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EL MOVIMIENTO TOTALITARIO
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res y dictadores totalitarios es más bien la singular plenitud de propósitos con
la que escogen aquellos elementos de las ideologías existentes que más aptos
resultan para convertirse en los fundamentos de otro mundo enteramente
ficticio. La ficción de los «Protocolos» era tan adecuada como la ficción de la
conspiración trotskysta, porque ambas contenían un elemento de plausibilidad — la influencia no pública de los judíos en el pasado; la lucha por el po
der entre Trotsky y Stalin— del que ni siquiera podía prescindir con seguri
dad el mundo ficticio del totalitarismo. Su arte consistió en utilizarlo y, al
mismo tiempo, en superar los elementos de la realidad; de las experiencias
comprobables, dentro de la ficción elegida, y en generalizarlo en regiones
que entonces quedan cerradas a todo posible control de la experiencia indi
vidual. Con semejantes generalizaciones, la propaganda totalitaria establece
un mundo apto para competir con el real, cuyo principal inconveniente es
que no es lógico, consecuente ni organizado. La consistencia de la ficción y
la rigidez de la organización hacen posible que la generalización pueda
sobrevivir a la explosión de las mentiras más específicas; el poder de los ju
díos tras su irremediable matanza, la siniestra conspiración global de los
trotskystas después de su liquidación en la Rusia soviética y tras el asesinato
de Trotsky.
La tozudez con la que los dictadores totalitarios se aferran a sus mentiras
originales frente al absurdo es más que una supersticiosa gratitud a su truco,
y, al menos en el caso de Stalin, no puede ser explicada por la psicología del
mentiroso cuyo mismo éxito acaba por convertirle en la última víctima de su
mentira. Una vez que estos eslóganes propagandísticos quedan integrados en
una «organización viva», no pueden ser eliminados con seguridad sin que
brantar toda la estructura. La presunción de una conspiración mundial judía
fue transformada por la propaganda totalitaria, pasando de ser una cuestión
objetiva y discutible a ser un elemento principal de la realidad nazi; lo cierto
es que los nazis actuaban como si el mundo estuviera dominado por los ju
díos y precisara de una contraconspiración para defenderse a sí mismo. Para
ellos el racismo ya no era una discutible teoría de dudoso valor científico,
sino que estaba siendo realizado cada día en el funcionamiento jerárquico de
una organización política en cuyo marco hubiera resultado muy «irrealista»
ponerlo en duda. De forma similar, el bolchevismo ya no necesita vencer en
una discusión acerca de la lucha de clases, el internacionalismo y la depen
dencia incondicional del bienestar del proletariado del bienestar de la Unión
Para el origen de este error véase «Zur Soziologie der Gegenwart», de Alfred von Martin, en Zeit
schriftJur Kulturgeschichte, tomo 27, y «Die Gesetzmässigkeit der Verwaltung im Führestaat», de Ar
nold Koettgen, en Reichsverivaltungsblatt, 1936; ambos caracterizan el estado nazi como una buro
cracia con jefatura carismàtica.
