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ELEMENTOS PARA LA DISCUSIÓN DE ALTERNATIVAS DE POLÍTICA
DE EVALUACIÓN DOCENTE

orientarse a esta última alternativa, es
decir, a identificar y reconocer a los buenos
profesionales, antes que a propiciar una
competencias por ser mejor que el otro.
Asimismo,
la
consecuencia
principal
para los maestros cuyo desempeño es
destacado debería ser el reconocimiento
en la remuneración junto con la asignación
de nuevos papeles para la mejora del
sistema y la difusión de sus capacidades de
trabajo. Los premios monetarios en sí mismos
no aseguran la mejora del conjunto de
la profesión docente si no se capitaliza de
algún modo la experiencia de los docentes
excelentes.
Otro aspecto que no debe descuidarse es el
relativo a cómo acompañar a los profesores
que resultan mal evaluados. La solución
no debería ser deshacerse de los malos
maestros, sino darles oportunidades para
crecer y mejorar. Esto es lo que caracteriza
a una organización que aprende y
busca la calidad. Uno debería desconfiar
de estrategias de calidad basadas en
seleccionar lo que es bueno y deshacerse
de lo que no lo es.
Un último aspecto importante a considerar
es el relativo al tiempo de vigencia del
resultado de una evaluación de este
tipo. Si el profesor accede a un lugar del
escalafón para siempre, a largo plazo se
pierde todo efecto de mejora continua.
Las categorizaciones derivadas de una
evaluación docente deberían tener un
plazo de vigencia de unos cuatro años, a
partir de los cuales los individuos deben
evaluarse nuevamente para mantenerse,
avanzar, incluso, retroceder en el escalafón.

4.2. La evaluación docente como parte del
aprendizaje y desarrollo profesional
Los sistemas de evaluación docente
orientados a establecer categorías de
desempeño profesional son importantes, por
las razones que acabamos de explicar, pero
no resuelven el problema de cómo ayudar
a los maestros a mejorar su trabajo. Esto
último requiere de dispositivos de formación
en servicio orientados a mejorar la práctica
docente y no exclusivamente el desempeño
en la próxima evaluación.
Tres son, en mi opinión, las claves para
ayudar a los docentes a mejorar sus modos
de enseñar. Todas ellas están relacionadas
con un enfoque de evaluación formativa:
a. Es necesario “abrir” las prácticas de
enseñanza en el aula a la “mirada de los
otros”. Mientras el trabajo en el aula siga
siendo principalmente una labor solitaria
y cerrada, que nadie puede ver, es difícil
modificarla. La propia exigencia de dar
clase todos los días obliga a construir
rutinas de trabajo que son muy difíciles
de modificar. El único modo de cambiar
una práctica es observarla, analizarla,
discutirla, imaginar alternativas y llevarlas
a la práctica.
b. Lo anterior requiere trabajo colectivo,
focalizado en el análisis de las prácticas
que ocurren dentro del aula. Por razones
que explicaré enseguida, la tarea de
transformar los modos de enseñar no es
una tarea individual sino colectiva, tanto
en sentido reducido —el equipo docente
de una escuela— como amplio —el
conjunto del cuerpo profesional—. Para

5° Congreso Nacional de Educación

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