Babeuf Manifiesto de los plebeyos.pdf

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constitución del 93 había merecido aplausos de todas las gentes honestas, porque preparaba el
camino a las instituciones. Si con ella esta finalidad no hubiera sido alcanzada, habría dejado de
admirarla. Toda constitución que deje subsistir las antiguas instituciones humanicidas y abusivas
cesará de causarme entusiasmo; todo hombre llamado a regenerar a sus semejantes, que se arrastre
penosamente en la vieja rutina de las legislaciones precedentes, cuya barbarie consagra que hayan
seres felices y desgraciados, no será jamás, a mis ojos, un legislador: no inspirará jamás mis
respetos.
Trabajemos para fundar primero instituciones buenas, instituciones plebeyas, y estaremos seguros
de que una buena constitución vendrá después.
Las instituciones plebeyas deben asegurar la felicidad común, el bienestar igual de todos los
coasociados.
Recordemos algunos de los principios fundamentales desarrollados en nuestro último número, sobre
el artículo: De la guerra de los ricos y de los pobres. Repeticiones de este género no aburren a
quienes interesan.
Hemos planteado que la igualdad perfecta es de derecho primitivo; que el pacto social, lejos de
atacar a este derecho natural, debe dar a cada individuo la garantía de que este derecho no será
nunca violado, que desde aquel momento no hubieran debido existir nunca instituciones que
favorecieran la desigualdad, la codicia, que permitieran que lo necesario de unos pueda ser
secuestrado para formar lo superfluo de los otros. Que sin embargo, había sucedido lo contrario; que
absurdas convenciones se habían introducido en la sociedad y habían protegido la desigualdad,
habían permitido que un pequeño número despojara a la gran mayoría; que hubieron épocas en las
que el resultado de estas mortíferas reglas sociales era que la universalidad de las riquezas de todos
se encontraba en manos de unos pocos; que la paz, que es natural cuando todos son felices,
forzosamente debía perturbarse; la masa no podía subsistir, porque encontraba todo fuera de su
alcance, y corazones sin piedad en la casta que todo había acaparado; estos efectos determinaban la
época de estas grandes revoluciones, fijaban estos periodos memorables anunciados en el libro del
Tiempo y del Destino, cuando un trastorno general en el sistema de la propiedad se hace inevitable,
cuando la revuelta de los pobres contra los ricos se convierte en una necesidad que nada podrá
vencer.
Hemos demostrado cómo, desde el año 89, habíamos llegado a este punto, y que por ello estalló
entonces la revolución. Demostramos cómo desde el 89, y muy particularmente desde el 94 y el 95,
la aglomeración de las calamidades y de la opresión pública habían acelerado singularmente la
urgencia del levantamiento majestuoso del pueblo contra sus espoliadores y sus opresores.
Se necesitan tribunos, en tales circunstancias, para hacer oír los primeros. toques de alarma, para
poner en guardia y dar la señal a todos sus hermanos que sufren. Los primeros que muestran
suficiente energía para atacar con gran envergadura a los opresores, son reconocidos y adoptados
por los oprimidos. Así lo fue Lucio-Junio Bruto, primer tribuno de Roma,13 en el momento en que
el pueblo se retiró al Monte Sagrado. El cuadro del estado miserable a que se encontraban reducidos
entonces los romanos, por la atroz falta de humanidad de sus patricios, no puede ponerse en paralelo
con el de nuestra situación actual, igualmente debida a la no menos extraña barbarie de nuestro
millón dorado. Los romanos se hallaban sumergidos en deudas y para pagarlas sus acreedores les
reducían a la esclavitud; pero estas deudas prueban que, como mínimo, encontraban al menos algún
socorro en la casta tiránica; y si ésta los reducía a la esclavitud, al menos, se comprometía a
proporcionarles los alimentos. A nosotros en lugar de esto, no nos hacen contraer deudas, se
contentan con despojarnos de nuestra última pieza de ropa; no se nos reduce a la esclavitud, se
prefiere, cuando ya no nos queda nada, ¡dejamos morir de hambre!
Se había ya dibujado con trazos de lágrimas de sangre, antes del primero Pradia1, la triste pintura de
13Ordinariamente no se celebra más que a dos Brutos, aquel que expulsó a los Tarquino, y el que apuñaló a Julio César. Sorprende
que se hable menos del que habiéndose proclamado jefe del pueblo en el Monte Sagrado, obtiene la abolición de las deudas,
instituyó el tribunato, e hizo condenar a Coriolán al exilio.
