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CAPÍTULO 6
FERNANDO SAVATER
EDUCAR ES UNIVERSALIZAR
Hemos hablado hasta aquí de la educación
tomada desde el punto de vista más amplio y
general
posible,
con
ocasionales
acercamientos a la realidad presente del
modelo de país en que vivimos. Pero esta
perspectiva quizá demasiado abstracta no
puede desconocer que bajo el mismo rótulo de
«educación» se acogen fórmulas muy distintas
en el tiempo y en el espacio. Los primeros
grupos humanos de cazadores-recolectores
educaban a sus hijos, así como los griegos de
la época clásica, los aztecas, las sociedades
medievales, el siglo de las luces o las naciones
ultra tecnificadas contemporáneas, y ese
proceso de enseñanza nunca es una mera
transmisión de conocimientos objetivos o de
destrezas prácticas, sino que se acompaña de
un ideal de vida y de un proyecto de sociedad.
Cuando se le reprochaba el excesivo
subjetivismo de sus juicios, el poeta José
Bergamín respondía: «Si yo fuera un objeto,
sería objetivo; como soy un sujeto, soy
subjetivo.» Pues bien, la educación es tarea
de sujetos y su meta es formar también
sujetos, no objetos ni mecanismos de
precisión: de ahí que venga sellada por un
fuerte componente histórico-subjetivo, tanto
en quien la imparte como en quien la recibe.
Semejante factor de subjetividad no es
primordialmente una característica psicológica
del maestro ni del discípulo (aunque tales
características no sean tampoco irrelevantes
ni mucho menos) sino que viene determinado
por la tradición, las leyes, la cultura y los
valores predominantes de la sociedad en que
ambos establecen su contacto. La educación
tiene como objetivo completar la humanidad
del neófito, pero esa humanidad no puede
realizarse en abstracto ni de modo totalmente
genérico, ni tampoco consiste en el cultivo de
un germen idiosincrásico latente en cada
individuo, sino que trata más bien de acuñar
una precisa orientación social: la que cada
comunidad
considera
preferible.
Fue
Durkheim, en Pedagogía y sociología, quien
insistió de manera más' nítida en este punto:
«El hombre que la educación debe plasmar
dentro de nosotros no es el hombre tal como
la naturaleza lo ha creado, sino tal como la
sociedad quiere que sea; y lo quiere tal como
lo requiere su economía interna.[...]. Por
tanto, dado que la escala de valores cambia
forzosamente con las sociedades, dicha
jerarquía no ha permanecido jamás igual en
dos momentos diferentes... decía historia.

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Ayer era la valentía la que tuvo la primacía,
con todas las facultades que implican las
virtudes militares; hoy en día [Durkheim
escribe a finales del pasado siglo] es el
pensamiento y la reflexión; mañana será, tal
vez, el refinamiento del gusto y la sensibilidad
hacia las cosas del arte. Así pues, tanto en el
presente como en el pasado, nuestro ideal
pedagógico es, hasta en sus menores detalles,
obra de la sociedad.
Aunque si es la sociedad establecida, desde
sus estrategias dominantes y los prejuicios
que lastran su perspectiva, quien establece los
ideales que encauzan la tarea educativa...
¿cómo podemos esperar que el paso por la
escuela propicie la formación de personas
capaces de transformar positivamente las
viejas estructuras sociales? Como señaló John
Dewey, «los que recibieron educación son los
que la dan; los hábitos ya engendrados tienen
una profunda influencia en su proceder. Es
como si nadie pudiera estar educado en el
verdadero sentido hasta que todos se
hubiesen desarrollado, fuera del alcance del
prejuicio, de la estupidez y de la apatía. Ideal
por definición inalcanzable. Entonces ¿tiene
que ser la enseñanza obligatoriamente
conservadora, instructora por tanto para el
conservadurismo de modo que el fulgor
revolucionario de los educandos sólo se
encenderá por reacción contra lo que se les
inculca y nunca como una de las posibles
formas de comprenderlo adecuadamente? La
respuesta a este complejo, interrogante no
puede ser un simple «sí» o «no», es decir
desoladora en ambos casos.
En primer lugar, conviene afirmar sin falsos
escrúpulos la dimensión conservadora de la
tarea educativa. La sociedad prepara a sus
nuevos miembros del modo que le parece más
conveniente para su conservación, no para su
destrucción: quiere formar buenos socios, no
enemigos ni singularidades antisociales. Como
hemos indicado un par de capítulos atrás, el
grupo impone el aprendizaje como un
mecanismo adaptador a los requerimientos de
la colectividad. No sólo busca conformar
individuos socialmente aceptables y útiles,
sino también precaverse ante el posible brote
de desviaciones dañinas. Por su parte,
también los padres quieren proteger al niño
de cuanto puede serle peligroso es decir,
enseñarle a prevenirse de los males y
juntamente ellos quieren protegerse de él, es
decir
prevenir
los
males
que
puede