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ulemas, ni a los rabinos, ni a los derviches...)
sino de especialistas en filosofía, en historia o
en antropología. Sólo así podrá ser evaluada
para el currículo académico como cualquier
otra, porque la fe -l menos la buena fe- no
admite puntuaciones terrenales. y su inclusión
o no en los planes de estudio debe atender a
las mismas consideraciones que cualquier otra
materia docente, no a quienes usan como
argumento los pactos con una Iglesia que
además resulta estar encabezada por un
Estado extranjero. No voy a entrar en el
contenido de esa asignatura hipotética, pero
supongo que no podrá obviar la mención de
las numerosas libertades públicas de que hoy
gozan los Estados democráticos que se
consiguieron gracias a la lucha de muchos
incrédulos contra el influjo reaccionario de las
iglesias, que sólo suelen hacerse civilmente
tolerantes cuando pierden o ven radicalmente
disminuida su autoridad social.
Una palabra ahora sobre la educación sexual.
Hace unas cuantas décadas aún era posible
discutir sobre cuándo sería más prudente
iniciar la información acerca de temas
sexuales y cómo resultaría más aconsejable
graduar esa iniciación delicada. Pero hoy el
influjo subversivo de la televisión (así como
también la mayor permisividad de las
costumbres) ha transformado radicalmente el
panorama. Los niños no crecen ya en un
mundo de secretos cuyo recato a menudo
debía más a la hipocresía que al pudor, sino
en un contexto de solicitaciones e imágenes
literalmente
desvergonzado:
Antaño
la
educación sexual debía combatir los mitos
propiciados por el ocultamiento que convirtió
todo lo sexual en «obsceno» ( es decir, que lo
dejaba fuera del escenario, entre bambalinas),
mientras que ahora tiene que enfrentarse a
los mitos nacidos de un exceso de explicitud
tumultuoso comercializado que pone el sexo
constantemente bajo los reflectores de la
atención pública. En ambos casos, antes y
ahora, se juega con la credulidad con que
acogemos cuanto excita intensamente deseos
y temores.
Desde luego, una buena instrucción en los
aspectos
biológicos
e
higiénicos
es
inexcusable. Los niños y adolescentes entran
cada vez antes en contacto con la práctica
sexual, por lo que nada puede resultarles más
perjudicial que conocer sólo a medias el
funcionamiento del alegre tío vivo al que van
a subirse...o al que otros más experimentados
les querrán subir. Informar con claridad y
sentido común no es una incitación al
libertinaje sin una ayuda para evitar que los

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gozos de la exuberante salud juvenil
produzcan víctimas por ignorancia. En estos
tiempos en que a los riesgos clásicos -v. gr.:
los embarazos indeseados- se une siniestra
amenaza del sida, es sorprendentemente
suicida la desproporción que sigue existiendo
entre la libertad de que gozan los jóvenes y su
desconocimiento aterrador de las luces y
sombras de su juguete favorito. Pero la mera
información orgánica no puede dar cuenta de
la mayor parte de la realidad erótica, pues
poco dice del matrimonio, lá prostitución, la
pornografía, la homosexualidad, la paternidad,
la ternura sensual y tantos otros meandros
interpersonales por los que discurren las
sobrias verdades carnales. Suponer que las
noticias biológicas educan suficientemente
sobre el sexo es como creer que basta para
entender la guerra conocer el mecanismo
muscular puesto en juego al asestar un
bayonetazo y la forma de atender luego al
herido...
Desculpabilizar el placer sexual es cosa
siempre encomiable. El puritanismo rebrota
una y otra vez, según prueban ciertas
interpretaciones clericales sobre el si da como
flagelo divino o las protestas conservadoras
ante una simple campaña de información
sobre el uso de los preservativos. Aún no hace
mucho que una profesora de biología fue
sancionada en España por haber solicitado
que sus alumnos aportasen, junto a una gota
de sudor y otra de sangre, una gota de semen
para las prácticas de laboratorio. Por lo visto
el semen es un fluido que nace de la
perversidad, a diferencia del simple sudor que
brota del ejercicio...Pero en la actualidad
parece que la propaganda de los gozos
sexuales está ampliamente asegurada por
numerosos medios de comunicación y
necesita pocos apoyos escolares. Donde antes
hubo aprensión culpabilizadora por atreverse
a hacer, el bombardeo del consumismo erótico
vigente parece imponer la culpabilidad de no
haber hecho todavía o no haber hecho lo
suficiente. Quizá hoy el puritanismo a
combatir sea de orden distinto. El de antaño
predicaba que el sexo sólo es lícito cuando se
encamina a la procreación; el de ahora, no
menos puritano, insinúa que la procreación
puede desligarse del placer sexual y que son
tan válidos los hijos de la probeta como los
hijos del amor. Es bueno recordar que el sexo
es algo mucho más amplio -deliciosamente
más amplio- que la vía de reproducción de la
especie, pero es debido insistir también en
que cada uno de nosotros nacemos de un
apasionamiento físico entre personas de sexo
complementario y que ambas figuras -paterna