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refiero a la democracia misma. Sería suicida
que
la
escuela
renunciase
a
formar
ciudadanos demócratas, inconformistas pero
conforme a lo que el marco democrático
establece, inquietos por su destino personal
pero no desconocedores de las exigencias
armonizadoras de lo público. En la deseable
complejidad ideológica y étnica de la sociedad
moderna, tras la no menos deseable supresión
del servicio militar obligatorio, queda la
escuela como el único ámbito general que
puede fomentar el aprecio racional por
aquellos valores que permiten convivir juntos
a los que son gozosamente diversos. y esa
oportunidad de inculcar el respeto a nuestro
mínimo común denominador no debe en modo
alguno ser desperdiciada. No puede ni debe
haber neutralidad por ejemplo en lo que atañe
al rechazo de la tortura, el racismo, el
terrorismo,
la
pena
de
muerte,
la
prevaricación de los jueces o la impunidad de
la corrupción en cargos públicos; ni tampoco
en la defensa de las protecciones sociales de
la salud o la educación, de la vejez o de la
infancia, ni en el ideal de una sociedad que
corrige cuanto puede el abismo entre
opulencia y miseria. ¿Por qué? Porque no se
trata de simples opciones partidistas ni de
logros de la civilización humanizadora a los
que ya no se puede renunciar sin incurrir en
concesión a la barbarie.
El propio sistema democrático no es algo
natural y espontáneo en los humanos, sino
algo conquistado a lo largo de muchos
esfuerzos revolucionarios en el terreno
intelectual y en el terreno político: por tanto
no puede darse por supuesto sino que ha de
ser enseñado con la mayor persuasión
didáctica compatible con el espíritu de
autonomía crítica. La socialización política
democrática, es un esfuerzo complicado y
vidrioso, pero irrenunciable. En España se han
escrito cosas útiles sobre este tema, entre las
que
yo
destacaría
algunas
de
las
características señaladas por Manuel Ramírez
(véase la bibliografía) a modo de índice
esquemático de la mentalidad pública que
debe ser promocionada: asimilación del
ingrediente de relatividad que toda política
democrática conlleva; fomentar la capacidad
de crítica y selección; valorar positivamente la
existencia de pluralismo social, así como el
conflicto, que no sólo es necesario si no
fructífero; estimular la participación en la
gestión pública; desarrollar la conciencia de la
responsabilidad de cada cual y también del
necesario control sobre los representantes
políticos; reforzar el diá logo frente al
monólogo, el perfil de los discrepantes como
rivales ideológicos pero no como enemigos
civiles, y aceptar «que todo el mundo tiene
derecho a equivocarse pero nadie posee el de
exterminar el error».Sin duda esta lista puede
enriquecerse largamente, aunque basta lo
expuesto como indicación de las perspectivas
educativas menos renunciables en lo tocante a
esta cuestión.
La recomendación razonada de tales valores
no debe ser una mera letanía edificante, que
más bien acabará en el mejor de los casos
haciéndolos aborrecer. Será preferible mostrar
cómo llegaron a hacerse históricamente
imprescindibles y lo que ocurre allá donde por
ejemplo no hay elecciones libres, tolerancia
religiosa o los jueces son venales. Resultaría
absurdo ocultar "a los niños los fallos del
sistema en que vivimos (recuérdese lo que
señalamos respecto a la televisión, que nada
permite mantener mucho tiempo velado) pero
es crucial inspirarles una prudente confianza
en
los
mecanismos
previstos
para
enmendarlos empezar por hacerles desconfiar
de las garantías de control lo único que
logrará es inhibirlos cuando llegue el momento
de ejercerlas, con gran contento de quienes
pretenden transformar la democracia en
tapadera de sus bribonadas oligárquicas. Es
igualmente nefasto fomentar un «engaño»
arrobado por los procedimientos beatificados
del sistema, como «desengañarles» de
antemano de algo que sólo su participación
inteligente puede llegar a corregir y
encaminar.
Ese
concepto
abierto
de
democracia, escéptico y atento, pero no por
ello menos tonificante, lo ha formulado muy
bien Giacomo Marramao en su contribución al
volumen Universalidad y diferencia antes
mencionado: «La democracia es siempre ad
venire, puesto que no sacrifica nunca a la
utopía de una transparencia absoluta la
opacidad de la fricción y del conflicto. La
democracia no goza de un clima atemperado,
ni de una luz perpetua y uniforme, pues se
nutre de aquella pasión del desencanto que
mantiene unidos -en una tensión insoluble- el
rigor de la forma y la posibilidad de acoger
huéspedes inesperados.
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