Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf


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TOTALITARISMO

miento de una forma totalmente diferente de la de todos los demás líderes
ordinarios del partido; reivindica la responsabilidad personal por cada ac­
ción, acto o fechoría, obra de cualquier miembro o funcionario en su capaci­
dad oficial. Esta responsabilidad personal es el más importante aspecto orga­
nizativo del llamado principio del jefe, según el cual cada funcionario no es
solamente nombrado por el jefe, sino que es su encarnación viviente y se
supone que cada orden emana de esta fuente siempre presente. Esta perfecta
identificación del jefe con cada subjefe designado y este monopolio de la res­
ponsabilidad por todo lo que se hace son también los más conspicuos signos
de la diferencia decisiva entre un jefe totalitario y un dictador o un déspota
ordinarios. Un tirano nunca se identificaría con sus subordinados y menos
aún con cada uno de sus actos87; puede utilizarles como víctimas propiciato­
rias y gustosamente permitirá que sean criticados para salvarse él mismo de
las iras del pueblo, pero siempre mantendrá una absoluta distancia respecto
de todos sus subordinados y de todos sus súbditos. El jefe, por el contrario,
no puede tolerar nunca las críticas a sus subordinados, dado que éstos actúan
siempre en su nombre; si desea corregir sus propios errores, tiene que liqui­
dar a aquellos que los hicieron realidad; si quiere censurar sus errores en
otros, tiene que matarles88, porque dentro de este marco organizador un error
sólo puede ser un fraude; la encarnación del jefe por un impostor.
Esta responsabilidad por todo lo que hace el movimiento y esta identifi­
cación total con cada uno de sus funcionarios tienen la muy práctica conse­
cuencia de que nadie llega a tener experiencia de una situación en la que es
responsable de sus propias acciones o puede explicar las razones de éstas.
Como el jefe ha monopolizado el derecho y la posibilidad de explicación,
parece ante el mundo exterior como si fuera la única persona que sabe lo que
está haciendo, es decir, el único representante del movimiento con el cual
uno puede hablar todavía en términos no totalitarios, y el único a quien si se
le reprocha o se le discute no le es posible decir; «No me pregunte, pregunte
al jefe». Siendo el centro del movimiento, el jefe puede actuar como si estu­
viera por encima de éste. Por eso es perfectamente comprensible (y perfecta-37
37 Así, Hitler, tras la muerte de Potempa, telegrafió a ¡os asesinos SS en 1932, haciéndose personal­
mente responsable, aunque presumiblemente nada tenía que ver con ello. Lo que aquí importaba era
establecer un principio de identificación o, en el lenguaje de los nazis, «la lealtad m utua del jefe y del
pueblo», en la que «se basa el Reich» (Hans Frank, op. cit.),
83 «Una de las características distintivas de Stalin... es arrojar sistemáticamente sus propios entuertos
y crímenes, así como sus errores políticos..., sobre los hombros de aquellos cuyo descrédito y ruina
está preparando» (Souvarine, op. cit., p, 655). Es obvio que un dirigente totalitario puede escoger
libremente al que desea que encarne sus propios errores, dado que supone que todos los actos come­
tidos por los subjefes se hallan inspirados por é!, de forma tal que cualquiera puede verse obligado a
desempeñar el papel de un impostor.