Babeuf Manifiesto de los plebeyos.pdf

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los males que nos ahogan.
“Nuestros cuerpos extenuados por la necesidad (se lee en una petición de mujeres de París), no
pueden ya sostenerse... Hemos esperado a que la masa de nuestras desgracias no encuentre ninguna
excusa en nosotras mismas, a fin de que la malevolencia no tenga ningún pretexto para
calumniarnos. No podemos permanecer como frías espectadoras del suplicio del hambre que
desgarra nuestras entrañas... No podemos ser insensibles testigos de nuestra muerte periódica,
graduada según los cálculos de la ambición y de la codicia avarienta... No podemos ver por más
tiempo a nuestros hijos morir sobre nuestros pechos fláccidos; ¡no extraen más que sangre, en lugar
de la leche que la naturaleza les destina como alimento! ¡Administradores! ¡Gobernantes!... ¡mirad
a esas madres infortunadas, cuyos hijos, alcanzados por la plaga del hambre, mueren antes de nacer!
¡Mirad a nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros hermanos arrebatados por el hambre! Id ante
sus tumbas numerosas; desde el fondo de sus ataúdes os gritan: ¡Es el hambre quien nos asesinó!
¡Morimos en la angustia de la desesperación y la rabia!... ¡Decid a nuestros hijos que nos sigan; que
no sufran mil muertes en vez de una sola que la naturaleza nos reservaba! ¡La generación se acaba
antes del término!... ¡Las generaciones que deben reemp1azarlas, se detienen y se retrogradan en su
desarrollo!... ¡Las fuerzas de todas las edades se gastan y se apagan!... ¡El dolor, la fiebre nos
abruma y mina a casi todos los ciudadanos! ¡La peste, que siempre es la horrible seguidora del
hambre, se nos llevará por miles!...”
Este documento quedará para la posteridad, a fin de testimoniar de los crímenes inimaginables, y
para colocar a nuestros hambreadores y nuestros verdugos por encima de. todos los asesinos de la
humanidad que la historia nos había dado a conocer.
¿Qué necesidad hay de presentar un nuevo cuadro de nuestra situación constantemente horrorosa?
Consagremos, transmitamos a nuestros sobrinos aquél, bien fiel, que acaba de aparecer fijado en los
muros de París, y que lleva el sello de los Patriotas del 89.
“El pueblo -se dice en él- siente sus entrañas desgarradas por la necesidad. Ha vendido sus muebles,
su ropa, la de sus hijos, con el fin de retener aún por algunas horas la vida que se le escapa. El
avariento poseedor de granos, niega a sus semejantes, incluso a precio de oro, la subsistencia que les
falta. El pobre muere al lado de la abundancia, que no es ya para él, y a la cual no se atreve ni puede
tocar. El rico acaparador, saciado de delicias, se reposa tranquilamente sobre sacos de harina que su
codicia almacena apaciblemente en medio de la miseria universal.
“El agiotista infame se acuesta sobre montones de oro y de asignados, que él desprecia para
apropiárselos, y que son el fruto injusto de su bandidaje periódico y de su rapacidad devorante. El
hambre horrenda, creada por el sistema despoblador de la contrarrevolución, se lleva a la tumba a la
generación presente y a aquella que aún no ha nacido. El valor de los asignados se encuentra
reducido a casi nada, por la depreciación que les ha impuesto el maquiavelismo de los
conspiradores, por las maniobras del agiotaje mortal, que continúa siendo permitido y tolerado. El
precio de todos los productos se ha centuplicado. Mientras que el precio de un trabajo honesto no ha
seguido ni mucho menos la misma proporción. Entre los ciudadanos que sobreviven a los estragos
desoladores del hambre y al debilitamiento general, el ciudadano que no tiene más que una renta
mediocre, se ve golpeado radicalmente. Se encuentra sin recursos. No le queda más que la
desesperación y la muerte.
“¿Hasta cuándo -se exclama más adelante- perdurará la rabia de los enemigos del pueblo? ¿Hasta
cuándo la justicia será proscrita del territorio de la libertad? ¿Hasta cuándo será muda e impotente?”
¡Oh, vosotros que hacéis oír esta interpelación, no la habréis pronunciado en vano! Nos corresponde
a nosotros responderos.
¿Hasta cuándo, decís, durará el silencio de la justicia? ¿Hasta cuándo perdurará la rabia de los
enemigos del pueblo?... Hasta que el pueblo sea lo que ha sido en todos los lugares y en todos los
tiempos, cuando se ha mostrado digno, por su coraje, de triunfar sobre sus enemigos, y de hacer
triunfar esta justicia que ama. Hasta que no cierre más la boca a aquellos que desean defenderle.
