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empleo suelen ser santurrones pero olvidan lo
que dijeron antaño santos más fiables. Por
ejemplo san Juan Crisóstomo, en el siglo IV d.
J.C.: «Oigo gritar al hombre: ¡Ojalá no
hubiese vino! Qué insensatos. ¿Qué culpa
tiene el vino de los abusos? Si dices ojalá no
hubiese vino a causa de la embriaguez,
entonces habría que decir “Ojalá no hubiese
noche" a causa de los ladrones, “Ojalá no
hubiese luz" a causa de los delatores y “0jalá
no hubiese mujeres" a causa del adulterio. »
En la situación actual, mientras siga vigente la
absurda: !penalización del uso de drogas, los
esfuerzos de los maestros por preparar a los
jóvenes para afrontar este embrollado
disparate no pueden ir más allá de
recomendarles que no mitifiquen la ilegalidad
ni la legalidad mucho menos y vamos con la
violencia. También en esta cuestión una cierta
timorata hipocresía enturbia notablemente la
posibilidad de que la escuela ayude a la
sociedad a prevenir la violencia indeseable y a
encauzar positivamente la inevitable (hasta
deseable incluso, no seamos mojigatos). A la
pregunta horrorizada «¿por qué los jóvenes
son violentos?» habría que responder para
empezar: ¿y por qué no habrían de serlo? ¿No
lo son sus padres y lo fueron sus abuelos y
tatarabuelos? ¿Es que acaso la violencia no es
un componente de las sociedades humanas
tan antiguo y tan necesario como la
concordia? ¿No es un cierto uso de la violencia
colectiva el que ha defendido a los grupos del
capricho destructivo de los individuos? ¿No es
también cierto uso de la violencia particular de
algunos lo que se ha opuesto a las tiranías y
ha obligado a que fueran atendidas las
reivindicaciones de los oprimidos o los
proyectos de los reformadores? Digámoslo
claramente, es decir, pedagógicamente: una
sociedad humana desprovista de cualquier
atisbo de violencia sería una sociedad
perfectamente inerte. y éste es el dato
fundamental que cualquier educador debe
tener en cuenta al comenzar a tratar el hecho
de la violencia. No es un fenómeno perverso,
inexplicable y venido de no se qué mundo
diabólico, sino un componente de nuestra
condición que debe ser compensado y
mitigado racionalmente por el uso de nuestros
impulsos no menos naturales de cooperación,
concordia y ordenamiento pacífico. De hecho,
la virtud fundamental de nuestra condición
violenta es habernos enseñado a temer la
violencia y a valorar las instituciones que
hacen desistir de ella.
En uno de los numerosos congresos
variopintos sobre el tema, celebrado en
Valencia cuando yo escribía este capítulo, un
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«experto» americano se descolgó diciendo
que si se suprimiesen o redujesen al mínimo
las horas que niños y adolescentes ven la
televisión se evitarían cuarenta mil asesinatos
y setenta mil violaciones anuales (o al revés,
lo mismo da). Este tipo de majaderías tiene
un predicamento asombroso. Por lo visto, los
jóvenes no cultivarían fantasías violentas si no
les fueran inculcadas por televisión. Con la
misma razón podríamos decir: que la
televisión tiene una función catártica para
expulsar los demonios interiores y que gracias
a la televisión no se cometen aún más
crímenes y violaciones...O que nuestra
civilización es violenta porque la principal de
nuestras religiones venera a un instrumento
de tortura -la cruz y glorifica la sangre de los
mártires (o cual se ha dicho por cierto). Tales
planteamientos violan la primera norma de
cordura, que es separar la fantasía de la
realidad, y olvidan una lección que se remonta
por lo menos hasta Platón: que la diferencia
entre el malvado y el justo es que el primero
lleva a cabo las fechorías que el otro sólo
sueña y descarta. Se dice beatamente: hay
que enseñar que la violencia nunca debe ser
respondida con la violencia. Rotundamente
falso y nada se gana enseñando falsedades.
por el contrario, hay que explicar que la
violencia siempre es respondida antes o
después por la violencia como único medio de
atajarla y que es precisamente esa cadena
cruel de estímulo y respuesta la que la hace
temible e impulsa a tratar de evitarla en lo
posible (recuerdan lo que antes dijimos sobre
el inevitable papel pedagógico del miedo?). De
nuevo en este caso es Bruno Bettelheim quien
expone de modo más convincente la línea a
seguir por los maestros en este cuestión: «Si
permitimos que los niños hablen francamente
de sus tendencia agresivas, también llegarán
a reconocer la índole temible de tales
tendencias. Sólo esta clase de reconocimiento
puede conducir a algo mejor que, por un lado,
la negación y la represión y, por otro, un
estallido en forma de actos violentos. De esta
manera la educación, puede inspirar el
convencimiento de que para protegerse a uno
mismo, y para evitar experiencias temibles,
hay que afrontar constructivamente las
tendencias a la violencia, tanto las propias
como las ajenas.»
Tanto respecto a la violencia como respecto a
las drogas o al sexo, nada resulta
pedagógicamente menos aconsejable que las
grandes declamaciones virtuosas tipo «todo o
nada» lanzadas de vez en cuando por los
políticos que no saben qué decir y secundadas
con morbo por los medios de comunicación.
