades redentoras no dividieron jamás a los amigos de la patria,
desorientaron siempre a los falsos patriotas; y hubo que considerar como tales a todos aquellos que
quisieron ahogar esas verdades. Estas aumentaron el número de patriotas, ofreciendo a todos los que
sufrían un cable de salvación. Jamás se ha temido dejar ver el fin que se quería alcanzar. Los
romanos no escondían que querían tierra para poder vivir. No se apuraban por los clamores, las
trampas, y los sofismas de los patricios. No se les calló con el axioma imbécil de: Respeto a las
propiedades. Sabían responderle con: Respeto a las propiedades respetables. Por su declaratorio,
por sus manifiestos siempre ostensibles, siempre totalmente públicos, se incorporaban al menos a su
partido, porque cada uno percibía dónde se quería llegar, y cada uno, guiado por sus intereses, se
prestaba a secundar el objetivo. Mientras que aquí, si no queremos que nada se vea, si no mostramos
nada que pueda interesar a la mayoría, si no se entrevé nada que recuerde la dicha que sigue al
derrocamiento de la tiranía, ¿cómo queréis que haya decisión contra ella y que se piense en
perturbarla? ¿Por qué y para quién queréis que nos enardezcamos?
¡Desgraciados franceses! abrid algunos volúmenes de la Historia, y en cualquiera veréis si los
hombres que más han merecido sus elogios y nuestra admiración, ¿han tenido miedo jamás a decir
toda la verdad cada vez que se ha desencadenado contra el género humano toda la opresión?
Roma era, en el año 268 de su era, lo que aproximadamente es Francia en el año 4 de la república.
Pero ¿se predicaba el dogma del silencio y de la paciencia entonces? ¿el de la prudencia y la
constancia?... No. Casio Viscelino se presenta. Pone la mano directamente en la llaga. Aun siendo
patricio, es él quien propone la ley agraria. “Es soberanamente injusto, exclama, que el pueblo
romano, tan valiente, y que cada día expone su vida para ensanchar los confines de la república,
languidezca en una vergonzosa pobreza, mientras que el senado y los patricios disfrutan solos del
fruto de sus conquistas... ¡Plebeyos!, añade, depende sólo de vosotros el que salgáis de una vez de la
miseria en que os ha hundido la avaricia de los patricios.” Este discurso, dice Vertot, fue acogido
por el pueblo con gran entusiasmo. No hubo más que el infame Appius y sus agentes (los Louvet,
Réal y Méhées de aquel tiempo) que trataron a Casio de realista, como los Appius de hoy me tratan
a mí.
En el 283, el penoso estado del pueblo continuaba siendo el mismo. Pero el senador Emilio no fue
bastante prudente para ser testigo y disimular su indignación. He aquí cómo y con qué fuerza se
expresa: “¡Romanos! no, nada me parece más injusto que ver cómo sólo particulares se enriquecen
de los despojos de los enemigos, mientras que el. resto de los ciudadanos gime en la indigencia y en
la miseria. ¡Cómo! los pobres plebeyos temen tener hijos a los cuales no podrían dejarles más que
su propia miseria en herencia. En vez de cultivar cada uno la parte de tierra que les pertenecía, están
obligados para poder vivir, a trabajar como esclavos en las tierras de los patricios. ¡Esta vida servil
es poco propicia para formar el coraje de un romano!... si es imposible mantener la paz y la unión
entre los ciudadanos de un estado libre, si por virtud de la ley, no se acortan las distancias entre la
condición de los pobres y la de los ricos, y si no se reparten, en partes iguales, las tierras
conquistadas a los enemigos.”
Que se escuche a Terentilo Arsa, tribuno. No es ni menos claro ni menos enérgico cuando hace
aprobar el decreto que lleva su nombre la ley terentila. Se preocupaba poco de las murmuraciones
del petimetre Ceson, digno hijo de aquel viejo avaro, de aquel viejo hipócrita de Cincinato, que sólo
imbéciles o pillos pueden encomiar; y que, bajo su dictadura, mostró que no era otra cosa que un
egoísta empedernido, un orgulloso tartufo, y un enemigo del pueblo.
