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prestigiosa que, como es sabido, no siempre
han ido ni van juntos. Empecemos por la
universalidad. ¿Universalidad en la educación?
Significa poner al hecho humano lingüístico,
nacional, artístico...por encima de sus
modismos; valorarlo en su conjunto antes de
comenzar a resaltar sus peculiaridades
locales; y sobre todo no excluir a nadie a
priori del proceso educativo que lo potencia y
desarrolla. Durante siglos, la enseñanza ha
servido para discriminar a unos grupos
humanos frente a otros: a los hombres frente
a las mujeres, a los pudientes frente a los
menesterosos, a los citadinos frente a los
campesinos, a los clérigos frente a los
guerreros, a los burgueses frente a los
obreros, a los «civilizados» frente a los
«salvajes», a los «listos» frente a los
«tontos», a las castas superiores frente y
contra
las
inferiores.
Universalizar
la
educación consiste en acabar con tales
manejos discriminadores: aunque las etapas
más avanzadas de la enseñanza puedan ser
selectivas y favorezcan la especialización de
cada cual según su peculiar vocación, el
aprendizaje básico de los primeros años no
debe regatearse a nadie ni ha de dar por
supuesto de antemano que se ha «nacido»
para mucho, para poco o para nada. Esta
cuestión del origen es el principal obstáculo
que intenta derrocar la educación universal y
universalizadora. Cada cual es lo que
demuestra con su empeño y habilidad que
sabe ser, no lo que su cuna esa cuna
biológica, racial, familiar, cultural, nacional, de
clase social, etc. le predestina a ser según la
jerarquía de oportunidades establecida por
otros. En este sentido, el esfuerzo educativo
es siempre rebelión contra el destino,
sublevación contra el fatum: la educación es
la antifatalidad, no el acomodo programado a
ella...para comerte mejor, segÚn dijo el lobo
pedagógicamente disfrazado de abuelita
En las épocas pasadas, el peso del origen se
basaba sobre todo en el linaje socioeconómico
de cada cual (y por supuesto en la separación
de sexos, que es la discriminación básica en
casi todas las culturas). Hoy siguen vigentes
ambos
criterios
antiuniversalistas
en
demasiados lugares de nuestro mundo. Donde
un Estado con preocupación social no corrige
los efectos de las escandalosas diferencias de
fortuna, los unos nacen para ser educados y
los otros deben contentarse con una doma
sucinta que les capacite para las tareas
ancillares que los superiores nunca se
avendrían a realizar. De este modo la
enseñanza se convierte en una perpetuación
de la fatal jerarquía socioeconómica, en lugar

de ofrecer posibilidades de movilidad social y
de un equilibrio más justo. En cuanto al
apartamiento de la mujer de las posibilidades
educativas, es hoy uno de los principales
rasgos del integrismo islámico pero no
exclusivo
de
él.
Todos
los
grupos
tradicionalistas que intentan resistirse al
igualitarismo
de
derechos
individuales
moderno empiezan por combatir la educación
femenina: en efecto, la forma más segura de
impedir que la sociedad se modernice es
mantener a las mujeres sujetas a su estricta
tarea reproductora. En cuanto este tabú
esencial se rompe, para desasosiego de
varones barbudos y caciques tribales, ya todo
es posible: hasta el progreso, en algunas
ocasiones.
Pero
en
las
sociedades
democráticas
socialmente más desarrolladas la educación
básica suele estar garantizada para todos y
desde luego las mujeres tienen tanto derecho
como los hombres al estudio (obteniendo, por
lo común, mejores resultados académicos que
ellos). Entonces la exclusión por el origen
intenta afirmarse de una manera distinta y
supuestamente más «científica». Se trata de
las disposiciones gen éticas, la herencia
biológica recibida por cada cual, que
condiciona los buenos resultados escolares de
unos mientras condena a otros al fracaso. Si
existen
personas
o
grupos
étnicos
genéticamente condenados a la ineficiencia
escolar ¿por qué molestarse en escolarizarlos?
Un test de inteligencia a tiempo ahorraría al
Estado
muchos
recursos
que
pueden
emplearse fructuosamente en otras tareas de
interés público (nuevos aviones de combate,
por ejemplo). No por casualidad es en Estados
Unidos, las deficiencias de cuyo sistema
educativo
lo
hacen
particularmente
sospechoso de derroche" donde se está
viendo
surgir
estudios
vagamente
neodarwinistas en esta línea. Quizá el que ha
despertado recientemente más escándalo es
The Bell Curve, de Murray y Herrstein, cuyos
análisis estadísticos basados en tests de
inteligencia creen demostrar que el abismo
gen ético entre la «elite cognitiva» que dirige
la sociedad estadounidense y los estratos
inferiores compuestos de marginales e
inadaptados se hace cada vez mayor. En
particular
consideran
«científicamente»
probado que la media intelectual de los negros
es inferior a la de otras razas, por lo que las
políticas de discriminación positiva que los
auxilian (por ejemplo facilitando su acceso a
la universidad) son un dispendio inútil de
recursos públicos. Distintas variaciones sobre
estos planteamientos se insinúan cada vez

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