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obsesión terapéutica de nuestros Estados
(dictada en gran parte por una sanidad
pública siempre deseosa de ahorro) propone
los síntomas de pérdida de juventud como la
primera de las enfermedades, la más grave, la
más culpable de todas. No hay ya -o no hay
apenasideales
senior
en
nuestras
sociedades, salvo esos viejos monstruosos
pero envidiados, por los cuales, como suele
decirse, «no pasa el tiempo». Ser viejo y
parecerlo, ser un viejo que asume el tiempo
pasado, es algo casi obsceno que condena al
pánico de la soledad y del abandono. A los
viejos nadie les desea ya -ni erótica ni
laboralmente- y la primera norma de la
supervivencia social es mantenerse deseable.
Para que la vida siga gustando es preciso vivir
de gustar y, aunque sobre gustos se dice que
no hay nada escrito, no parece aventurado
escribir que a nadie le gustan demasiado los
viejos.
Pero viejo se es enseguida: cada vez antes,
ay! Aunque las arterias aún resistan la
esclerosis, se conserve la piel lozana y el paso
razonablemente elástico, otros síntomas
peligrosos denuncian la ancianidad. La
madurez, por ejemplo, esa aleación de
experiencia,
paciente
escepticismo,
moderación y sentido de la responsabilidad.
«La madurez lo es todo», dijo el pobre rey
Lear, aunque demasiado tarde. Por mucho
que de labios para afuera se le pueda dar la
razón públicamente, en el fondo la madurez
resulta
sospechosa
y
peligrosamente
antipática. Quienes por cronología deberían
aceptarla se apresuran a rechazarla con
esforzados ejercicios de inmadurez (junto a
los que llevan a cabo para librarse de las
canas, los «michelines» y el colesterol)
recordando quizá que en su juventud se les
enseñó a desconfiar de todos los mayores de
treinta anos como tiranos en potencia.
De ahí que la experiencia, ese aprendizaje por
la vía del placer y del dolor, esté en franco
desprestigio. El senior que se niega a serlo
presenta frente a ella dos modalidades de
repugnancia: o bien se enorgullece de su
invulnerable continuidad ( «yo sigo pensando
lo mismo que a los diecisiete años», como si
el primero de los índices del pensamiento no
fuese cambiar de forma de pensar), o bien
sufre una metanoia absoluta de fidelidades e
ideales que descarta por completo los del
pasado
como
una
enfermedad
sin
consecuencias: todo menos aceptar que a lo
largo de los años no ha habido más remedio
que aprender algo. Los revolucionarios más
proclives a la retórica mística llevan largo

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tiempo reclamando el «hombre nuevo» que
regenerará el orden del mundo y por eso
idealizan la «generosa pureza» de los jóvenes,
es decir, su falta de experiencia vital que se
transforma
fácilmente
en
radicalismo
manipulable. En el terreno laboral, tampoco la
experiencia tiene demasiado buena prensa,
pues se prefiere el joven virgen de toda
malicia y condicionamiento previo que por no
tener aprendida ninguna maña anterior se
hace tanto más rápidamente con el manejo de
los novísimos aparatos que cada mes salen al
mercado... amén de ser menos ducho en
reivindicar derechos sindicales. El héroe de
nuestro tiempo ya no es el protagonista de
Lermontov sino Bill Gates o Macaulay Culkin,
los adolescentes prodigiosos que ni siquiera
han
necesitado
crecer
para
hacerse
multimillonarios...
Sin embargo, para que una familia funcione
educativamente es imprescindible que alguien
en ella se resigne a ser adulto. y me temo que
este papel no puede decidirse por sorteo ni
por una votación asamblearia. El padre que no
quiere figurar sino como «el mejor amigo de
sus hijos», algo parecido a un amigado
compañero de juegos, sirve para poco; y la
madre, cuya única vanidad profesional es que
la tomen por hermana ligeramente mayor de
su hija, tampoco vale mucho más. Sin duda
son actitudes psicológicamente comprensibles
y la familia se hace con ellas más informal
menos directamente frustrante, más simpática
y confalible: pero en cambio la formación de
la conciencia moral y social de los hijos no
sale demasiado bien parada. y desde luego las
instituciones públicas de la comunidad sufren
una peligrosa sobrecarga. Cuanto menos
padres
quieren
ser
los
padres,
más
paternalista se exige que sea el Estado: Hace
unos meses los medios de comunicación
españoles se ocuparon de esas discotecas que
abren noche y día ininterrumpidamente,
permitiendo a los adolescentes fines de
semana de tres días sin salir de ellas, viajando
de unas a otras en un estado de sobriedad
cada vez más deteriorado que se salda con
frecuentes accidentes mortales de carretera,
pérdida de concentración en los estudios, etc.
Los padres, reconociendo que ellos no podían
ser guardianes de sus hijos, exigían de papá
Estado que cerrase esos establecimientos
tentadores
o
al
menos
controlara
policialmente con mayor rigor a quienes
utilizan vehículos de motor para ir de unos a
otros. No sé si estas medidas de vigilancia
serán oportunas, pero sorprende en todo caso
la facilidad con que esos progenitores daban