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mientras que difieren vistosamente por la
estructura de sus ramas, por su tipo de follaje
por sus flores y sus frutos. El caso de los
humanos es muy semejante: nuestras raíces
más propias, las que nos distinguen de los
otros animales, son el uso del lenguaje y de
los símbolos, la disposición racional, el
recuerdo del pasado y la previsión del futuro,
la conciencia de la muerte, el sentido del
humor, etcétera, en una palabra, aquello que
nos hace semejantes y que nunca falta donde
hay hombres que ningún grupo, cultura o
individuo puede reclamar como exclusiva ni
excluyentemente propio, lo que tenemos en
común. En cambio, todo el resto las
variadísimas fórmulas y formulillas culturales,
los mitos y leyendas, los logros científicos o
artísticos,
las
conquistas
políticas,
la
diversidad de las lenguas, de las creencias y
de las leyes, etc. son el variopinto follaje y la
colorista multiplicidad de flores o frutos. Es el
universalista el que vuelve sobre las
profundas raíces que nos hacen comúnmente
humanos, mientras que los nacionalistas,
etnicistas y particularistas varios siempre van
de rama en rama, haciendo monerías y
buscando distingos.
Apuremos la metáfora hasta el final,"'antes"
de darla de lado como antes o después hay
que hacer con todas las imágenes literarias
para que no se conviertan en estorbos del
pensamiento. Sin raíces las plantas mueren
irremediablemente; sin follaje, flores y frutas
el paisaje sería de una monotonía estéril e
inaguantable. La diversidad cultural es el
modo propio de expresarse la común raíz
humana,
su
riqueza
y
generosidad.
Cultivemos la floresta, disfrutemos de sus
fragancias y de sus múltiples sabores, pero no
olvidemos la semejanza esencial que une por
la raíz el sentido común de tanta pluralidad de
formas y matices. Habrá que recordarla en los
momentos
más
cruciales,
cuando
la
convivencia
entre
grupos
culturalmente
distintos se haga imposible y la hostilidad no
pueda ser resuelta acudiendo a las reglas
internas de ninguna de las «ramas» en
conflicto. Sólo volviendo a la raíz común que
nos emparienta podremos los hombres ser
huéspedes los unos para los otros, cómplices
de necesidades que conocemos bien y no
extraños
encerrados
en
la
fortaleza
inasequible de nuestra peculiaridad. Nuestra
humanidad
común
es
necesaria
para
caracterizar lo verdaderamente único e
irrepetible de nuestra condición, mientras que
nuestra diversidad cultural es accidental.

Ninguna cultura es insoluble para las otras,
ninguna
brota
de
una
esencia
tan
idiosincrásica que no pueda o no deba
mezclarse con otras, contagiarse de las otras.
Ese contagio de unas culturas por otras es
precisamente
lo
que
puede
llamarse
civilización y es la civilización, no meramente
la cultura, lo que la educación debe aspirar a
transmitir. Dicho de otro modo y utilizando las
palabras de Paul Feyerabend (en el volumen
Universalidad y diferencia, editado por Giner y
cscartezzini) «No negamos las diferencias
existentes entre lenguajes, formas artísticas o
costumbres. Pero yo las atribuiría a los
accidentes de su situación y no a la historia,
no a unas esencias culturales claras, explícitas
e invariables: potencialmente cada cultura es
todas las culturas. [...] Si cada cultura es
potencialmente todas
las culturas, las
diferencias culturales pierden su inefabilidad y
se convierten en manifestaciones concretas y
mudables de una naturaleza humana común.
A esa potencialidad que cada cultura posee de
transmutarse en todas las demás, de no ser
verdadera cultura sin transfusiones culturales
de las demás y sin traducciones o
adaptaciones culturales con las demás, es a lo
que nos referimos al hablar de civilización y
también de universalidad. No se trata de
homogeneizar universalmente (uno de los
más reiterados pánicos retóricos de nuestro
siglo, la americanización mundial, etc.) sino
de romper la mitología autista de las que
exigen ser preservadas idénticas a sí mismas,
como si todas no estuviesen transformándose
continuamente desde hace siglos por influjo
civilizador de las demás. ¿Etnocentrismo? Sólo
lo sería si considerásemos la universalidad
como una característica factual de la cultura
occidental, en lugar de tenerla como un ideal
valioso promovido pero también conculcado
innumerables
veces
por
coincidente
(signifique lo que signifique este confuso
término). No, la universalidad no es
patrimonio exclusivo de ninguna cultura -lo
cual sería contradictorio sino una tendencia
que se da en todas pero que también en todas
partes debe enfrentarse con el provincianismo
cultural de lo idiosincrásico insoluble, presente
por igual en las latitudes aparentemente más
opuestas. Potenciar esa tendencia común y
amenazada
es
precisamente
la
tarea
educativa más propia para nuestro mundo
hipercomunicado en el que cabe la variedad
pero no centralismo: en cuanto a promocionar
y rentabilizar lo otro, lo inefable, lo
excluyente, ya se encargan desdichadamente
muchas otras instancias que nada tienen que
ver con la verdadera educación.

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