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posterior: una vez que se aprende a leer,
contar o lavarse los dientes, se puede ya leer,
contar o lavarse los dientes del todo.
Las capacidades «abiertas», en cambio, son
de dominio gradual y en cierto modo infinito.
Algunas son elementales y universales, como
hablar o razonar, y otras sin duda optativas,
como escribir poesía, pintar o componer
música. En los comienzos de su aprendizaje,
las capacidades abiertas se apoyan también
sobre «trucos», como las cerradas, y
ocasionalmente
incluso
parten
de
competencias cerradas (v. gr.: antes de
escribir poesía, hay que saber leer y escribir).
Pero su característica es que nunca pueden
ser dominadas de forma perfecta, que su
pleno dominio jamás se alcanza, que cada
individuo desarrolla interminablemente su
conocimiento de ellas sin que nunca pueda
decirse que ya no puede ir de modo relevante
más allá. Otra diferencia: el ejercicio repetido
y rutinario de las capacidades cerradas las
hace más fáciles, más seguras, disuelve o
resuelve los. problemas que al comienzo
planteaban al neófito; en cambio, cuanto más
se avanza en las capacidades abiertas más
opciones divergentes se ofrecen y surgen
problemas de mayor alcance. Una vez
dominadas, las capacidades cerradas pierden
interés en sí mismas aunque siguen
conservando toda su validez instrumental; por
el contrario, las capacidades abiertas se van
haciendo más sugestivas aunque también más
inciertas a medida que se progresa en su
estudio.
El
éxito
del
aprendizaje
de
capacidades cerradas es ejercerlas olvidando
que las sabemos; en las capacidades abiertas,
implica ser cada vez más conscientes de lo
que aún nos queda por saber.
Pues bien, sin duda la propia habilidad de
aprender es una muy distinguida capacidad
abierta, la más necesaria y humana quizá de
todas ellas, y cualquier plan de enseñanza
bien diseñado ha de considerar prioritario este
saber que nunca acaba y que posibilita todos
los demás, cerrados o abiertos, sean los
inmediatamente útiles a corto plazo o sean los
buscadores de una excelencia que nunca se
da por satisfecha. La capacidad de aprender
está hecha, de muchas preguntas y de
algunas respuestas; de búsquedas personales
y
no
de
hallazgos
institucionalmente
decretados; de crítica y puesta en cuestión en
lugar de obediencia satisfecha con lo
comúnmente establecido. En una palabra, de
actividad permanente del alumno y nunca de
aceptación pasiva de los conocimientos ya
deglutidos por el maestro que éste deposita
en la cabeza obsecuente. De modo que, como
ya tantas veces se ha dicho, lo importante es
enseñar a aprender. Según el conocido
dictamen de Jaime Balmes, el arte de enseñar
a aprender consiste en formar fábricas y no
almacenes. Por supuesto, dichas fábricas
funcionarán en el vacío si no cuentan con
provisiones almacenadas a partir de las cuales
elaborar nuevos productos, pero son algo más
que una perfecta colección de conocimientos
ajenos. El cruel Ambrose Bierce, en su
Diccionario del diablo, definió la erudición
como «el polvo que cae de las estanterías en
los cerebros vacíos».Es una boutade injusta
porque cierta erudición es imprescindible para
despertar y alimentar la capacidad cerebral,
pero acierta como dicterio contra la tentación
escolar de convertir la enseñanza en mera
memorización de datos, autoridades y gestos
rutinarios de reverencia intelectual ante lo
respetado.
Volvamos
a
la
primariamente
estéril
contraposición entre educación e instrucción.
Bien entendidas, la primera equivaldría al
conjunto de las actividades abiertas -entre las
cuales la ética y el sentido crítico de
cooperación social no son las menos
distinguidas- y la segunda se centraría en las
capacidades
cerradas,
básicas
e
imprescindibles pero no suficientes. Los
espíritus
poseídos
por
una
lógica
estrictamente utilitaria (que suele resultar la
más inútil de todas) suelen suponer que hoy
sólo la segunda cuenta para asegurarse una
posición rentable en la sociedad, mientras que
la
primera
corresponde
a
ociosas
preocupaciones ideológicas, muy bonitas pero
que no sirven para nada. Es rotundamente
falso y precisamente ahora más falso que
nunca, cuando la flexibilización de las
actividades laborales y lo constantemente
innovador de las técnicas exige una educación
abierta tanto o más que una instrucción
especializada para lograr un
acomodo
ventajoso en el mundo de la producción.
Coinciden en tal apreciación los principales
expertos
en
pedagogía
que
venimos
consultando. Según opinión de Juan Del Val
«una persona capaz de; pensar, de tomar
decisiones, de buscar la información relevante
que necesita, de relacionarse positivamente
con los demás y cooperar con ellos, es mucho
más polivalente y tiene más posibilidades de
adaptación que el que sólo pose una
formación específica». y aún con mayor
énfasis en la sociología actual remacha este
punto de vista Juan Carlos Tedesco: «La
capacidad de abstracción, la creatividad, la
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