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©Campos Fonseca, Susan. “Diálogos en Ainulindalë: sobre el problema de pensar la música y la música como pensar".
En: Revista Humanitas, Vol. 3, 2008, Pontificia Universidad Javeriana, Cali-Colombia, 2008, pp.175-195.
con el “logía”, es decir, a lo accesible a través de un Logos entendido como posibilidad
de un conocimiento lógico-matemático, cuyo fundamento es lo que no existe por sí
mismo en la realidad, ni está tampoco en los objetos mismos, sino que es producto de una
abstracción reflexiva del sujeto pensante, propone, un “Teos” como esencia
predeterminada especulativamente, como posibilidad de encontrar una clave que nos
revele los secretos de la vida y el universo, de nuestra cosmogonía.
El filósofo español Arturo Leyte lo resumen explicando que “...así como la noción
de “idea” no es intercambiable con la de “ontología” (pues otras muchas nociones pueden
definir una ontología), la noción de “Dios” no lo es con la de “teología”, porque la
teología no habla en realidad de Dios, sino del fundamento que unifica todo, o de una
noción de ser en cuanto tal en lo que se refiere al todo del ser. (…) la ontología... aporta
la noción de ser en general (esencia), y desde la teología... aporta la noción del todo del
ser (existencia).”9 Leyte dibuja de este modo el problema del pensamiento occidental
proveniente de una tradición que se entiende a sí misma como representación del mundo
(Schopenhauer), representación basada en el lenguaje, sus límites, conceptos y metáforas,
desde el cual la onto-teo-logía resulta en una vía para acercarnos a los “abismos del
tiempo y las estrellas innumerables”, abismos donde vive y crece el Ainulindalë.
Justamente el Ainulindalë asume esta contradicción, implica insertar a la Música
dentro de un modelo ontoteológico, es decir, como metafísica y cosmogénesis. El
Ainulindalë es una especie de "canto del dios” que se hace génesis de un mundo, donde la
metafísica puede entenderse como el pensar una idea como suprema génesis del ser en el
hacerse presente, en su aparecer como realidad efectiva. Y quien mejor para representar
una idea suprema que un dios, un dios que se da en ese límite no tácito entre mito y
razón.
En este sentido, en esta investigación he encontrado en el Ainullindalë un modelo
capaz de permitirme observar a la Música como modelo ontoteológico, mostrándose
como Aletheia, palabra a través de la cual, para Heidegger, los antiguos griegos
nombraban “la verdad”, que quería decir “descubrimiento”, quitar el velo que oculta o
cubre algo. Ahora bien, a través de éste modelo ¿qué es lo que podemos descubrir?
Descubrimos el silencio de lo humano cómo canto imaginado, como encubrimiento tras
las palabras, y el olvido en la representación fijada que se manifiesta en dicho imaginar.
Pensar la Música cómo modelo ontoteológico, cómo representación reciproca con
la metafísica, nos permitirá ser capaces de reconocer cómo la Música de lo posible se
hace pasar por la música de lo imposible. Un ejemplo de este fenómeno es cómo se ha
yuxtapuesto la discutida “muerte del sujeto hombre” a manifestaciones cómo la llamada
“Gran Música”, ese aspirar al “Canto del Dios Hombre” que resuena en sus propios
términos, dentro de sus propios límites y parámetros de medida; pero ¿cómo construimos
esos límites y cómo los mantenemos en pie?
La música tal como la conocemos, sea como compañera de ausencias o como
objeto de la industria, la cultura y las prácticas sociales, como representación, es un
problema del pensar lógico, pues aborda a la Música como problema conceptual. Por esa
razón, sólo vemos los soportes; tómese como ejemplo como durante el siglo XX,
ideológicamente se pasó de “Música” a “Nueva Música” y de esta a “Espacio Sonoro”,
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HEIDEGGER, Martin: Identidad y diferencia, (Introducción de Arturo Leyte), Barcelona, Anthropos,
1990, pp. 32-33
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