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primitivos
carecieron
de
instituciones
educativas
específicas:
los
más
experimentados enseñaban a los inexpertos,
sin constituir para ello un gremio de
especialistas en la docencia, y todavía muchas
enseñanzas se transmiten así en nuestros
días,
aun
en
las
sociedades
más
desarrolladas: por ejemplo en el seno de la
familia, de padres a hijos. Así aprendemos el
lenguaje, el más primordial de todos los
saberes y la llave para cualquier otro. Pero
aquellas sociedades primitivas sólo poseían
unos conocimientos empíricos limitados y una
forma de vida prácticamente única para todos
los hombres y todas las mujeres; en cuanto a
los padres, pueden enseñar a los hijos su
propio oficio o su propia manera de preparar
las confituras, pero no otras profesiones, otras
especialidades gastronómicas y sobre todo
ciencias de alta complejidad. y es que el
hecho de que cualquiera sea capaz de enseñar
algo (incluso que inevitablemente enseñe algo
a alguien en su vida) no quiere decir que
cualquiera sea capaz de enseñar cualquier
cosa. La institución educativa aparece cuando
lo que ha de enseñarse es un saber científico,
no meramente empírico y tradicional, como
las matemáticas superiores, la astronomía o la
gramática. Según las comunidades van
evolucionando
culturalmente,
los
conocimientos
se
van
haciendo
más
abstractos y complejos, por lo que es difícil o
imposible que cualquier miembro del grupo los
posea de modo suficiente para enseñarlos.
Simultáneamente aumenta el número de
opciones profesionales especializadas que no
pueden ser aprendidas en el hogar familiar.
De ahí que aparezcan instituciones docentes
específicas que nunca podrán monopolizar la
función educativa -aunque a veces la vanidad
profesional de sus ejercientes así lo pretendasino que conviven con las otras formas menos
formalizadas y más difusas de aprendizaje
social, tan imprescindible como ellas. No todo
puede aprenderse en casa o en la calle, como
creen algunos espontaneístas despistados que
sueñan con simplicidades neolíticas, pero
tampoco Oxford o Salamanca tienen unos
efectos mágicos radicalmente distintos a los
de la niña que enseña a otra en el parque a
saltar a la comba.
Bien, se enseña en todas partes y por parte
de todos, a veces de modo espontáneo y otras
con mayor formalidad, pero ¿qué es lo que
puede enseñarse y debe aprenderse? Antes
dijimos que la enseñanza nos revela por
principio nuestra filiación simbólica con otros
semejantes sin los que nuestra humanidad no
llega a realizarse plenamente y la condición

temporal en la que debemos vivir, como parte
de una tradición cognoscitiva que no empieza
con cada uno de nosotros y que ha de
sobrevivirnos. Sin embargo, ahora parece
llegado el momento de intentar detallar algo
más. Ya señalamos que toda educación
humana es deliberada y coactiva, no mera
mímesis: parece indicado por tanto precisar y
sopesar los objetivos concretos que tal
educación ha de proponerse.
Si afrontamos esta tarea con esa amplitud
insaciable que es propia del pensamiento
filosófico, el empeño resulta abrumador.
Como dice con razón Juan Delval, «una
reflexión sobre los fines de la educación es
una reflexión sobre el destino del hombre,
sobre el puesto que ocupa en la naturaleza,
sobre
las
relaciones
entre
los
seres
humanos». Me apresuro a reconocer mi
ineptitud y desgana para tratar aquí
suficientemente
tales
cuestiones,
salvo
tangencialmente. Por otra parte, sería una
presunción inaguantable intentar resolverlas
de un plumazo desde una perspectiva
egotista. Nuestras sociedades actuales son
axiológicamente muy complejas y están en
muchos
aspectos
desconcertadas,
pero
comparten también principios que a veces su
propia aceptación implícita hace pasar por
alto. Quizá podamos dar ciertas cosas por
supuestas a estas alturas históricas de la
modernidad, aunque no sea más que para
seguir
explorando
a
partir
de
ellas.
Recordando siempre, desde luego, que la
pregunta que pone incluso lo mejor asentado
en entredicho también forma parte irrevocable
de nuestra herencia cultural.
Como nunca resulta infructuoso en estos
casos que nos comprometen con lo esencial,
volvamos a los griegos. Aunque a lo largo de
su historia se dieron distintos modos de
paideia (ideal educativo griego), según las
ciudades-Estado o polis y las épocas, se les
puede atribuir en el momento tardío del
helenismo la inauguración de una distinción
binaria de funciones que en cierto modo colea
todavía entre nosotros: la que separa la
educación propiamente dicha por un lado y la
instrucción por otro. Cada una de las dos era
ejercida por una figura docente específica, la
del pedagogo y la del maestro. El pedagogo
era un fámulo que pertenecía al ámbito
interno "del hogar y que convivía con los niños
o adolescentes, instruyéndoles en los valores
de la ciudad, formando su carácter y velando
por el desarrollo de su integridad moral. En
cambio el maestro era un colaborador externo
a la familia y se encargaba de enseñar a los

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