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voluntad pedagógica de los mayores. Las dos
principales fuentes de información eran por un
lado los libros, que exigían un largo
aprendizaje
para
ser
descifrados
y
comprendidos, y por otro las lecciones orales
de
padres
y
maestros,
dosificadas
sabiamente. Los modelos de conducta y de
interpretación del mundo que se ofrecían al
niño no podían ser elegidos voluntariamente
ni rechazados, porque carecían de alternativa.
Sólo llegados ya a cierta madurez y curados
de la infancia iban los neófitos enterándose de
que existían más cosas en el cielo y en la
Tierra de las que hasta entonces se les había
permitido conocer. Cuando la información
revelaba las alternativas posibles a los
dogmas familiares, dando paso a las
angustiosas incertidumbres de la elección, la
persona estaba lo suficientemente formada
para soportar mejor o peor la perplejidad.
Pero la televisión ha terminado con ese
progresivo desvelamiento de las realidades
feroces e intensas de la vida humana. Las
verdades de la carne (el sexo, la procreación,
las enfermedades, la muerte...) y las
verdades de la fuerza (a violencia, la guerra,
el dinero, la ambición y la incompetencia de
los príncipes de este mundo...) se hurtaban
antes a las miradas infantiles cubriéndolas con
un velo de recato o vergüenza que sólo se
levantaba poco a poco. La identidad infantil (a
mal llamada «inocencia» de los niños)
consistía en ignorar esas cosas o no manejar
sino fábulas acerca de ellas, mientras que los
adultos se caracterizaban precisamente por
poseer y administrar la clave de tantos
secretos. El niño crecía en una oscuridad
acogedora, levemente intrigado por esos
temas sobre los que aún no se le respondía
del todo, admirando con envidia la sabiduría
de los mayores y deseoso de crecer para
llegar a ser digno de compartirla. Pero la
televisión rompe esos tabúes y con generoso
embarullamiento lo cuenta todo: deja todos
los misterios con el culo al aire y la mayoría
de las veces de la forma más literal posible.
Los niños ven en la pantalla escenas de sexo y
matanzas bélicas, desde luego, pero también
asisten a agonías en hospitales, se enteran de
que los políticos mienten y estafan o de que
otras personas se burlan de cuanto sus padres
les dicen que hay que venerar. Además, para
ver la televisión no hace falta aprendizaje
alguno especializado: se acabó la trabajosa
barrera que la alfabetización imponía ante los
contenidos de los libros. Con unas cuantas
sesiones cotidianas de televisión, incluso
viendo sólo los programas menos agresivos y
los anuncios, el niño queda al cabo de la calle
de todo lo que antes le ocultaban los adultos,
mientras que los propios adultos se van
infantilizando también ante la «tele» al irse
haciendo superflua la preparación estudiosa
que antes era imprescindible para conseguir
información;
"La televisión ofrece modelos de vida,
ejemplos y contra ejemplos, viola todos los
recatos y promociona entre los pequeños esa
urgencia de elegir inscrita en la abundancia de
noticias a menudo contradictorias (junto al
mar de dudas que la acompañan). Pero hay
algo más: la televisión no sólo opera dentro
de la familia sino que emplea también los
cálidos y acríticos instrumentos persuasivos
de la educación familiar. «La televisión tiende
a reproducir los mecanismos de socialización
primaria empleados por la familia y por la
Iglesia: socializa a través de gestos, de climas
afectivos, de tonalidades de voz y promueve
creencias, emociones y adhesiones totales»
(I. C. Tedesco). Mientras que la función
educativa de la autoridad paterna se eclipsa,
la educación televisiva conoce cada vez mayor
auge ofreciendo sin esfuerzo ni discriminación
pudorosa el producto ejemplarizante que
antes era manufacturado por la jerárquica
artesanía familiar. Con la misma capacidad de
suscitar identificación ilimitada pero también
con promiscuo y abigarrado descontrol. No
hay nada tan educativamente subversivo
como un televisor: lejos de sumir a los niños
en la ignorancia como creen los ingenuos, les
hace aprenderlo todo desde el principio sin
respeto a los trámites pedagógicos... ¡Ay, si
por lo menos los padres estuvieran junto a
ellos para acompañarles y comentar ese
impúdico bombardeo informativo que tanto
acelera su instrucción! Pero lo propio de la
televisión es que opera cuando los padres no
están y muchas veces para distraer a los hijos
de que los padres no están mientras que en
otras ocasiones están, pero tan mudos y
arrobados ante la pantalla como los propios
niños.
La tarea actual de la escuela resulta así
doblemente complicada. Por una parte, tiene
que encargarse de muchos elementos de
formación básica de la conciencia social y
moral de los niños que antes eran
responsabilidad de la socialización primaria
llevada a cabo en el seno de la familia. Ante
todo tienen que suscitar el principio de
realidad
necesario
para
que
acepten
someterse al esfuerzo de aprendizaje, una
disciplina que es previa a la enseñanza misma
pero que ellos deben administrar junto con los
contenidos secundarios de la enseñanza que
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