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CAPITULO 2
LOS CONTENIDOS DE LA ENSEÑANZA
Fernando Savater
Como hemos visto, el aprendizaje a través de
la comunicación con los semejantes y de la
transmisión deliberada de pautas, técnicas,
valores y re cuerdos es proceso necesario
para llegar a adquirir la plena estatura
humana. Para ser hombre no basta con nacer,
sino que hay también que a prender. La
genética nos predispone a llegar a ser
humanos pero sólo por medio de la educación
y
la
convivencia
social
conseguimos
efectivamente serlo. Ni siquiera en todos los
animales basta con la mera herencia biológica
para conseguir un ejemplar cuajado de la
especie (algunos mamíferos superiores y
ciertos insectos sociales se transmiten unos a
otros conocimientos por la vía de la imitación,
cuyas
diferencias
con
la
enseñanza
propiamente dicha hemos señalado en el
capítulo anterior), pero en el caso del género
humano ese proceso formativo no hereditario
es totalmente necesario. Quizá no resulte
inevitable
contraponer
abruptamente
el
programa genético al aprendizaje social, lo
que heredamos por la biología y lo que nos
transmiten nuestros semejantes: algunos
etólogos como Eibl - Eibesfeldt aseguran que
estamos genéticamente programa dos para
adquirir
destrezas
que
sólo
pueden
enseñarnos los demás, lo que establecería una
complementariedad intrínseca entre herencia
biológica y herencia cultural.
Lo primero que la educación transmite a cada
uno de los seres pensantes es que no somos
únicos, que nuestra condición implica el
intercambio significativo con otros parientes
simbólicos que confirman y posibilitan nuestra
condición. Lo segundo, ciertamente no menos
relevante, es que no somos los iniciadores de
nuestro linaje, que a parecemos en un mundo
donde ya está vigente la huella humana de
mil modos y existe una tradición de técnicas,
mitos y ritos de la que vamos a formar parte y
en la que vamos también a formarnos. Para el
ser
humano,
éstos
son
los
dos
descubrimientos originarios que le abren a su
vida propia: la sociedad y el tiempo. En el
medio social sus capacidades y aptitudes
biológicas cuajarán en humanidad efectiva,
que sólo puede venirnos de los semejantes;
pero también aprenderá que esos semejantes
no están todos de hecho presentes, que
muchos ya murieron y que sin embargo sus
descubrimientos o sus luchas siguen contando
para él como lecciones vitales, lo mismo que
otros aún no han nacido aunque ya le
corresponde a él tenerlos en cuenta para
mantener o renovar el orden de las cosas.
El
tiempo
es
nuestro
invento
más
característico, más determinante y también
más intimidatorio: que todos los modelos
simbólicos según los cuales organizan su vida
los hombres en cualquier cultura sean
indefectiblemente temporales, que no haya
comunidad que no sepa del pasado y que no
se proyecte hacia el futuro es quizá el rasgo
menos animalesco que hay en nosotros. Un
filósofo español exiliado en México, José Gaos,
escribió un libro titulado Dos exclusivas del
hombre: la mano y el tiempo. La función de la
mano, pese a toda su capacidad técnica
liberada por el abandono de la marcha
cuadrúpeda, me parece menos relevante que
la del tiempo. La panorámica temporal es el
contrapeso de nuestra conciencia de la muerte
inexorable, que nos aísla aterradoramente
entre todos los seres vivos. Los animales no
necesitan el tiempo, porque no saben que van
a morir; nosotros a través del tiempo
ampliamos los márgenes de una existencia
que conocemos efímera y precedemos nuestro
presente de mitos que lo hipotecan o
enfatizan y de un más allá terreno o
ultraterreno, tanto da- que nos consuela.
Por vía de la educación no nacemos al mundo
sino al tiempo: nos vemos cargados de
símbolos y famas pretéritas, de amenazas y
esperanzas venideras siempre populosas,
entre las que se escurrirá apenas el agobiado
presente personal. Es tentador pero inexacto
decir que los objetos inanimados o los
animales permanecen en un eterno presente.
Quien no tiene tiempo tampoco puede tener
presente. Por eso algunos adversarios del
tiempo,
que
han
intentado
zafarse
retóricamente de él –de otro modo es
imposible- considerándolo no la compensación
sino la cifra misma de la muerte, rechazan
también la obligación del presente:
¿Qué es el presente?
Es algo relativo al pasado y al futuro.
Es una cosa que existe en virtud de que
existen otras cosas.
Yo quiero sólo la realidad, las cosas
sin presente.
No quiero incluir el tiempo en mi haber
No quiero pensar en las cosas como
presentes;
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