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trabajo, y está apoyada por gestos, humores
compartidos, hábitos del corazón, chantajes
afectivos junto a la recompensa de caricias y
castigos distintos para cada cual, cortados a
nuestra medida ( o que configuran la medida
que nos va a ser ya siempre propia). En una
palabra, este aprendizaje resulta de la
identificación total con sus modelos o del
rechazo visceral, patológicamente herido de
los mismos (no olvidemos, ¡ay! que abundan
más los niños infelices que los felices), nunca
de su valoraci6n crítica y desapasionada. La
familia brinda un menú lectivo con mínima o
nula elección de platos pero con gran
condimento afectivo de los que se ofrecen. Por
eso lo que se aprende en la familia tiene una
indeleble fuerza persuasiva, que en los casos
favorables sirve para el acrisolamiento de
principios
moralmente
estimables
que
resistirán luego las tempestades de la vida,
pero en los desfavorables hace arraigar
prejuicios que más tarde serán casi imposibles
de extirpar. y claro está que la mayor parte
de las veces principios y prejuicios van
mezclados de tal modo que ni siquiera al
interesado, muchos años más tarde, le resulta
sencillo discernir los unos de los otros...
En cualquier caso, este protagonismo para
bien y para mal de la familia en la
socialización primaria de los individuos
atraviesa un indudable eclipse en la mayoría
de los países, lo que constituye un serio
problema para la escuela y los maestros. Así
se refiere a los efectos de esta mutación Juan
Carlos Tedesco: «Los docentes perciben este
fenómeno cotidianamente, y una de sus
quejas más recurrentes es que los niños
acceden a la escuela con un núcleo básico de
socialización insuficiente para encarar con
éxito la tarea de aprendizaje. Para decirlo muy
esquemáticamente,
cuando
la
familia
socializaba, la escuela podía ocuparse de
enseñar. Ahora que la familia no cubre
plenamente su papel socializador, la escuela
no sólo no puede efectuar su tarea específica
con la tarea del pasado, sino qué comienza a
ser objeto de nuevas demandas para: las
cuales
no
está
preparada.»
El
grito
provocador de André Gide -«¡familias, os
odio!»- que tanto eco tuvo en aquellos años
sesenta propensos a las comunas y el
vagabundeo parece haber sido sustituido hoy
por un suspiro discretamente murmurado:
«familias, os echamos de menos...». Cada vez
con mayor frecuencia, los padres y otros
familiares a cargo de los niños sienten
desánimo o desconcierto ante la tarea de
formar las pautas mínimas de su conciencia
social y las abandonan a los maestros,

mostrando luego tanta mayor irritación ante
los fallos de éstos cuanto que no dejan de
sentirse oscuramente culpables por la
obligación que rehuyen. Antes de ir más
adelante será cosa de señalar un poco como a
tientas algunas de las causas que concurren
en esta desgana de la familia ante sus
funciones específicas (hablo siempre de las
funciones educativas, que la familia puede
descuidar aun cumpliendo suficientemente
otras).
No me refiero a causas sociológicas, como la
incorporación de la mujer al mercado de
trabajo y su igualación en muchos planos con
los varones, la posibilidad de recurrir al
divorcio y la variabilidad que introduce en las
relaciones de pareja, la reducción del número
de miembros fijos en la familia por ser cada
vez más costosa o problemática la convivencia
doméstica
de
varias
generaciones
de
parientes, la «profesionalización» del servicio
de hogar que pasa de ser el nivel más humilde
de la escala familiar -pero familia al fin y al
cabo- a una prestación puntual que sólo
pueden permitirse de forma estable las elites
económicas, etc. La principal consecuencia de
estas transformaciones es que en los hogares
modernos de los países desarrollados cada
vez hay menos mujeres, ancianos y criados,
que antes eran los miembros de la familia que
más tiempo pasaban en casa junto a los
niños. Pero dejemos a la sociología de la
familia el estudio de esta evolución del núcleo
doméstico, sus implicaciones laborales y
urbanísticas,
etc.,
pues
no
faltan
precisamente análisis sobre tales temas que
sería incapaz de mejorar y que me parece
ocioso repetir.
Me atrevo en cambio a proponer otra vía de
acercamiento al asunto, sin duda ligada en
gran medida a lo anterior pero de corte más
psicológico o si se prefiere estrictamente
moral. Quiero referirme al fanatismo por lo
juvenil en los modelos contemporáneos de
comportamiento. Lo joven, la moda joven, la
despreocupación juvenil, el cuerpo ágil y
hermoso eternamente joven a costa de
cualesquiera sacrificios, dietas y remiendos, la
espontaneidad un poquito caprichosa, el
deporte,
la
capacidad
incansablemente
festiva,
la
alegre
camaradería
de
la
juventud...son los ideales de nuestra época.
De todas, quizá, pero es que en nuestra épo
ca no hay otros que les sirvan de alternativa
más o menos resignada. Cioran dice en
alguna parte que «quien no muere joven,
merece morir». El espíritu del tiempo asegura
hoy que quien no es joven ya está muerto. La

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