Babeuf Manifiesto de los plebeyos.pdf

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que formamos una facción de imprudentes. Yo digo que ellos componen una facción de
adormecedores. Los instigadores de. esta última quieren acostumbrar al pueblo a alabar lo que no es
para alabar, porque saben que la multitud no instruida es un ser de costumbres, y que doblegándola
al respeto de lo que ellos quieren estabilizar, consolidarán seguramente su imperio; tanto más
cuanto que calculan el efecto del cansancio y del alejamiento de toda innovación, que han
conseguido hacer temer, con experiencias funestas. Tenía razón, el aristócrata o el realista de
Versalles, que ha escrito a Louvet que no estaría mal que aquellos que quieren lanzar el descrédito
sobre el sistema de gobierno actual, le atacasen antes que haya podido adquirir la fuerza necesaria
para resistir por sí mísmo a sus agresores. Dejadle ganar la confianza, y que el despotismo sea lo
bastante hábil para dar un poco de pan, y este gobierno estará apuntalado para la eternidad. Estimad
primero este sistema en su justo valor; tened la valentía de colocarlo en su sitio y de decirle al
pueblo todo lo que pensáis de él; y después, probadle que la democracia, que él ha querido
conquistar, en lugar de un poco de pan le asegurará la cantidad suficiente, así como de todo lo que le
es necesario... y podéis estar seguros de que haréis prevalecer vuestro sistema sobre los de vuestros
diversos enemigos, y de garantizar la victoria del pueblo sobre él mismo.
Haced atención que, en este momento preciso, tres partidos, el realista, el aristócrata y el demócrata
se aprestan a disputarse la victoria del pueblo. De los tres el que sepa garantizar próximamente una
situación mejor, el que muestre mejor por adelantado los medios de garantizarlo, tiene asegurada la
victoria.
Pero no hay que retrasarse. Hay que pensar que estamos en la brecha; que el pueblo espera con
impaciencia, que no puede, en efecto, esperar por más tiempo; y que tomará una deliberación
precipitada en favor de cualquier partido.
¡Que sea por el del pueblo! Que para llegar a ello, los demócratas tengan con ellos al pueblo. Para
tenerlo, que le demuestren que los patricios, los ricos, no le darán otra cosa que lo que siempre le
han dado: ¡miseria! Que le hagan ver de cerca, tocar esa verdad, que unicamente la democracia
puede asegurarles su felicidad, que únicamente ella puede hacer cesar súbitamente este estado de
extrema miseria, que no puede aguantar más. Que se le demuestre esto en seguida, y en seguida el
pueblo se despertará, aunque esté profundamente adormecido, y será conquistado para él mismo y
para sus verdaderos defensores.
La urgencia es tanto más imperiosa, cuanto que se asegura que el realismo está en condiciones de
organizar un movimiento, cuyo pretexto será esta hambre terrible, este latrocinio de carestía
universal, que él mismo ha creado. Debemos impedírselo, y por ello no tenemos tiempo para perder.
¡Ambiciosos de todos los sistemas! ¡Os engañáis una vez más! Vuestros planes no os saldrán bien, y
su atrocidad, llevado a su extremo, servirá para poner término a tales fechorías sin posible
semejanza.
¡Patriotas! Estáis algo desalentados, y aun me atrevo a decir que algo pusilámines. Estáis asustados
de vuestro reducido número y teméis no tener éxito. Pero acabáis de ver, y todo lo que estáis viendo
os lo dice, que ya no se puede retroceder. ¡Vencer o morir! no habéis olvidado que éste fue nuestro
juramento. Vuestros enemigos os empujan a la acción; ¡yo también! Procediendo de distinta forma a
lo que ellos esperan, empleais el último medio de salvar a la patria. Os haré ser valientes, a pesar de
vosotros, si es necesario. Os forzaré a luchar contra nuestros comunes enemigos... ¡Hombres libres!
yo no soy nada prematuro... No sabéis todavía cómo y dónde quiero ir. Pronto comprenderéis por
qué camino voy; y, o no sois en absoluto demócratas, o lo juzgaréis bueno y seguro. Obreros somos
pocos, es verdad, pero reuniremos pronto los necesarios... ¡Patriotas! voy a terminar de traicionar lo
que vosotros llamáis vuestro secreto y con ello pretendo contribuir a salvaros. ¿Os acordáis de las
dos cartas de las cuales os he hablado más arriba? Voy a publicadas. Son de dos hombres a quienes
tengo en estima, los cuales no podrán enojarse por mi infidelidad más que si, contra una poderosa
esperanza que me atrevo a dar casi por certitud, no contribuyo con ello a salvar a la patria.
