Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf


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EL MOVIMIENTO TOTALITARIO

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mente fútil) que los extraños pongan sus esperanzas una y otra vez en una
charla personal con el mismo jefe cuando tienen que tratar con movimientos
o gobiernos totalitarios. El misterio real del jefe totalitario reside en una orga­
nización que le permite asumir la responsabilidad total por todos los delitos
cometidos por las formaciones de élite del movimiento y afirmar al mismo
tiempo la respetabilidad honesta e inocente del más ingenuo compañero dé
viaje89.
Los movimientos totalitarios han sido calificados de «sociedades secretas
establecidas a la luz del día»90. Además, aunque sea poco lo que sabemos de la
estructura sociológica y de la más reciente historia de las sociedades secretas,
8Í Por innumerables documentos se ha probado que fue el mismo Hider — y no Himmfer, o Bormann, o Goebbels— quien siempre inició las medidas realmente «radicales»; que éstas fueron siempre más radicales que las propuestas formuladas por su círculo íntimo; que incluso Himmfer se sin­
tió aterrado cuando se le confió la «solución final» de la cuestión judía. Y el cuento de hadas según el
cual Stalin era más moderado que las facciones izquierdistas del partido bolchevique tampoco es ya
creído. Es muy importante recordar que los jefes totalitarios tratan invariablemente de parecer más
moderados ante el mundo exterior y de que su verdadero papel •— es decir, el de impulsar al movi­
miento hacía adelante a cualquier precio y, si surge algo, acelerar su velocidad— permanezca cuida­
dosamente oculto. Véase, por ejemplo, el memorándum del almirante Erich Raeder sobre «My Relationship to Adolf Hitler and to the Party», en Nazi Compimcy, VIII, 707 y ss. «Cuando surgían
informaciones o rumores acerca de medidas radicales del partido y de la Gestapo, uno podía llegar a
la conclusión, por mediación del propio Führer, de que tales medidas no habían sido ordenadas por
el Führer... A lo largo de los años llegué gradualmente a la conclusión de que el mismo Führer siem­
pre se inclinaba hacia la solución más radical sin dejar que llegara a saberse fuera».
En las luchas internas del partido que precedieron a su elevación al poder absoluto, Stalin tuvo
siempre cuidado de presentarse como «el hombre del dorado término medio» (véase Deutscher, op.
cit., pp. 295 y ss.); aunque no era, desde luego, un «hombre de compromisos», jamás abandonó ente­
ramente este papel. Cuando, por ejemplo, un periodista extranjero le preguntó acerca de la finalidad
del movimiento relativa a una revolución mundial, él replicó: «Nunca hemos tenido semejantes pla­
nes e intenciones.,. Eso es producto de un malentendido... cómico, o más bien tragicómico» (Deuts­
cher, op. cit, p. 422),
90 Véase «The PoÜtical Function o f the Modern Líe», de Alexandre Koyré, en Contemporary Jewish
Record, junio de 1945.
Hitler, op. cit., libro II, cap. IX, analiza extensamente los pros y los contras de las sociedades
secretas como modelos para los movimientos totalitarios. Sus consideraciones le conducen realmen­
te a la conclusión de Koyré, es decir, a adoptar los principios de las sociedades secretas sin su sigilo y
a constituirlos «a la luz del día». En la etapa anterior a la conquista del poder, apenas hubo algo que
los nazis mantuvieran consistentemente en secreto. Sólo durante la guerra, cuando el régimen nazi se
tornó completamente totalitarizado y la jefatura del partido se vio rodeada por todas partes por la
jerarquía militar de la que dependía para la dirección de la guerra, fue cuando se ordenó en términos
inequívocos a las formaciones de élite que mantuvieran en riguroso secreto todo lo relativo a «solu­
ciones finales», es decir, deportaciones y exterminios en masa. Esta fue también la época en la que
Hitler empezó a actuar como el jefe de una banda de conspiradores, pero no sin anunciarlo personal­
mente y dar a conocer este hecho explícitamente. Durante una discusión con el Estado Mayor en
mayo de 1939, Hitler expuso las siguientes normas, que parecen copiadas del manual de una socie­
dad secreta: «1. No será informado nadie que no necesite saberlo. 2. Nadie debe conocer más de lo
que necesita saber, 3. Nadie debe conocer nada antes del momento en que necesite saberlo» (cita de
Heinz Holldack, Was wirklich geschah, 1949, p. 378).