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ese Día os sorprenda como ladrón..." (1Tes 5,1 ss)
Para nosotros los cristianos, la muerte es el momento del paso de este
mundo al Padre. Es el momento en que nuestra vida física se apaga y
entregamos a Dios nuestro espíritu, y entramos en una nueva dimensión, la
dimensión del Cielo. Nuestro cuerpo, que ha sido morada, templo del Espíritu
Santo, es acompañado a la tumba, en el cementerio, en el dormitorio, a la
espera de la resurrección de los cuerpos. Nuestro yo 59 , nuestro espíritu se
presentará delante de Dios para el juicio particular que será según las obras que nos
acompañan.60
El momento de la muerte: Dies natalis
"En la tradición de la Iglesia, el momento de la muerte ha sido 'considerado
como el dies natalis, el día en que el cristiano nace a la vida verdadera.
"la muerte es todo lo contrario de una aventura sin esperanza: es la
puerta de la existencia que se abre de par en par a la eternidad y, para
los que la viven en Cristo, es experiencia de participación en su misterio de
muerte y resurrección hacia la eternidad. (EV 97).
En el paso, ciertamente dramático y agónico, a este segundo nacimiento, es
preciso destacar como fundamentales las ayudas que la iglesia puede otor g ar al
que experimenta este trance. 6 1 Los sacramentos son un medio privilegiado para
recibir las gracias oportunas en este momento fundamental para la vida de todo
hombre, porque "así, corno los sacramentos del bautismo, de la confirmación, de la
eucaristía constituyen una unidad llamada "los sacramentos de la iniciación cristiana",
se puede decir que la Penitencia, la Santa Unción y la Eucaristía, en cuanto
viático, constituyen, cuando la vida cristiana toca a su fin, "los sacramentos que
preparan para entrar en la patria" o "los sacramentos que cierran la peregrinación".62
El deseo que brota del corazón del hombre ante el supremo encuentro con el
sufrimiento y la muerte, especialmente cuando siente la tentación de caer en la
desesperación y casi de abatirse en ella, es sobretodo aspiración de
compañía, de solidaridad y de apoyo en la prueba es petición de ayuda
para seguir esperando, cuando todas las 'esperanzas humanas se desvanecen. Como
recuerda el Concilio Vaticano II, "ante la muerte, el enigma de la condición
humana alcanza su culmen" para el hombre; y sin embargo "juzga
certeramente por instinto de su corazón cuando aborrece y rechaza la ruina total
y las desaparición definitiva de su persona. La semilla de eternidad que lleva
en sí, al ser irreducible a la sola materia, se rebela contra la muerte".
Esta repugnancia natural a la muerte es iluminada por la fe cristiana, y este
germen de esperanza de la inmortalidad alcanza su realización por la misma
fe, que promete y ofrece la participación en la victoria de Cristo
resucitado... La certeza de la inmortalidad futura y la esperanza en la
resurrección prometida proyectan una nueva luz sobre el misterio del
sufrimiento y la muerte e infunden en el creyente una fuerza
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Ibíd.
"No hay que... pensar que la vida más allá de la muerte comience sólo con la resurrección final. Esta, en
efecto, está precedida por la condición especial en la que se encuentra, desde el momento de la muerte
física, todo ser humano. Se trata de una fase intermedia, en que a la descomposición del cuerpo
corresponde "la supervivencia y la subsistencia de de un elemento espiritual, el cual está dotado de
conciencia y de voluntad, de modo tal que el "yo humano" subsista, aunque le falte mientras tanto el
suplemento de su cuerpo" (Sacra congregatio pro doctrina fidei, De cuibusdam quaestionibus ad
eschatologiam spectantibus, 17 de mayo de 1979; AAS 71 [1979; 941).
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El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con
Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución
inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. (CEC
1021)
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