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LA REFORMA INDISPENSABLE. LECTURA Y EDUCACIÓN

La reforma indispensable. Lectura y educación
Felipe Garrido
Licenciado en Letras.
Coordinador del Programa Universitario de Formación de Lectores de la Universidad Veracruzana.
Miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.

Hace noventa años, cuando fue creada la
Secretaría de Educación Pública (SEP), su
primer titular, José Vasconcelos, la imaginó
capaz de ofrecer una educación integral,
completa, que atendiera al desarrollo de
todas las capacidades de una persona.
La nueva dependencia tendría tres
departamentos, ninguno de ellos más
importante que los demás: el escolar, el de
bibliotecas y archivos, y el de bellas artes.
Era tan necesario atender la instrucción
de los niños y los adolescentes en las
aulas, como armar una red de bibliotecas
escolares y públicas que pusiera la lectura al
alcance de cualquiera, o facilitar el acceso
a las artes —en calidad de espectadores y
de ejecutantes— de maestros, alumnos y
familias. Y había que hacerlo todo en todas
partes; en la escuela, el trabajo, la calle y la
casa, pues la salud del país dependía —y
sigue dependiendo— de que esos bienes
alcancen y beneficien a todos.
Para lograrlo, se entregaron a grandes
pintores —Montenegro, Rivera, Orozco,
Charlot— los muros de edificios como
San Ildefonso y la sede de la propia SEP;
se instituyeron las Misiones Culturales,
que buscaban alfabetizar e instruir a la

gente del campo, mejorar su capacidad
productiva y sus condiciones de higiene y
salud; se revaloró el arte popular; se dieron
conferencias, clases de arte y conciertos en
fábricas y plazas; se abrieron escuelas rurales
y bibliotecas y se convocó a los estudiantes
para que enseñaran a leer y escribir a
quienes no lo sabían, que en ese tiempo
eran casi 90 de cada cien mexicanos.
Por encima de todo, porque Vasconcelos
sabía que un lector tiene oportunidades
de multiplicar sus experiencias y seguir
aprendiendo durante toda la vida, se
publicaron los diecisiete volúmenes de
Clásicos (a peso cada uno); la colección
de Tratados y Manuales; la de Textos
para la Escuela Primaria, que incluía la
Historia patria de Justo Sierra; los Folletos
de Divulgación (cuyos precios iban desde
los dos pesos con cincuenta centavos que
costaba Las cactáceas en México, de Isaac
Ochoterena, hasta los diez centavos en que
se vendía el Silabario de Rafael Ramírez); sin
olvidar las Lecturas para mujeres, las Lecturas
clásicas para niños, la revista El Maestro, y
los millares de libros que se compraron a
editores privados.

5° Congreso Nacional de Educación

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