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LA CENTRALIDAD DE LA REFLEXIÓN EN LOS PROCESOS DE
FORMACIÓN, PERFECCIONAMIENTO Y EVALUACIÓN DE LOS DOCENTES
la brecha entre lo que pretendió hacer y
lo que ha hecho. Por otra parte, entiendo
que una lección es sólo un segmento de
una larga historia, se constituye casi en
una anécdota. En todo caso no basta para
conocer sus capacidades profesionales, se
necesita mucho más.
Por lo anterior tiene sentido ver los
desempeños profesionales de los docentes
en el marco de una trayectoria de vida
profesional. No hay duda, la profesión
docente se aprende en muchos lados,
pero preponderantemente en las aulas,
ejerciéndola. Parece haber suficientes
evidencias de que se constituyen ciclos, en
los que no es difícil identificar un periodo
de aprendizaje de las herramientas de la
profesión (algunos hemos estimado que
este periodo inicial dura en México un
promedio de siete años), seguido de un
lapso de definición del estilo de enseñanza,
que suele terminar en un periodo de
consolidación, en el que ya poco se explora.
Como sabemos la trayectoria profesional
de un docente no puede, y probablemente
no debe, homogenizarse. Es necesario
considerar sus condicionantes y ritmos. Pero
es claro, al mismo tiempo, que se le puede
estimular mediante compromisos de mejora
de los desempeños en sus propios términos.
Algunos autores (Van Manen, 1987)
denominan «tacto» pedagógico al sentido
fino que se desarrolla en la historia de la
profesión y que decide que una acción
pedagógica es la apropiada a desarrollar
en una situación áulica, según todo el saber
y competencia lograda por el o la docente
hasta el momento de su ejecución.
Existen suficientes evidencias empíricas de
que el «tacto pedagógico» tiene historia y
se aprende fundamentalmente de cinco
fuentes: a) de su propia experiencia,
siempre y cuando se tenga oportunidad de
revisarla; b) de compañeros docentes, que
aportan sugerencias y recomendaciones
(en este mismo aspecto deben considerarse
las imágenes que uno recuerda de maestras
y maestros del nuestro pasado); c) de
directivos, que con autoridad técnica nos
orienten a lo que desean observar en sus
escuelas; d) de libros, videos y otras fuentes
de información sobre cómo desenvolverse
de manera pedagógicamente competente
en clases, y e) de cursos de formación o
perfeccionamiento.
Con todos estos elementos se constituye
nuestro imaginario pedagógico, el criterio
que nos sirve para enjuiciar prácticas
pedagógicas propias o ajenas como
adecuadas o no. Se trata, por lo tanto, de
dinamizar la explicitación de ese colectivo
pedagógico como expresión de la reflexión
sobre uno mismo.
Existe un instrumento en particular que
pudiera ser útil para la explicitación de
observaciones, reflexiones y compromisos de
mejora del «tacto pedagógico»: el portafolio
de la trayectoria docente. Como sabemos,
un portafolio es usado cuando deseamos
organizar de manera estructurada las
evidencias de aprendizaje de los alumnos.
Nada impide que cada docente tenga
su propio portafolio de evidencias de sus
competencias pedagógicas, que recupere
lo que observa como justa evidencia de su
desempeño profesional. El portafolio puede
ser compartido con compañeros de manera
5° Congreso Nacional de Educación
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