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LA REFORMA INDISPENSABLE. LECTURA Y EDUCACIÓN
que los espacios bibliotecarios escolares
virtualmente no existan: muy pocas
escuelas tienen como biblioteca un espacio
equipado, organizado y atendido por
personal de alguna manera especializado,
donde los alumnos aprendan a usar los
servicios de una biblioteca y se acostumbren
a hacerlo.
Existen en el Programa Nacional de Lectura
las bibliotecas escolares, pero nadie se
apresure a alegrarse: son meras colecciones
de libros que se acomodan donde se
puede y que comparten con las bibliotecas
de aula todos sus defectos. Entre los más
graves, señalo dos: 1) que cuatro quintas
partes de sus títulos sean obra de escritores,
traductores,
ilustradores,
diseñadores
y editores extranjeros, desperdiciando
la oportunidad de abrir espacios a los
artistas e intelectuales mexicanos; esto es,
de cualquier origen, pero radicados en
México, y 2) que las compras de estos libros
se hayan concentrado de manera delatora
en unas cuantas editoriales, naturalmente
extranjeras.1
Vasconcelos, que se equivocó en tantas
cosas —creía, por ejemplo, que repartir libros
era suficiente para multiplicar los lectores—,
sabía bien, y en esto acertó, que el factor
que define la calidad de la educación es
la calidad que tengan los profesores, no
los aparatos que se instalen en las aulas
—lo que no significa que yo menosprecie
las Tecnologías de la Información y la
Comunicación (TIC), que son indispensables;
lo que quiero subrayar es que los profesores
son aún más importantes y que hasta ahora
eso no ha sido suficientemente tomado en
cuenta.
Cuando Ernesto Zedillo se hizo cargo
de la SEP, en 1992, consultó con diversos
personajes qué podía hacerse para mejorar
el nivel de nuestra educación pública. La
respuesta del eminente filólogo Antonio
Alatorre, recordada tiempo después, en
una mesa redonda, fue la siguiente:
Me
eduqué
en
una
escuela
porfiriana completamente laica y
extraordinariamente eficaz, como
pude comprobarlo al seguir mi
educación aquí en México. Mis
compañeros, de distintos estados de
la República, no habían tenido una
primaria tan buena como yo. Ninguno
había estudiado álgebra; ninguno
sabía solfear; no tenían, ni de lejos,
mis conocimientos de gramática, mi
práctica en la lectura y en la escritura
ni mi buena ortografía. Si esto me lo dio
la escuela de un pueblo perdido en el
mapa, que ni siquiera tenía carretera
a Guadalajara, la solución de los
problemas era fácil: bastaba imitar al
Autlán de aquellos años y ponerles a
los muchachos unos profesores tan
buenos, tan conscientes de su papel,
como la señorita Cuca y la señorita
Magdalena, y al frente de cada
escuela una directora como María
Mares.
En mi casa, en Autlán, había libros que
mis hermanos y yo leíamos, por ejemplo
Genoveva de Brabante, Robinson
Crusoe y la María de Jorge Isaacs. Pero
fue la escuela la que más me sirvió.
La primera hora, todos los días, era
la de lectura en voz alta; y dos o tres
veces por semana escribíamos algo, a
5° Congreso Nacional de Educación
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