Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf


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EL MOVIMIENTO TOTALITARIO

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deí aparato propagandístico de los regímenes totalitarios, para los cuales las
confesiones no son indispensables para el castigo. Las «confesiones» son una
especialidad de la propaganda bolchevique en la misma medida en que lo fue
de la propaganda nazi la curiosa pedantería por legalizar los delitos mediante
una legislación retrospectiva y retroactiva. En ambos casos el objetivo es la
consistencia.
Antes de conquistar el poder y de establecer un mundo conforme a sus
doctrinas, los movimientos conjuran un ficticio mundo de consistencia que
es más adecuado que la misma realidad a las necesidades de la mente huma­
na; un mundo en el que, a través de la pura imaginación, las masas desarrai­
gadas pueden sentirse como si estuvieran en su casa y hallarse protegidas
contra los interminables shocks que la vida real y las experiencias reales
imponen a los seres humanos y a sus esperanzas. La fuerza que posee la pro­
paganda totalitaria — antes de que los movimientos tengan el poder de dejar
caer telones de acero para impedir que nadie pueda perturbar con la más ni­
mia realidad la terrible tranquilidad de un mundo totalmente im ag in ario descansa en su capacidad de aislar a las masas del mundo real. Los únicos sig­
nos que el mundo real todavía ofrece a la comprensión de las masas no integra­
das y en desintegración — a las que cada nuevo golpe de mala suerte torna aún
más incrédulas— son, por así decirlo, sus lagunas, las cuestiones que no se atre­
ve a discutir públicamente o los rumores que no osa contradecir porque afec­
tan, aunque en una forma exagerada y deformada, a los puntos sensibles.
De estos puntos sensibles derivan las mentiras de la propaganda totalita­
ria, los elementos de veracidad y de experiencia real que necesita para tender
un puente entre la realidad y la ficción. La mera ficción sólo puede descansar
en el terror, y además las ficciones mentirosas mantenidas por el terror en los
regímenes totalitarios no han llegado a ser enteramente arbitradas, aunque
sean habitualmente más crudas, desvergonzadas y, por así decirlo, más origi­
nales que las de los movimientos. (Requiere poder, no destreza propagandís­
tica, lanzar una historia revisada de la Revolución rusa en la que no aparezca
nadie que con el nombre de Trotsky llegara a ser comandante en jefe deí Ejér­
cito Rojo.) Por otra parte, las mentiras de los movimientos son mucho más
sutiles. Se aferrarf a cada aspecto de la vida social y política que permanezca
oculto a las miradas públicas. Y triunfan allí donde las autoridades oficiales se
han rodeado de una atmósfera de secreto. A los ojos de las masas esas menti­
ras adquieren entonces la reputación de un «realismo» superior, porque afec­
tan a condiciones reales cuya existencia permanece oculta. Las revelaciones
sobre escándalos de la alta sociedad, de la corrupción de los políticos, todo lo
que atañe al periodismo amarillo, se convierte en sus manos en un arma de
una importancia más que sensacional.