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quiero pensar en ellas como cosas.
no quiero separarlas de sí mismas,
tratándolas
de presentes.
(FERNANDO PESSOA, «Alberto Caeiro» )
Sin embargo, pese a estas rebeliones
poéticas, el tiempo es nuestro campo de
juego. Como establece un estudioso de temas
educativos, Juan Del Val, «el manejo del
tiempo es la fuente de nuestra grandeza y el
origen de nuestras miserias, y es un
componente esencial de nuestros modelos
mentales».
La
enseñanza
está
ligada
intrínsecamente al tiempo, como transfusión
deliberada y socialmente necesaria de una
memoria colectivamente elaborada, de una
imaginación creadora compartida. No hay
aprendizaje que no implique conciencia
temporal y que no responda directa o
indirectamente a ella, aunque los perfiles
culturales de esa conciencia -cíclica, lineal,
trascendente o inmanente, de máximo o
mínimo
alcance
cronológico...sean
enormemente variados.
Y el tiempo también confiere la calificación
más necesaria a los educadores, como
señalamos en el capítulo anterior: lo primero
para educar a otros es haber vivido antes que
ellos, es decir, no el simple haber vivido en
general -es posible y frecuente que un joven
enseñe cosas a alguien de mayor edad-, sino
haber vivido antes el conocimiento que desea
transmitirse. Por lo común los adultos y los
viejos poseen este requisito frente a los muy
pequeños, sobre todo en las sociedades más
apoyadas en la memoria oral que en la
escritura, pero la sabiduría tiene su propia
forma de temporalidad y la experiencia crea
un pasado de descubrimientos que siempre
podemos transmitir a quien no lo comparte,
aunque sea alguien en la cronología biológica
anterior a nosotros. De aquí que todos los
hombres seamos capaces de enseñar algo a
nuestros semejantes e incluso que sea
inevitable que antes o después, aunque de
mínimo rango, todos hayamos sido maestros
en alguna ocasión.
La función de la enseñanza está tan
esencialmente enraizada en la condición
humana que resulta obligado admitir que
cualquiera puede enseñar, lo cual por cierto
suele sulfurar a los pedantes de la pedagogía
que se con-5ideran al oírlo destituidos en la
especialidad docente que creen monopolizar.
Los niños, por ejemplo, son los mejores
maestros de otros niños: en cosas nada
triviales; como el aprendizaje de diversos

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juegos.
¿Hay
algo
más
patéticamente
superfluo que los esfuerzos dé algunos adultos
por enseñar a los niños a jugar las canicas, al
escondite o con soldaditos como si los
compañeros de juegos no les bastaran para
esos menesteres docentes? Los mayores se
empeñan en lograr que jueguen como ellos
jugaban, mientras que los niños más
espabilados muestran a los otros cómo van a
jugar ellos de ahora en adelante, conservando
pero también sutilmente alterando la tradición
cultural del juego.
Se enseñan los niños entre sí, los jóvenes
adiestran en la actualidad a sus padres en el
uso de sofisticados aparatos, los ancianos
inician a sus menores en el secreto de
artesanías que la prisa moderna va olvidando
pero también aprenden a su vez de sus nietos
hábitos y destrezas insospechadas que
pueden hacer más cómodas sus vidas. En el
terreno erótico, el experimentado magisterio
de la mujer madura ha sido decisivo en
nuestra cultura -sobre todo en los siglos XVIII
y XIX- para la formación amatoria de los
jóvenes varones; a este respecto, las mujeres
casi
siempre
fueron
generosamente
pedagógicas en su disposición a corregir la
torpeza técnica e inmadurez sentimental de
los neófitos, mientras que en similares
circunstancias los hombres se aprovechan de
tales deficiencias y a veces las perpetúan para
consolidar su placer o su dominio. Aún hay
mucho más: podemos hablar de la educación
indirecta
que
nos
llega
a
todos
permanentemente, jóvenes y mayores, a
través de las obras y los ejemplos con que
influyen en nuestra cotidianidad urbanistas,
arquitectos, artistas, economistas, políticos,
periodistas y creadores audiovisuales, etc. La
condición humana nos da a todos la
posibilidad de ser al menos en alguna ocasión
maestros de algo para alguien. De mi paso
nada glorioso (ni gozoso) por el servicio
militar guardo una lección provechosa: el
capitán me enseñó cómo se cumplimenta un
cheque bancario, minúscula tarea que nunca
hasta entonces había realiza- do. Si incluso en
el servicio militar puede uno aprender algo
útil, ello prueba más allá de toda duda que
nadie puede librarse de instruir ni de ser
instruido,
sean
cuales
fueren
las
circunstancias...
Siendo así las cosas y el mutuo aprendizaje
algo generalizado y obligatorio en toda
comunidad humana, parecería a primera vista
innecesario que se instituya la enseñanza
como dedicación profesional de unos cuantos.
En efecto, gran parte de los grupos humanos