propositos.pdf


Vista previa del archivo PDF propositos.pdf


Página 1...33 34 353637118

Vista previa de texto


demasiado, porque hay países donde la ética
y la religión llegan a mezclarse de tal modo
que la formación moral la dejan directamente
las
autoridades
civilicen
manos
de
eclesiásticos.
La idea de que los valores morales le lleguen
al niño por vía indirecta, asistiendo a clases de
otras materias o participando en actividades
escolares, puede ser válida en los primeros
años de la enseñanza pero más adelante se
hace con toda evidencia insuficiente. Como ha
señalado John Dewey, no hay que confundir el
aprendizaje directo o indirecto de nociones
morales con el que enseña nociones acerca de
la moral y de los argumentos que la
sustentan. Es bueno que los niños adquieran
hábitos de cooperación respeto al prójimo y
autonomía personal, por ejemplo, pero sin
duda esas provechosas lecciones empíricas les
vendrán mezcladas con otras no tan
edificantes aunque no menos experimentales
que les enseñarán el valor ocasional de la
mentira, la adulación o el abuso de fuerza.
Por eso es importante enseñarles después
temáticamente el sentido de las preferencias
éticas, que son ideales racionales y no simples
rutinas sociales para alcanzar talo cual
ventaja a corto plazo sobre los demás. No es
cierto, claro está, que el pluralismo de la
sociedad democrática quiera decir que cada
cual pueda tener su ética y todas valgan igual.
Lo que cada cual tiene es su conciencia moral,
ésa sí personal e intransferible. En cuanto a
los
valores,
puede
argumentarse
la
superioridad ética de unos sobre otros,
empezando; por valorar el mismo pluralismo
que permite y aprecia la diversidad.
La reflexión sobre los valores, junto al debate
crítico acerca de su plasmación social,
constituyen de por sí pautas imprescindibles
tanto de formación como de información
moral. A lo largo de la historia los moralistas
han concentrado unánimemente su mensaje
en tres virtudes esenciales de las que se
deducen con más o menos facilidad todas las
demás: el coraje para vivir frente a la muerte,
la generosidad para convivir con los
semejantes y la prudencia para sobrevivir
entre necesidades que no podemos abolir. Las
tres
virtudes
y
sus
corolarios
están
directamente relacionadas con la afirmación
de la vida humana y no dependen de
caprichos arbitrarios, ni de revelaciones
místicas, ni siquiera corresponden a un tipo
determinado de sistema social. Provienen sin
rodeos del anhelo básico de vivir más y mejor,
a cuyo impulso sirve el proyecto ético desde la

conciencia individual y las instituciones
sociopolíticas en el plano comunitario al
menos en su designio ideal.
A partir de este anhelo enraizado en la
condición humana pueden darse razones
inteligibles a favor de la sinceridad y contra el
engaño o a favor del apoyo al débil frente a su
aniquilación. Comprender en cambio los
motivos por los que la masturbación es un
grave pecado o las transfusiones de sangre
son abominables exige fe en revelaciones
misteriosas en las que no todo el mundo está
dispuesto a creer. Desde luego, quienes
hagan suyas esas convicciones deben ser
respetados y tienen derecho a comportarse de
acuerdo con su propio patrón de excelencia,
pero dicho criterio pertenece a la religión, no
a la ética. La ética se distingue de la religión
en su objetivo (la primera quiere una vida
mejor y la segunda algo mejor que la vida) y
en su método (la primera se basa en la razón
y la experiencia, la segunda en la revelación).
Pero es que además la ética es cosa de todos,
mientras que la religión es cuestión de unos
cuantos, por muchos que sean: las personas
religiosas también tienen intereses éticos,
mientras que no todo el que se interesa por la
ética ha de tener intereses religiosos. Lejos de
ser una alternativa, la ética y la religión sirven
para ejemplificar ante los estudiantes la
diferencia entre aquellos principios racionales
que todos podemos comprender y compartir
(sin dejar de discutirlos críticamente) frente a
doctrinas muy respetables pero cuyo misterio
indemostrable sólo unos cuantos aceptan
como válido. Precisamente éste puede ser el
primer tema que un buen profesor de filosofía
brindará como reflexión ética inicial a sus
alumnos ¿y la instrucción religiosa para
aquellos que deseen o quieran que la reciban
sus hijos? Es una opción privada de cada cual
que el Estado no debe obstaculizar en modo
alguno pero que tampoco está obligado a
costear a los ciudadanos. La catequesis es
libre en una democracia pluralista, pero sin
duda gana en libertad y diversidad cuando el
ministerio público ni la financia ni la
administra. Quizá los planes de estudio
puedan incluir alguna asignatura que trate de
la historia de las religiones, de símbolos y
mitologías, con preferente atención si se
quiere a la tradición greco-romano-cristiana
que tan importante es para comprender la
cultura europea a la que pertenecemos. Pero
no será prescriptiva sino descriptiva: no se
ocupará de formar a los creyentes sino de
normar a los estudiantes y desde luego no ha
de estar a cargo de un cuerpo especial de
profesores vinculado al obispado (ni a los

35