Eduardo Camacho poliedrico creador 2010.pdf

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estas alturas, y a pesar de que estoy hablando de cuestiones que afectan a la
memoria, de separar la imagen del Eduardo persona del Eduardo creador, del
Eduardo artista de cuerpo entero. Lo recuerdo, cuando muy joven, como un
muchacho de extrema sensibilidad, aunque dotado de gran carácter y de una
voluntad férrea a prueba de desalientos. Pero en el trato, su sensibilidad y ternura
brillaban por encima de todas las demás capacidades. Siempre me sentí amigo
suyo y sé que como tal muestro aquí estas observaciones de su personalidad, pero
las creo necesarias desvelar en una publicación con motivo de su homenaje para
intentar aportar un rasgo que ayude a entender un poco más su personalidad
artística. Y para que quede escrito. Supongo que Eduardo maduro ya, años
después de aquellos lejanísimos años 70, no le pudo dedicar la suficiente entrega
de tiempo y vida a dirigir teatro, por las razones evidentes de su dedicación tanto
a la enseñanza universitaria como a la plástica, pero donde hubo siempre
quedaría. Creo que amaba el teatro. Estoy seguro. Simple y llanamente, amaba el
Teatro, porque era un hombre de teatro en el sentido primigenio, más allá de lo
místico, que defendía el mismo Barrault11.
Eduardo Camacho Cabrera formó parte de una generación de creadores en
que el teatro se nos había hecho vicio cotidiano, carcoma vital, apetito desmedido,
sangrante obsesión. Por otro lado, propiciador de las experiencias más placenteras.
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Es bueno recordar, a este tenor, que cuando el gran narrador e intelectual Malraux fue nombrado
ministro, le confió al genial director teatral la dirección del Teatro Odeón. Jean Louis Barrault
estuvo codo con codo con los estudiantes franceses, en el histórico y simbólico mayo del 68, e
hicieron de aquel emblemático Teatro un verdadero templo de la revolución y la insurgencia.
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