Eduardo Camacho poliedrico creador 2010.pdf


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Por otra parte la realización de los ejercicios no ofrece al actor,
lógicamente, posibilidades de lucimiento. Pero esto nada importa al
joven grupo, sino que, por el contrario, le confiere gran naturalidad a
cada uno de ellos en el acto de desenmascarar el teatro, ofrecerlo al
desnudo, manifestar crudamente la esencia de los fenómenos
teatrales. No hay posiciones aquí para el divismo y sí para una tarea
conjunta de iniciación al proceso dramático, en la que cada uno de
los asistentes pudo llevar a efecto una buena, saludable, tarea de
introspección…

Por alguna suerte de intuición compartida yo era capaz de captar en el
Eduardo director los códigos sutiles de su capacidad expresiva. Y él tuvo que
entenderlo de esa manera, al menos en aquellos años iniciales del 70, porque
revisando

algunos

de

mis

papeles,

programas

y

documentos

que,

desgraciadamente, tengo tan dispersos o perdidos, observo que escribí sobre sus
montajes en muchos de sus programas de mano, en los periódicos y, sobre todo, le
escribí más de un texto dramático para ambos grupo Los Ambulantes y La Máscara,
además de hacer las veces de director adjunto y componerle una música (concreta)
titulada Quijote, para su Don Quijote, que estrenó con Los Ambulantes, creo
recordar, en el seno de un Festival de Teatro que se celebró en el Puerto de la
Cruz. Tengo uno de mis recuerdos medio colgado en una nebulosa, pues me
consta haber intervenido como actor anónimo, yendo de teatro en teatro por la
geografía peninsular, embuchándome en cada función en el interior de un disfraz
de dragón de peluche, por demás caluroso, para representar la obra Herodoto, que
gran amigo eres. Reconozco que siempre con Eduardo me divertía. Al menos
conmigo, en aquellos años, tenía la virtud de exaltarme las neuronas, divertirme la

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