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acarrearles la criatura. De modo que la
educación es siempre en cierto sentido
conservadora, por la sencilla razón de que es
una
consecuencia
del
instinto
de
conservación, tanto colectivo como individual.
Con su habitual coraje intelectual, Hannah
Arendt lo ha formulado sin rodeos: «Me
parece que el conservadurismo, tomado en el
sentido de conservación, es la esencia misma
de la educación, que siempre tiene como
tarea envolver y proteger algo, sea el niño
contra el mundo, el mundo contra el niño, lo
nuevo contra lo antiguo o lo antiguo contra lo
nuevo. A este respecto, tan intrínsecamente
conservadora resulta ser la educación oficial,
que predica el respeto a las autoridades, como
la privada y marginal del terrorista, que
enseña a sus retoños a poner bombas: en
ambos casos se intenta perpetuar "un ideal.
En una palabra, la educación es ante todo
transmisión de algo y sólo se transmite
aquello que quien ha de transmitirlo considera
digno de ser conservado.
Y sin embargo su pedestal conservador no
agota el sentido ni el alcance de la educación.
¿Por qué? En primer lugar, porque los
aprendizajes humanos nunca están limitados
por lo meramente fáctico (datos, ritos, leyes,
destrezas...) sino que siempre se ven
desbordados por lo que podríamos llamar el
entusiasmo simbólico. Al transmitir algo
aparentemente preciso inoculamos también
en los neófitos el temblor impreciso que lo
enfatiza y lo amplía: no sólo cómo
entendemos que es lo que es, sino también lo
que creemos que significa y, aún más allá, lo
que quisiéramos que significase. En lo que
parece constituir una notable adivinanza
metafísica, Hegel dejó dicho que «el hombre
no es lo que es y es lo que no es » Se refería
a que el deseo y el proyecto constituyen el
dinamismo de nuestra identidad, que nunca
se limita a la asimilación de una forma cerrada
y dada de una vez por todas. Pues bien,
podríamos parafrasear el dictamen hegeliano
para referirlo a la enseñanza, cuyo contenido
nunca es idéntico a lo que quiere conservarse
sino que acoge también lo no realizado, lo aún
inefectivo, el lamento y la esperanza de lo que
parece descartado. La educación puede ser
planeada para sosegar a los padres, pero en
realidad siempre los cancela y los rebasa. Al
entregar el mundo tal como pensamos que es
a la generación futura les hacemos también
partícipes de sus posibilidades, anheladas o
temidas, que no se han cumplido todavía.
Educamos para satisfacer una demanda que
responde a un estereotipo -Social, personalpero en ese proceso de formación creamos
una insatisfacción que nunca se conforma del
todo constatación estimulante, aunque desde
el punto de vista conservador ello constituya
un cierto escándalo.
Pero es que, en segundo lugar, la sociedad
nunca es un todo fijo, acabado, en equilibrio
mortal. En ningún caso deja de incluir
tendencias diversas que también forman parte
de
la
tradición
que
los
aprendizajes
comunican. Por más oficialista que sea la
pretensión pedagógica, siempre resulta cierto
lo
que
apunta
Hubert
Hannoun
en
Comprendre l'éducation: «la escuela no
transmite
exclusivamente
la
cultura
dominante, sino más bien el conjunto de
culturas en conflicto en el grupo del que
nace».
El mensaje de la educación siempre abarca,
aunque sea como anatema, su reverso o al
menos algunas de sus alternativas. Esto es
particularmente evidente en la modernidad,
cuando la complejidad de saberes y quereres
sociales tiende a convertir los centros de
estudio en ámbitos de contestación social a lo
vigente, si bien eso es algo que de un modo u
otro ha ocurrido siempre. Pedagogos como
Rousseau, Max Stirner, Marx, Bakunin o John
Dewey han marcado líneas de disidencia
colectiva a veces tan espectaculares como las
que confluyeron en el año 68 de nuestro siglo,
pero la historia de la educación conoce
nombres revolucionarios muy anteriores:
empezando por Sócrates o Platón y siguiendo
por Abelardo, Erasmo, Luis Vives, Tomás
Moro, Rabelais, etc. Los grandes creadores de
directrices educativas no se han limitado a
confirmar
la
autocomplacencia
de
lo
establecido ni tampoco han pretendido
aniquilarlo sin comprenderlo ni vincularse a
ello: su labor ha sido fomentar una
insatisfacción creadora que utilizase aquellos
elementos postergados y sin embargo
también activos en un contexto cultural dado.
Quien pretende educar se convierte en cierto
modo en responsable del mundo ante el
neófito, como muy bien ha señalado Hannah
Arendt: si le repugna esta responsabilidad,
más vale que se dedique a otra cosa y que no
estorbe. Hacerse responsable del mundo no es
aprobarlo tal como es, sino asumirlo
conscientemente porque es y porque sólo a
partir de lo que es puede ser enmendado.
Para que haya futuro, alguien debe aceptar la
tarea de reconocer el pasado como propio y
ofrecerlo a quienes vienen tras de nosotros.
Desde luego, esa transmisión no ha de excluir
la duda crítica sobre determinados contenidos
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