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personalidad ha quedado completada en
esencia.» Pero existe un consenso en el
pensamiento pedagógico ilustrado sobre lo
negativo de una educación basada en el temor
autoritariamente inculcado a la venganza de
dioses o demonios. ¿A qué miedo se refiere
entonces Bettelheim? Oigámosle: « Ya no
podemos o queremos basar el aprendizaje
académico en el miedo. Sabemos que el
miedo cobra un precio tremendo en forma de
inhibición y rigidez. Pero el niño debe temer
algo si queremos que se aplique a la ardua
tarea de aprender. Opino que, para que
prosiga la educación, los niños tienen que
haber aprendido a tener miedo de algo antes
de ingresar en la escuela. Si no se trata del
miedo a condenarse o a ser encerrados en la
leñera, entonces en estos tiempos más
ilustrados tiene que ser, cuando menos, el
miedo a perder el amor y el respeto de los
padres (o más tarde, por poderes, el del
maestro) y, finalmente, el miedo a perder el
respeto a sí mismo.»
Quienes hemos sido educados en sociedades
dictatoriales
(aunque
en
mi
caso,
afortunadamente, no padecí una vida familiar
dictatorial en absoluto) estamos por lo general
convencidos del adelanto que supone aliviar
de intimidaciones abusivas los primeros años
de la enseñanza. Pero también es preciso
comprender que la desaparición de toda forma
de autoridad en la familia no predispone a la
libertad responsable sino a una forma de
caprichosa inseguridad que con los años se
refugia en formas colectivas de autoritarismo.
El modelo de autoridad en la familia
tradicional de nuestras sociedades ha sido el
padre, una figura cuya dimensión temible y
amenazadora -aunque también afectuosa y
justa- ha propiciado en ocasiones excesos
sádicos cuyo influjo aniquilador describe
magistralmente la Carta al padre de Franz
Kafka. Dentro del general eclipse actual de la
familia como unidad educativa, la figura del
padre es la más eclipsada de todas: el papel
más cuestionado y menos grato de asumir, el
triste encargado de administrar la frustración.
Según la investigación llevada a cabo por un
sociólogo italiano especializado en estudios
sobre la familia, Carmine Ventimiglia, la
mayoría de los padres actuales de Italia no
tienen como modelo de relación ideal con los
hijos la que tuvieron con sus padres sino la
que mantuvieron con sus madres: «quiero ser
un buen padre como mi madre lo fue
conmigo». Los adelantos de la protección
social de madres divorciadas o solteras ha
facilitado en países del norte de Europa y en
Estados Unidos una decadencia de la

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autoridad
paterna.
Sin
embargo,
el
desdibujamiento o la abolición de esta figura
plantea unas dificultades de identificación
positiva a los jóvenes que otros estudiosos
relacionan directamente con el aumento de
delincuencia juvenil y la pérdida destructiva
de modelos de autoestima. Parece peligroso
que sólo las formas más integristas y
teocráticamente despóticas de familia sigan
decididas a conservar el modelo de autoridad
paterna. Quizá el reto ilustrado actual sea
proponer y asumir un tipo de padre con
suficiente autoridad para gestionar el miedo
iniciativo en el que se funda el principio de
realidad, pero también con la tierna solicitud
doméstica, próxima y abnegada, que ha
caracterizado secularmente el papel familiar
de la madre. Un padre que no renuncie a serlo
pero a la vez que sepa maternizarse para
evitar los abusos castradoramente patriarcales
del sistema tradicional...
Pero no todos los motivos del eclipse de la
familia como factor de socialización primaria
provienen de cambios ocurridos en los
adultos. También hay que contar con la
radical transformación del estatuto de los
propios niños, que permitió hace ya tres
lustros a Neil Postman titular así de
provocadoramente su libro más famoso: La
desaparición de la infancia. El agente que
señaló Postman como causante de esta
desaparición fue precisamente la televisión.
Casi escucho el suspiro de alivio que muchos
de los lectores más beatos de este libro
acaban de exhalar: ¡por fin empiezan los
anatemas
contra
la
caja
tonta!
era
preocupante que un ensayo sobre educación
tardase tanto en arremeter contra la fuente
principal de todos nuestros males educativos.
Bueno, les ruego un poco más de paciencia,
porque quizá ni Postman ni yo vamos a darles
gusto todavía. La revolución que la televisión
causa en la familia, sobre todo por su
influencia en los niños, nada tiene que ver
según el sociólogo americano con la
perversidad bien sabida de sus contenidos
sino que proviene de su eficacia como
Instrumento :para comunicar conocimientos.
El problema no estriba en que la televisión no
eduque lo suficiente sino en que educa
demasiado y con fuerza irresistible; lo malo
no es que transmita falsas mitologías y otros
embelecos sino que desmitifica vigorosamente
y disipa sin miramientos las nieblas cautelares
de la ignorancia que suelen envolver a los
niños para que sigan siendo niños. Durante
siglos, la infancia se ha mantenido en un
limbo aparte del que sólo iban saliendo
gradualmente los pequeños de acuerdo con la