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Quizá
el
afán
histérico
de
hacerse
inconfundible e impenetrable para los otros no
sea más que una reacción ante la cada vez
más obvia evidencia de que los humanos nos
parecemos demasiado, evidencia que antes
sólo lo era para unos cuantos espíritus
avisados pero que hoy los medios de
comunicación han puesto al alcance de todos.
¿Se perderán así muchos matices? ¿Nos
acecha la homogeneidad universal? No lo
creo, porque ya Holderlin anunció que «el
espíritu gusta darse formas» y es su gusto
también que esas formas rompan lo idéntico
una y otra vez. La diversidad está asegurada
aunque probablemente vaya siendo cada vez
más desconcertantemente diversa y se
parezca menos a las diversidades ya
acrisoladas
con
las
que
estamos
familiarizados. También para ese proceso
innovador es bueno que prepare la educación
a las generaciones que van a vivirlo. Pero no
nos engañemos, la flecha sociológica de
nuestra actualidad no señala ni mucho menos
hacia el inevitable triunfo «uniformizador» del
universalismo.
Todo
lo
contrario,
son
abrumadoras las demostraciones aquí y allá
del
éxito
creciente
dejase
actitudes
antiuniversalistas,
que
además
suelen
proclamarse
víctimas
de
la
supuesta
omnipotencia
universalizante.
Lo
que
realmente está en peligrosa alza hoy es, de
nuevo, la recurrencia al origen como
condicionamiento inexorable de forma de
dividir el mundo en guetos estancos y
estancados de índole intelectual. Es decir, que
sólo los nacionales puedan comprender a los
de su nación que sólo los negros puedan
entender a los negros, los amarillos a los
amarillos y los blancos a los blancos, que sólo
los cristianos comprenden a los cristianos y
los musulmanes a los musulmanes, que sólo
las mujeres entienden a las mujeres, los
homosexuales a los homosexuales y los
heterosexuales a los heterosexuales. Que
cada tribu deba permanecer cerrada sobre sí
misma,
idéntica
según
la
«identidad»
establecida por los patriarcas o caciques del
grupo, ensimismada en su pureza de pacotilla.
y que por tanto debe haber una educación
diferente para cada uno de estos grupos que
los «respete», es decir que confirme sus
prejuicios y no les permita abrirse y
contagiarse de los demás. En una palabra,
que nuestras circunstancias condicionen
nuestro juicio de tal modo que nunca sea un
juicio intelectualmente libre, si es cierto como
creyó Nietzsche que el hombre libre es «aquel
que piensa de otro modo de lo que podría
esperarse en razón de su origen, de su medio,
de su estado y de su función o de las
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opiniones reinantes en su tiempo». A quien
piensa de tal modo los colectivizadores del
pensamiento idéntico no les consideran libres
sino «traidores» a su grupo de pertenencia.
Pues bien aquí tenemos otra tarea para la
educación
universalizadora
enseñar
a
traicionar racionalmente en nombre de
nuestra única verdadera pertenencia esencial,
la humana, a lo que de excluyente, cerrado y
maniático haya en nuestras afiliaciones
accidentales, por acogedoras que éstas
puedan ser para los espíritus comodones que
no quieran cambiar de rutinas o buscarse
conflictos.
Es comprensible el temor ante una enseñanza
sobrecargada de contenidos ideológicos, ante
una escuela más ocupada en suscitar fervores
y
adhesiones
inquebrantables
que
en
favorecer el pensamiento crítico autónomo. La
formación en valores cívicos puede convertirse
con demasiada facilidad en adoctrinamiento
para una docilidad bienpensante que llevaría
al marasmo si llegase a triunfar; la explicación
necesaria de nuestros principales valores
políticos puede también fácilmente resbalar
hacia la propaganda, reforzada por las manías
castradoras de lo «políticamente correcto»
(que empieza por proscribir cualquier roce con
la susceptibilidad agresiva de los grupos
sociales de presión y acaba por decretar
incorrecto el propio quehacer político, pues
éste nunca se ejerce de veras sin
desestabilizar un tanto lo vigente).De aquí
que
cierta
«neutralidad»
escolar
sea
justificadamente deseable: ante las opciones
electorales concretas brindadas por los
partidos
políticos,
ante
las
diversas
confesiones
religiosas,
ante
propuestas
estéticas o existenciales que surjan en la
sociedad. Ha de ser una neutralidad relativa,
desde luego, porque no puede rehuir toda
consideración crítica de los temas del
momento ( que los propios alumnos van a
solicitar frecuentemente y que el maestro
competente habrá de hacer sin pretender
situarse por encima de las partes sino
declarando su toma de posición, mientras
fomenta la exposición razonada de las
demás), aunque debe evitar convertir el aula
en una fatigosa y logomaquia sucursal del
Parlamento. Es importante que en la escuela,
se enseñe a discutir pero es imprescindible
dejar claro que la escuela no es ni un foro de
debates ni un púlpito.
Sin embargo,
responde a su
política, ante
neutral en la
esa misma neutralidad crítica
vez a una determinada forma
la que ya no se puede ser
enseñanza democrática: me
