Eduardo Camacho poliedrico creador 2010.pdf

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unas íes de más de un sustantivo. La ilusión, la pasión y la cordura (que no tiene í,
pero sí tiene tres la palabra inteligencia). Al fin y al cabo poner los puntos sobre
algunas cosas, aparentemente cotidianas o evidentes, nos obliga a subirnos sobre
nuestra propia altura y a columbrar el territorio de las utopías que, aunque lejanas
-de ahí que sean utópicos esos terrenos-, nos obligan al menos a superarnos y
salirnos del mirar a ras de tierra. Fueron estos intelectuales y artistas unos
maravillosos utópicos, unos geniales hombres y mujeres a los que se amaba
porque te ahijaban al mirarse en ti, espejo retrovisor de joven imberbe que
estrenabas teatro en el Círculo de Bellas Artes o en el Paraninfo de la universidad
lagunera. Les reflejabas una juventud que les habían truncado. Y a esa juventud
creativa de los años sesenta descendieron desde sus ostracismos para
apadrinarnos, tutelarnos y enseñarnos. Era lógico, la guerra civil los había
sorprendido en medio de sus juventudes. Los que entregaron para siempre sus
cuerpos a la muerte, les cedieron a los que quedaron con vida un testigo silencioso
que con los años los irían volviendo, día a día, unos auténticos bocazas. Hablo de
aquellos que nunca, en su fondo más primigenio, se subyugaron, de los que
tragaron quina para vivir, y pagaron en carnes propias el dolor de unas formas de
ser y pensar que son hoy monedas cotidianas de uso y relación.
Todos nosotros nos sentíamos impresionados no sólo porque los leíamos,
oíamos y conocíamos de cerca, sino porque nos escuchaban, y nos aceptaban en
sus círculos y escribían sobre nuestras primeras obras y creaciones. Hasta algunos
de nosotros los tuteaban. Es cierto que cada uno recuerda la historia personal de
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