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por supuesto que, como ellos eran incapaces
de hacerse cargo de sus vástagos, el
Ministerio del Interior debía controlar a los de
todos los españoles.
Se trata, como suele decirse, de una crisis de
autoridad en las familias. Pero ¿qué supone
dicha crisis? En primer lugar, una antipatía y
recelo no tanto contra el concepto mismo de
autoridad (se oyen cada vez más críticas a las
instituciones por su falta de autoridad y se
reclama histéricamente «mano dura») sino
contra
la
posibilidad
de
ocuparse
personalmente de ella en el ámbito familiar
del que se es responsable. En su esencia, la
autoridad
no
consiste
en
mandar:
etimológicamente la palabra proviene de un
verbo latino que significa algo así como
«ayudar a crecer». La autoridad en la familia
debería servir para ayudar a crecer a los
miembros más jóvenes., configurando del
modo más afectuoso posible, lo que en jerga
psicoanalítica llamaremos su «principio de
realidad». Este principio, como es sabido,
implica la capacidad d restringir las propias
apetencias en vista de las de los demás, y
aplazar o templar la satisfacción de algunos
placeres inmediatos en vistas al cumplimiento
de objetivos recomendables a largo plazo
(recordemos aquí lo dicho en el capítulo
anterior
sobre
la
educación
como
incardinación en el tiempo del educando). Es
natural que los niños carezcan de la
experiencia
vital
imprescindible
para
comprender la sensatez racional de este
planteamiento y por eso hay que enseñárselo.
Los niños -esta obviedad es frecuentemente
olvidada- son educados para ser adultos, no
para seguir siendo niños. Son educados para
que crezcan mejor, no para que no crezcan
puesto que de todos modos, bien o mal, van a
crecer irremediablemente. Si los padres no
ayudan a los hijos con su autoridad amorosa a
crecer y prepararse para ser adultos, serán las
instituciones públicas las que se vean
obligadas a imponerles el principio de
realidad, no con afecto sino por la fuerza y de
este modo sólo se logran envejecidos niños
díscolos, no ciudadanos adultos libres.
Lo más desagradable del principio de realidad
es que tiene su origen en el miedo.
Comprendo que esta constatación despierte
repulsa, pero no hay más remedio que
asumirla si se quiere conseguir ese don
melancólico tardíamente elogiado por Lear, la
madurez, y con él la capacidad de educar a
otros. El miedo no es sino la primera reacción
que produce contemplar de frente el rostro de
nuestra finitud. El Eclesiastés asegura que el
temor es el principio de la sabiduría y con
razón, porque el saber humano comienza con
la certidumbre aterradora de la muerte y las
limitaciones
que
esta
frágil
condición
perecedera, nos impone: necesidad de
alimento, de cobijo, de apoyo social, de
comunicación y cariño, de templanza, de
cooperación. Del miedo a la muerte ( es decir,
de cualquier miedo, pues todos los miedos son
metáforas de nuestro miedo primordial)
provendrá el respeto por la realidad y en
especial el respeto por los semejantes,
colegas y cómplices de nuestra finitud. El
objetivo de la educación es aprender a
respetar por alegre interés vital lo que
comenzamos respetando por una u otra forma
de temor. Pero no podemos abolir el miedo
del comienzo del aprendizaje y es ese miedo
primero, controlado por la autoridad paternal,
el que nos vacunará para que no tengamos
más tarde que estrellamos contra terrores
frente a los que no estaremos preparados. O
partimos de un miedo infantil que nos ayude a
ir madurando o desembocaremos puerilizados
en un pánico mucho más destructivo, contra
el que quizá exijamos la protección de algún
superpadre tiránico en la cúspide de la
sociedad: nunca aprenderemos a librarnos del
miedo si nunca hemos temido y aprendido
después a razonar a partir de ese temor.
La mayoría de las formas de aprendizaje
implican un esfuerzo que sólo se afrontará en
sus fases iniciales si se cuenta con un
principio
de
realidad
suficientemente
asentado. Quizá sea Bruno Bettel- heim, un
psicoanalista que ha estudiado la importancia
del miedo en los cuentos de hadas infantiles
(y, contra ciertos prejuicios políticamente
correctos, subraya la importancia de las
fantasías terroríficas en la formación de la
personalidad), quien ha explicitado con menos
rodeos este requisito incómodo de la
formación básica: «Así, mientras que la
conciencia tiene su origen en el miedo, todo
aprendizaje que no proporcione un placer
inmediato depende de la previa formación de
la conciencia. Es verdad que un exceso de
miedo obstaculiza el aprendizaje, pero
durante mucho tiempo todo aprendizaje que
exija mucha aplicación no irá bien a menos
que sea motivado también por cierto miedo
controlable. Esto es así hasta que el interés
propio o egoísmo alcanza el nivel de
refinamiento preciso para constituir por sí solo
una motivación suficiente para impulsar desde
sí mismo las acciones de aprendizaje, aunque
resulten dificultosas. Raramente ocurre así
antes de que la adolescencia esté ya muy
avanzada, es decir, cuando la formación de la
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