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y materna- son esenciales para el desarrollo
psíquico equilibrado del individuo. Viendo la
televisión, los niños pueden llegar a suponer
que las relaciones sexuales no son más que
una especie de maratón donde sólo importa
que cada cual obtenga lo suyo del modo más
copioso y fácil posible, sin miramientos ni
responsabilidad hacia el otro; es importante
tarea educativa explicar que el sexo nada
tiene que ver con los récords olímpicos, que
es más rico cuando involucra sentimientos y
no sólo sensaciones, que lo importante no es
practicarlo cuanto antes y cuanto más mejor,
sino saber llegar a través de él a la más dulce
y fiera de las vinculaciones humanas.
La cuestión de las drogas es quizá el más
difícil de los puntos que se encarga tratar
educativamente a los maestros. y no por
culpa de éstos, claro sino por la demencial
situación que ha creado en todo el mundo la
prohibición de ciertas drogas y la subsiguiente
cruzada que Estados Unidos encabeza contra
ellas.
¿Cómo
pueden
explicarse
razonablemente los usos de unas sustancias
que por decreto policial sólo pueden ser
utilizadas con abuso?
Esta arbitraria prohibición resulta no ya
ineficaz sino del todo contraproducente,
porque al impedir que se establezcan pautas
de uso la tentación abusiva se hace irresistible
y frenética, sobre todo cuando el gigantesco
negocio de los narcotraficantes depende
además de que se mantenga en toda su
obcecación puritana la narcocruzada, con lo
cual la propaganda del producto vedado no
puede decaer. En tal situación sobrecargada
¿qué puede decir el maestro…además de lo de
«pupa, nene»?
Dado el desarrollo de la química y la facilidad
de producir droga sintética por medios casi
caseros,
los
jóvenes
van
a
vivir
irremediablemente
toda
su
vida
entre
productos
alucinógenos,
euforizantes
o
estupefacientes. En cada uno de ellos hay
efectos positivos, porque si no nadie los
buscaría, y otros nocivos, que no dependen de
la perversidad del invento sino de la dosis en
que sea tomado, la fiabilidad química de la
sustancia, el estado físico y anímico de quien
lo consume, etc. Pero ¿cómo puede enseñarse
a manejar lo que la delincuencia organizada a
partir de la prohibición, la adulteración sin
control y la mitología de la transgresión han
convertido en letalmente inmanejable? Las
interminables disquisiciones acerca de por qué
se drogan los jóvenes son ejemplarmente
estériles. ¿Por qué se drogan? En unos casos

influirá la situación familiar, en otros el
mimetismo o la curiosidad, en la mayoría el
largo período de escolaridad y la prolongada
dependencia de los padres ante el futuro
laboral incierto, etc. Pero sobre todo se
consumen drogas porque las drogas están ahí,
por todas partes, tal y como yan a seguir
estando en cualquier futuro previsible de las
sociedades democráticas: su cantidad y,
número de variedades no ha dejado de
aumentar un solo día desde que fueron
prohibidas.
Imagínense
ustedes
que
sobre
los
automóviles no recibiesen los jóvenes más
que dos tipos de información: la de los
anunciantes y la crónica de accidentes de
tráfico. La publicidad les presentaría vehículos
omnipotentes que transcurren en paisajes de
maravilla y prometen la compañía de las más
sugestivas beldades; por otro lado se les iba a
brindar la nómina de familias despanzurradas
entre hierros retorcidos, atropellos fatales y
conductores que dan una cabezadita para
luego prolongar eternamente el sueño en el
fondo de algún precipicio. Los unos muestran
un falso paraíso para todos, los otros el
infierno muy cierto de unos cuantos. ¿Qué
faltaría aquí? Quizá la noticia objetiva de que
los coches sirven para trasladarse de un lugar
a otro con cierta comodidad, aunque su uso
desmedido produce atascos de tráfico y los
excesos de velocidad pueden ser fatales. Pero
sobre todo faltaría el profesor que enseña a
conducir a quien decide utilizar uno de esos
vehículos. No necesito añadir lo que ocurriría
además, si los autos hubiese que comprarlos
de segunda mano a bandas de gángsteres y
todas las gasolineras y los talleres de
reparaciones funcionasen en la clandestinidad.
En la escuela sólo se pueden enseñar los usos
responsables de la libertad, no aconsejar a los
alumnos que renuncien a ella. Algunos
pseudoeducadores dicen que la droga no es
cuestión de libertad personal porque el
drogadicto pierde el albedrío: como si no
perdiese también la libertad de ser soltero
quien se casa, la de convertirse en atleta
quien dedica sus horas al estudio o la libertad
de permanecer en casa quien emprende un
viaje!
Cada elección libre determina decisivamente
la orientación de nuestras elecciones futuras y
ello no es un argumento contra la libertad sino
el motivo para tomarla en serio y ser
responsable. Estos moralistas, de pacotilla
que confunden la pérdida de la libertad. con
las determinaciones que nos llegan por su

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