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ARMANDO LOERA VARELA
en el reclutamiento, pero siempre con
transformación de los procesos formativos y,
más que nada, en una dura apuesta a la
evaluación, asociada (o no) con incentivos
económicos o de estatus laboral.
Poco importa su sustento, ya que la agenda
que tiene como objeto a los docentes como
responsables de los niveles de la calidad
educativa ha sido instalada en la agenda
nacional por instituciones internacionales,
presuntamente prestigiosas, lo que da
suficiente respaldo político, y con eso basta.
Ante esto, ¿qué se puede hacer desde
la escuela y el aula que tenga sustento y
sentido pedagógico?
Considero que una opción, tal vez entre
otras muchas que se deben y pueden
explorar, radica en recuperar dos aspectos
poco explorados, pero que en mi labor
como investigador ahora sustento como
elementales para recuperar el significado
de la práctica pedagógica cotidiana de los
docentes.
El primero radica en estimular la reflexión de
los docentes sobre su misma práctica, como
una vía de perfeccionamiento pedagógico.
El segundo radica en que se observe la
calidad del desempeño de los docentes en
su propia historicidad, dentro de un ciclo de
aprendizaje a lo largo de su vida profesional,
en lo que se ha venido identificando como
trayectoria docente.
La recuperación de la reflexión crítica del
docente sobre su propio desempeño forma
parte de una visión que identifica a la
docencia como una profesión cultural que de
manera activa se construye, en lo cotidiano
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Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación
del aula, pero también por el contexto social
y laboral que rodea a la profesión. Como
punto de partida, debe desecharse que la
labor docente sea meramente técnica, a
partir de la implementación de lo que los
diseñadores de políticas de formación o
evaluación de docentes pretenden ver en
las aulas. Cualquier acercamiento sincero a
la labor concreta de los docentes observa
que es una labor con dimensiones múltiples
(éticos, epistemológicos, técnicos, entre
muchos otros) y con acotamientos específicos
(laborales, personales, coyunturales, entre
otros).
Es una labor eminentemente intelectual,
por necesidad. Como investigador he
entendido que la única forma de recuperar
el significado de la acción pedagógica
es solicitar a los docentes cuyas lecciones
he registrado, su propia interpretación de
lo que sucedió. Recupero el significado
de las que hasta entonces son acciones
de aula a través del significado que les
aporta intención, convirtiendo el cúmulo
de actividades en efectiva práctica
pedagógica. Cuando he sido capaz de
hacer registros que presentan de manera
«objetiva» las lecciones, me encuentro que
la reflexión trascendió la simple atribución de
significado que me hace comprender lo que
hasta entonces no había podido. Observo
que los propios docentes «aprenden» de
sí mismos. Los videos, en particular, suelen
constituir sólidos «espejos» que les permiten
verse reflejados, de manera que pueden
poner distancia de su propia subjetividad
y verse como otros solidarios. Cuando un
docente se observa no suele describirse
de manera neutral, usualmente se enjuicia,
en ocasiones con términos duros. Siente
