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FELIPE GARRIDO
veces sobre un tema señalado por la
maestra, y a veces con tema libre (que
era lo que más nos gustaba). Yo salí de
Autlán a los doce años, y un día, años
después, se me ocurrió hacer una lista
de los libros que leí entonces, y recordé
como trescientos títulos. Un caso como
el mío (o como el de Juan José Arreola)
era muy posible. Hoy es inimaginable.2
Aquellas señoritas Cuca y Magdalena,
aquella directora María Mares con quienes
estudió Alatorre, ¿de dónde sacaron todo
eso que sabían y que transmitieron a sus
alumnos? ¿En dónde aprendió Alatorre
la infinidad de cosas que llegó a saber?
La respuesta está dada en las líneas que
acabo de citar. Lo aprendieron leyendo.
Lo aprendieron en Genoveva de Brabante
y Robinson Crusoe y la María, de Jorge
Isaacs, y en esos otros trescientos títulos
que Alatorre no detalla, más los cientos o
miles de libros que Antonio y sus maestras
continuaron leyendo a lo largo de sus vidas,
incluidos, por supuesto, los libros de texto,
los rigurosamente escolares —bien leídos;
no para pasar los exámenes, sino para
aprender.
La solución de nuestros problemas
educativos, como dice Alatorre, es sencilla.
Lo que necesitamos son profesores lectores,
acicateados por una insaciable ansia de
saber; y muchos la tienen, pero haría falta
que todos la padecieran. Necesitamos,
con urgencia, profesores que sean lectores,
pues la lectura —de revistas, diarios, la
Internet, todo lo que puede leerse, libros
en especial— ofrece la mejor oportunidad
que tiene una persona para acumular
experiencias y conocimientos.
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Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación
Profesores lectores, digo, y alguien se
preguntará: todos los profesores leen
y escriben todos los días, simplemente
porque lo requieren para cumplir con
su trabajo. ¿No los convierte eso en
lectores? La respuesta es que no. Lo que
eso significa es que esos profesores saben
leer y escribir, y que aprovechan esos
saberes —o destrezas, o capacidades, o
habilidades, o competencias, llámenlos
como ustedes quieran— en un nivel
utilitario.Para informarse y trabajar. Lo cual
es perfectamente legítimo, pero no basta
para apropiarse de las experiencias y
conocimientos que los lectores obtienen de
todo eso que leen, sobretodo, como dije,
de los libros.
Es preciso intercalar aquí un paréntesis: por
largo tiempo México siguió siendo un país
mayoritariamente analfabeto, en el primer
y más importante sentido de esta palabra.
Llegamos a la mitad del siglo XX con más
de la mitad de la población incapaz de
leer y escribir. El gran paso adelante, el que
redujo el analfabetismo a la proporción
actual de 9.5%, se dio entre 1980 y 2000.
Somos un país recientemente alfabetizado,
y eso no debemos olvidarlo.
Una cosa es saber leer y escribir. Otra,
distinta, aunque presuponga la anterior,
es ser un lector. Un lector también hace
lecturas utilitarias todos los días, pero,
además de eso, un lector dedica todos los
días de su vida un espacio de su tiempo a
leer por el mero gusto de hacerlo. Hay otras
diferencias que ahora no examinaré. Voy
a detenerme sólo en una, que me parece
la más importante: mientras leemos con
propósitos utilitarios podemos mantener el
