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“ L A RE L I G I Ó N ES
L A Q U E J A DE L A
CRI A T U R A EN P EN A ”
La crítica de la religión es el presupuesto de toda crítica. (…)
El fundamento de la crítica irreligiosa es: el hombre hace la religión, la religión no hace al hombre. (…) Pero el hombre no es un ser abstracto, agazapado fuera del mundo. El hombre es su propio mundo, Estado, sociedad; Estado
y sociedad, que producen la religión, como conciencia tergiversada del mundo,
porque ellos son un mundo al revés. La religión es la teoría universal de este mundo, su compendio enciclopédico, su lógica popularizada, su pundonor espiritualista,
su entusiasmo, su sanción moral, su complemento de solemnidad, la razón general que
la consuela y justifica. Es la realización fantástica del ser humano, puesto que el ser humano carece de verdadera realidad. Por tanto, la lucha contra la religión es indirectamente
una lucha contra ese mundo al que le da su aroma espiritual.
La miseria religiosa es a un tiempo expresión de la miseria real y protesta contra la miseria real.
La religión es la queja de la criatura en pena, el sentimiento de un mundo sin corazón y el espíritu
de un estado de cosas embrutecido. Es el opio del pueblo.
La superación de la religión como felicidad ilusoria del pueblo es la exigencia de que éste sea realmente feliz. La exigencia de que el pueblo se deje de ilusiones es la exigencia de que abandone un
estado de cosas que las necesita. La crítica de la religión es ya, por tanto, implícitamente la crítica del
valle de lágrimas, santificado por la religión.
La crítica le ha quitado a la cadena sus imaginarias flores, no para que el hombre la lleve sin fantasía
ni consuelo, sino para que arroje la cadena y tome la verdadera flor. La crítica de la religión desengaña
al hombre, para que piense, actúe, dé forma a su realidad como un hombre desengañado, que entra
en razón; para que gire en torno de sí mismo y por tanto en torno a su sol real. La religión no es más
que el sol ilusorio, pues se mueve alrededor del hombre hasta que éste se empiece a mover alrededor
de sí mismo.
Es decir que, tras la superación del más allá de la verdad, la tarea de la historia es establecer la verdad
del más acá. Es a una filosofía al servicio de la historia a quien corresponde en primera línea la tarea
de desenmascarar la enajenación de sí mismo en sus formas profanas, después que ha sido desenmascarada la figura santificada de la enajenación del hombre por sí mismo. La crítica del cielo se
transforma así en crítica de la tierra, la crítica de la religión en crítica del Derecho, la crítica de
la teología en crítica de la política. (...)
La crítica se ocupa de este contenido luchando con él cuerpo a cuerpo, y en el cuerpo a
cuerpo no se trata de si el adversario es noble, si está a mi altura o es interesante. De lo que
se trata es de darle. (...) La opresión real hay que hacerla aún más pesada, añadiéndole la
conciencia de esa opresión; la ignominia más ignominiosa, publicándola. (...)
Cierto, el arma de la crítica no puede sustituir la crítica por las armas; la violencia
material no puede ser derrocada sino con violencia material. Pero también la
teoría se convierte en violencia material una vez que prende en las masas. La
teoría es capaz de prender en las masas, en cuanto demuestra ad hominem,
y demuestra ad hominem en cuanto se radicaliza. Ser radical es tomar la
cosa de raíz. Y para el hombre la raíz es el hombre mismo. (...)
No basta con que el pensamiento apremie su realización; la realidad misma tiene que requerir el pensamiento.
Karl Marx, “Crítica de la filosofía del derecho de Hegel”