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Alfabetización de niños y alfabetización de
adultos
han
estado
tradicionalmente
separadas y se han movido en ámbitos, con
modalidades y trayectorias diferenciados. El
propio término “alfabetización” ha sido
acuñado sobre todo para el mundo adulto,
para acciones remediales de educación no
formal. Por muchos años, el acento en la
alfabetización se puso en los adultos, dando
por autoevidente la función alfabetizadora de
la escuela. Hoy en día, afortunadamente, se
está avanzando en lá comprensión de la
alfabetización como una acción de doble vía:
preventiva (con los niños) y “remedial” (con
los adultos). Está visto que la problemática
del analfabetismo no podrá resolverse sin un
esfuerzo importante de universalización de
una educación básica de calidad (Ferreiro,
1987) y que, al mismo tiempo, ninguna
sociedad ha logrado aproximarse a la
alfabetización universal exclusivamente a
través de la escuela primaria, en ausencia de
estrategias complementarias (Jones, 1990).

mismo) hasta el manejo de materiales
complejos
(Campaña
Nacional
de
Alfabetización “Monseñor Leonidas Proaño”,
1990; Torres, 1990).

La polémica entre lo que significa ser
“analfabeto” y estar “alfabetizado” no se ha
resuelto entre los propios especialistas. El
saber común considera “analfabeto” a quien
nunca fue a la escuela y da por “alfabetizado”
a quien asistió a ella o a un programa de
alfabetización de adultos. No obstante,
sabemos ya que se puede ser analfabeto
habiendo ido a la escuela (e incluso mucho
más allá) y estar alfabetizado sin haber pisado
un aula de clases. La alfabetización, en
algunas visiones, es un aprendizaje continuo
que no se limita a la escolarización, dura toda
la vida y pasa por diversos grados de dominio.

¿Qué es “estar alfabetizado” en el mundo de
hoy? Según Wells, significa tener un
repertorio de procedimientos y la habilidad
para seleccionar el procedimiento adecuado
cuando nos confrontamos con distintos tipos
de textos" (Wells, 1990). Tres serían los tipos
de
textos:
funcionales:
conectados
directamente con la acción (programación de
TV,
anuncios
publicitarios,
trámites
burocráticos,
notas,
cartas,
etcétera);
informativos: transmiten información factual
(libros de referencias, memorias de trabajo,
manuales
escolares,
etcétera)
y
de
pensamiento
letrado
(literate
thinking):
ofrecen
no
sólo
información,
sino
interpretación (exposiciones sobre teorías
científicas, historias, biografías, novelas,
poemas, etcétera). Este último tipo de textos
constituyen los recursos intelectuales y
espirituales de una sociedad, y son vitales
para la participación en una sociedad
alfabetizada, por lo que a su lectura debería
tender toda educación que pretenda lograr
una '" alfabetización total".Cada uno de estos
tipos de textos exige compromisos y
procedimientos distintos de los lectores (y
escritores). Normalmente, se llega al primero
y hasta el segundo nivel, sin abarcar el
tercero. Aceptemos o no esta categorización,
lo importante es reconocer que existen
diversos grados de alfabetización y diversos
accesos a partir de la misma (habría que
preguntarse,
a
la
luz
de
estas
consideraciones, ¿qué debería considerarse
como necesidades básicas de aprendizaje en
materia de alfabetización?).

La pregunta ¿para qué aprender a leer y
escribir?, arroja hoy aproximaciones muy
diversas que van desde su conceptualización
como un derecho humano elemental (incluido
en el derecho a educarse) hasta argumentos
eficientistas vinculados al trabajo y la
productividad. La visión homogeneizadora de
la alfabetización ha venido dando paso a una
relativización
cultural
de
la
misma,
estableciéndose la necesidad de definir, para
cada situación concreta, su pertinencia y las
competencias consideradas esenciales (Wells,
1990). Aprender a leer y escribir puede ser un
aprendizaje con múltiples funciones y efectos,
desde el desarrollo de la autoestima y la
dignidad personal (aprender a escribir el
nombre propio y aprender a firmar tiene, en el
mundo de los adultos, un valor grande por sí

Más allá del dominio específico de la
alfabetización, cabe preguntarse qué significa
hoy en día dominar las cuatro destrezas
lingüísticas básicas. (Igual que los textos
escritos, los textos orales son muy diversos y
reclaman diversas competencias.) Entre las
necesidades básicas de aprendizaje a este
respecto podrían considerarse: saber escuchar
y analizar críticamente el discurso de un
político, un noticiero, una exposición, un
debate (en presencia o a través de la radio o
la televisión); identificar distintas variantes
lingüísticas (coloquiales, formales, regionales,
etcétera) y distintos idiomas; expresarse
correctamente
en
diversas
situaciones
sociocomunicativas diferenciando las variantes
coloquiales y formales, con una noción clara
de los usos pragmáticos del lenguaje en

¿QUÉ ES ESTAR ALFABETIZADO EN EL
MUNDO DE HOY?

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