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de conocimiento y la información sobre
opiniones «heréticas» que se oponen con
argumentos racionales a la forma de pensar
mayoritaria. Pero creo que el profesor no
puede cortocircuitar el ánimo rebelde del
joven con la exhibición desaforada del propio.
No hay peor desgracia para los alumnos que
el educador empeñado en compensar con sus
mítines ante ellos las frustraciones políticas
que no sabe o no puede razonar frente a otro
público mejor preparado. En vez de explicar el
pasado al que pertenece, se desliga de él
como si fuese un recién llegado y bloquea la
perspectiva critica que deberían ejercer los
neófitos, a los que se enseña rechazar lo que
aún no han tenido oportunidad de entender.
Se fomenta así el peor conservadurismo
docente, el de la secta que sigue con dócil
sublevación al gurú iconoclasta en lugar de
esperar a rebelarse, a partir de su propia
joven madurez bien informada, contra lo que
llegarán por sí mismos a considerar detestable
a si se convierte el inconformismo en una
variedad de la obediencia. «Precisamente para
preservar lo que es nuevo y revolucionario en
cada niño debe ser la educación conservadora
sostiene Hannah Arendt; debe proteger esa
novedad e introducirla como un fermento
nuevo en un mundo ya viejo que, por
revolucionarios que puedan ser sus actos,
está, desde el punto de vista de la generación
siguiente, superado y próximo a la ruina.»
La educación transmite
porque quiere
conservar; y quiere conservar porque valora
positivamente ciertos conocimientos, ciertos
comportamientos, ciertas habilidades y ciertos
ideales. Nunca es neutral: elige, verifica,
presupone, convence, elogia y descarta.
Intenta favorecer un tipo de hombre frente a
otros,
un
modelo
de
ciudadanía,
de
disposición laboral, de maduración psicológica
y hasta de salud, que no es el único posible
pero que se considera preferible a los demás.
Nótese que esto es igualmente cierto cuando
es el Estado el que educa y cuando la
educación la lleva a cabo una secta religiosa,
una comuna o un «emboscado» jungeriano,
solitario y disidente. Ningún maestro puede
ser
verdaderamente
neutral,
es
decir
escrupulosamente
indiferente
ante",las
diversas alternativas que se ofrecen a su
discípulo: si lo fuese, empezaría ante todo por
respetar (por ser neutral ante) su ignorancia
misma, lo cual convertiría la dimisión en su
primer y último acto de magisterio y aun así
se trataría de una preferencia, de una
orientación, de un cierto tipo de intervención
partidista (aunque fuese por vía de renuncia)
en el desarrollo "del niño. De modo que la
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cuestión educativa no es
partidismo» sino establecer
vamos a tomar.
«neutralidadqué partido
En este punto, más vale abreviar un recorrido
que de ningún modo podríamos efectuar en
estas páginas de forma completa, ni siquiera
suficiente.
Creo
que
hay
argumentos
racionales para preferir la
democracia
pluralista a la dictadura o-el unanimismo
visionario, y también que es mejor optar por
los argumentos racionales que por las
fantasías caprichosas o las revelaciones
ocultistas. En otros de mis libros he
sustentado teóricamente estos favoritismos
nada originales', que antes y ahora ya
contaban con abogados mucho más ilustres
que yo. En distintas épocas y latitudes se han
propugnado ideales educativos que considero
indeseables para la generación que ha de
inaugurar el siglo XXI: el servicio a una
divinidad celosa cuyos mandamientos han de
guiar a los humanos, la integración en el
espíritu de una nación o de una etnia como
forma de plenitud personal, la adopción de un
método sociopolítico único capaz de responder
a todas las perplejidades humanas, sea desde
la abolición colectivista de la propiedad
privada o desde la potenciación de ésta en
una maximización de acumulación y consumo
que se confunde con la bienaventuranza. Los
convencidos de que tales proyectos son los
más estimables que puede proponerse
transmitir la enseñanza considerarán inútiles o
irritantes las restantes páginas de este
capítulo
porque
verán
sus
ideales
arrinconados con escaso debate. Lo que sigue
se dirige a quienes, como yo, están
convencidos de la deseabilidad social de
formar individuos autónomos capaces de
participar
en
comunidades
que
sepan
Transitar de sí mismas, que se abran y se
ensanchen sin perecer, que se ocupen más del
desvalimiento común de los humanos que de
la diversidad intrigante de formas de vivirlo o
de
los
oropeles
cosificados
que
lo
enmascaran. Gente en fin convencida de que
el principal bien que hemos de producir y
aumentar es la humanidad compartida,
semejante en lo fundamental a despecho de
las tribus y privilegios con que también muy
humanamente nos identificamos.
De acuerdo con este planteamiento, me
parece que el ideal básico que la educación
actual debe conservar y promocionar es la
universalidad
democrática.
Quisiera
a
continuación
examinarlo
con
mayor
detenimiento, analizando si es posible por
separado los dos miembros de esa fórmula
