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FELIPE GARRIDO
Se trataba de reconstruir, en lo educativo y
lo cultural —Vasconcelos sabía que separar
estos dos campos es suicida—, los cimientos
mismos de la nación, un país devastado por
diez años de guerra civil. La tarea quedó
encomendada al maestro, al artista y el
libro, y a menudo los tres encarnaban en
una misma persona. Entre otros, Pellicer,
Toledano, Torri, Villegas, Bassols, Palacios
Macedo y Gómez Morín fueron a un mismo
tiempo profesores, poetas, conferencistas,
traductores, alfabetizadores... A ellos se
sumaron intelectuales llegados de otros
países, como el peruano Raúl Haya de la
Torre, el dominicano Pedro Henríquez Ureña,
la chilena Gabriela Mistral...
que le presentó Vasconcelos, inconforme
por los recortes que había sufrido el
presupuesto de la SEP –disminuido de 50 a
25.5 millones de pesos– y porque Obregón
quería imponer como su sucesor a Plutarco
Elías Calles.
Al dejar su puesto Vasconcelos —dos años
y ocho meses después de haber iniciado su
gestión— terminó el sueño de la educación
integral; nunca ha vuelto a serlo, sino en el
discurso. Los departamentos de bellas artes
y de bibliotecas sufrieron las reformas que
requerían para desaparecer.
no vale nada la cultura, no valen
nada las ideas, no vale nada el arte,
si todo ello no se inspira en el interés
general de la humanidad, si todo
ello no persigue el fin de conseguir
el bienestar relativo de todos los
hombres, si no asegura la libertad y la
justicia, indispensables para que todos
desarrollen sus capacidades y eleven
su espíritu hasta la luz de los más altos
conceptos.
De ahí en adelante, el único departamento
del que realmente se ha ocupado la SEP
ha sido el escolar. Cuando los espacios
bibliotecarios públicos conocieron un
nuevo periodo de crecimiento, de 1983
a 2005 (tiempo en que pasaron de 351 a
7,010) no fue para atender necesidades
propias de los lectores sino, podría decirse,
del departamento escolar. El enorme
crecimiento de la Red Nacional de
Bibliotecas Públicas en sus primeros veinte
años tuvo como fin facilitar a los estudiantes
de secundaria el acceso a los libros de
texto y de consulta. Un requisito para la
instalación de una biblioteca pública
fue que en el municipio correspondiente
hubiera al menos una secundaria. Aún en
la actualidad, más de 80 por ciento de las
visitas a estos espacios son no de lectores,
sino de estudiantes que acuden a hacer allí
sus tareas.
Aquello era demasiado bueno para
perdurar. El 30 de junio de 1924, el presidente
Obregón aceptó la segunda renuncia—seis
meses antes había rechazado la primera—
Nuestras bibliotecas públicas han crecido
de espaldas a los lectores y a la lectura.
No tiene nada de extraño, porque así ha
crecido nuestro sistema educativo. De ahí
El secretario de Educación Pública en
persona salía a la calle, sábados y domingos,
para repartir libros. Al frente del primer
número de El Maestro, en “Un llamado
cordial”, para explicar el sentido último
de todo aquello que se estaba haciendo,
Vasconcelos escribió:
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Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación
