Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf


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TOTALITARISMO

élite82. Y esto sucede incluso en la fase anterior a la conquista deí poder,
cuando, sistemáticamente, la jefatura afirma su responsabilidad por todos los
crímenes y no deja duda de que han sido cometidos para el bien último del
movimiento.
La creación artificial de las condiciones de guerra civil mediante las que
los nazis se abrieron camino con el chantaje hacia el poder posee algo más
que la obvia ventaja de provocar disturbios. Para el movimiento, la violencia
organizada es la más eficiente de las muchas barreras protectoras que rodean
a su mundo ficticio, cuya «realidad» queda probada cuando un miembro
teme abandonar el movimiento más de lo que teme su complicidad en accio­
nes ilegales y se siente más seguro como miembro que como adversario. Este
sentimiento de seguridad, resultante de la violencia organizada con la que las
formaciones de élite protegen del mundo exterior a los miembros deí parti­
do, es tan importante para la integridad del mundo ficticio de la organiza­
ción como el pánico que provoca su terror.
En el centro del movimiento, como el motor que se pone en marcha, se
halla el jefe. Está separado de las formaciones de élite por un círculo interno
de iniciados que difunden en tomo de él un aura de impenetrable misterio
correspondiente a su «intangible preponderancia»83. Su posición dentro de
este círculo íntimo depende de su capacidad para tejer intrigas entre sus
miembros y de su habilidad para cambiar constantemente a quienes forman
parte de ese círculo. Debe su elevación a la jefatura a una sobresaliente capa­
cidad para manejar las luchas por el poder en el seno del partido más que a
sus cualidades demagógicas o burocráticas. Se distingue de los tipos anterio­
res de dictadores en el hecho de que difícilmente triunfa a través de la simple
violencia. Hitler no necesitó ni las SA ni las SS para afirmar su posición den8J En sus discursos a ías SS, Himmter siempre recalcó los crímenes cometidos, subrayando su grave­
dad. Acerca de la liquidación de los judíos, por ejemplo, diría: «Quiero también hablaros francamen­
te de una cuestión muy grave. Entre nosotros mismos tiene que mencionarse muy francamente, pero
no hablaremos de ello en público». Sobre la liquidación de la intdligmtúa polaca: «... debéis oír esto,
pero olvidarlo inmediatamente...» (Nazi Conspiracy, IV, 558 y 533, respectivamente).
Goebbels, op. cit., p. 266, señala en una vena similar: «Sobre la cuestión judía, especialmente, he­
mos tomado una posición de la que no hay escape... La experiencia enseña que un movimiento y un
pueblo que han quemado sus puentes lucharán con mayor determinación que los que todavía son
capaces de retirarse»,
83 Souvarine, op, át„ p. 648. La forma en que los movimientos totalitarios mantienen en absoluto
secreto las vidas privadas de sus dirigentes (Hider y Stalín) contrasta con el valor publicitario que ha­
llan todas las democracias exhibiendo en público las vidas privadas de presidentes, reyes, primeros
ministros, etc. Los métodos totalitarios no permiten una identificación basada en la convicción: has­
ta el más alto de nosotros sólo es humano.
Souvarine, op. cit„ p. XIII, cita las etiquetas más frecuentemente utilizadas para describir a Stalin: «Stalin, el misterioso huésped del Kremlin»; «Srafin, impenetrable personalidad»; «Stalin, la
Esfinge comunista»; «Stalin, el Enigma», «el misterio insoíuble», etc.