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niños
una
serie
de
conocimientos
instrumentales, como la lectura, la escritura y
la aritmética. El pedagogo era un educador y
su tarea se consideraba de primordial interés,
mientras que el maestro era un simple
instructor y su papel estaba valorado como
secundario. y es que los griegos distinguían la
vida activa, que era la que llevaban los
ciudadanos libres en la polis cuando se
dedicaban a la legislación y al debate político,
de la vida productiva, propia de labriegos,
artesanos y otros siervos: la educación
brindada por el pedagogo era imprescindible
para destacar en la primera, mientras que las
instrucciones del maestro se orientaban más
bien a facilitar o dirigir la segunda.
En líneas generales la educación, orientada a
la formación del alma y el cultivo respetuoso
de los valores morales y patrióticos, siempre
ha sido considerada de más alto rango que la
instrucción, que da a conocer destrezas
técnicas o teorías científicas. y esto ha sido
así' incluso en épocas menos caballerescas
que la griega clásica, cuando ya las
actividades laborales no eran vistas con
displicencia o altanería. Sin embargo, hasta
finales del siglo XVIII la instrucción técnicocientífica no alcanzó una consideración
comparable en la enseñanza a la educación
cívico-moral. En su gran Enciclopedia, Diderot
no retrocede ante el estudio de artesanías
antes tan desdeñadas como la albañilería o las
artes culinarias; y todos los ilustrados de
aquella época valoraban el espíritu de
geometría como el talento intelectual más
agudo, más razonable y más independiente de
prejuicios. A partir de entonces se empieza a
considerar que los conocimientos que brinda
la instrucción son imprescindibles para fundar
una educación igualitaria y tolerante, capaz de
progresar críticamente más allá de los tópicos
edificantes aportados por la tradición religiosa
o localista. Más tarde, la proporción de estima
se invierte y los conocimientos técnicos,
cuanto más especializados y listos para un
rendimiento laboral inmediato mejor, han
llegado a ser tasados por encima de una
formación cívica y ética sujeta a incansables
controversias. El modelo científico del saber
es más bien unitario, mientras que las
propuestas morales y políticas se enfrentan
con multiplicidad cacofónica: por lo tanto,
algunos llegan a recomendar que la
enseñanza institucional se atenga a lo seguro
y práctico -lo que tiene una aplicabilidad
laboral directa-, dejando a las familias y otras
instancias ideológicas el encargo de las formas
de socialización más controvertidas. En el

18

próximo
capítulo
volveremos
más
extensamente sobre tales planteamientos…
Esta
contraposición
educación
versus
instrucción resulta hoy ya notablemente
obsoleta y muy engañosa. Nadie se atreverá a
sostener seriamente que la autonomía cívica y
ética de un ciudadano puede fraguarse en la
ignorancia de todo aquello necesario para
valerse por sí mismo profesionalmente; y la
mejor preparación técnica, carente del básico
desarrollo de las capacidades morales o de
una mínima disposición de independencia
política, nunca potenciará personas hechas y
derechas sino simples robots asalariados. Pero
sucede además que separar la educación de la
instrucción no sólo resulta indeseable sino
también imposible, porque no se puede
educar sin instruir ni viceversa. ¿Cómo van a
transmitirse valores morales o ciudadanos sin
recurrir a informaciones históricas, sin dar
cuenta de las leyes vigentes y del sistema de
gobierno establecido, sin hablar de otras
culturas y países, sin hacer reflexiones tan
elementales como se quieran sobre la
psicología y la fisiología humanas o sin
emplear algunas nociones de información
filosófica? ¿y cómo puede instruirse a alguien
en conocimientos científicos sin inculcarle
respeto por valores tan humanos como la
verdad, la exactitud o la curiosidad? ¿Puede
alguien aprender las técnicas o las artes sin
formarse a la vez en lo que la convivencia
social supone y en lo que los hombres anhelan
o temen?
Dejemos de lado por el momento la dicotomía
falsa entre educación e instrucción. Puede
haber otras intelectualmente más sugestivas,
como. Por ejemplo la que John Passmore
establece entre capacidades abiertas y
cerradas. La enseñanza nos adiestra en
ciertas capacidades que podemos denominar
«cerradas», algunas estrictamente funcionales
-como andar, vestirse o lavarse- y otras más
sofisticadas, como leer, escribir, realizar
cálculos
matemáticos
o
manejar
un
ordenador.
Lo
característico
de
estas
habilidades sumamente útiles y en muchos
casos imprescindibles para la vida diaria es
que pueden llegar a dominarse por completo
de modo perfecto. Habrá quien se dé más
maña en llevarlas a cabo o sea más rápido en
su ejecución, pero una vez que se ha
aprendido su secreto, que se les ha cogido el
truco, ya no se puede ir de modo significativo
más allá. Cuando alguien llega a saber
ponerlas en práctica, conoce cuanto hay que
saber respecto ellas y no cabe más progreso o
virtuosismo Importante en su ejercicio